La coleccionista de versos II

Se sentía un guerrero del verbo que asaetaba con lacerantes adjetivos a quien se enfrentaba. A veces por simple vanidad, sin necesidad de ofensa previa. Pero no buscaba tal reconocimiento, sino la satisfacción de sentirse, por momentos, superior a aquellos que durante tiempo se habían mofado de su aspecto, de su ridícula figura corva, de su rostro desaliñado, de sus torpes maneras.

Realmente no tenía a nadie a quien mostrar sus condecoraciones. Las tristes medallas que sus batallas dialécticas le deparaban yacían sobre su recuerdo, sobre un particular memorandum de pequeñas victorias en el que nunca nadie depararía. Se consideraba un valiente, casi un héroe, pero en un campo de batalla en el que nadie reconocía galones.

Mientras otras palabras las declinaba con fluidez, fue guardando tabúes que no cabían en su diccionario. Vocablos como amor, amistad, fuerza o valentía fueron desterradas de su léxico particular, por temor a equivocarlas, por desgaste infructuoso o por pura rabia, tras escucharlas en ecos de su propia voz, que nunca obtuvieron respuesta.

Huía de su uso, le espantaba su sonido, se le perdían en el interior, antes incluso de ser aire que hiciera vibrar las cuerdas vocales, antes incluso de ser sílabas con intención de palabra, antes de que el corazón diese el visto bueno para ser pronunciadas.

Tan solo era capaz de escribirlas, más bien dibujarlas, en su diario, aquel pequeño bloc de notas en el que cada noche lapidaba con poemas su vejado corazón. Cada verso era una piedra más, que golpeaba con saña sus sentimientos, recordándole que aquellas palabras que no podía pronunciar, bullían con fuerza en su mente, buscando una salida más allá de aquellas tristes líneas.

Huía de la gente, entre la que sólo se sentía a gusto con su disfraz de palabras. Con sus jirones de personajes copiados ayer de cuentos de Kipling, hoy de libros de autoayuda.

Un día, mientras reordenaba por enésima vez su biblioteca, con la ilusión de descubrir algún libro que no hubiese leído, aunque fuese en mucho tiempo, con el sonido de fondo de un televisor vecino, el suyo acumulaba polvo en el salón, escuchó una palabra que tenía castigada al desuso: Paraíso.


Aún en la lejanía del televisor comunitario, de algún inquilino con ciertos problemas auditivos, pudo entender que no se trataba de una referencia bíblica, ni de un anuncio de una ciudad de vacaciones, sino del triste contraste de un nombre desafortunado para un lugar apartado de su significado.

Como movido por un resorte acudió a su televisor y, cambiando de canal con los mismos botones del aparato, pues el mando a distancia podría llevar meses desaparecido sin que nadie le hubiera echado en falta, buscó aquel documental en el que hablaban de Paraíso, una pequeña localidad del norte de Perú castigada por la guerrilla y los narcotraficantes, cuyo nombre se mofaba de su realidad.

Invadido por una repentina empatía con sus gentes, víctimas del léxico, castigados por un gentilicio que les perseguía junto a sus propios temores, junto a la tristeza de su propia historia, decidió huir definitivamente y buscar en aquel lugar, en el que las palabras se reían de su propio significado, su verdadera identidad.

La coleccionista de versos

Si la vez anterior fue dificil completar un relato que ya estaba escrito me planteo ahora un nuevo reto. Escribir poco a poco un cuento que, ahora mismo, no tiene ni siquiera argumento. Me gustaría que me ayudaseis en este proyecto con vuestros comentarios, sugiriendo situaciones en las que pueda desembocar el relato. No quiero que continuéis el cuento. No es el propósito, aunque sois libres para hacerlo si queréis. La idea original es que simplemente sugiráis el camino a seguir. (tened en cuenta el título del relato)

Comienza….

La coleccionista de versos

Era un virtuoso de las palabras. Las conjugaba a su antojo para formar las más bellas frases, de las que obtenía un sorprendente rendimiento. Eran su única arma. Desde pequeño se había escondido tras torres de libros, donde se refugiaba de los más crueles insultos infantiles. Su única defensa fueron incisivos comentarios que canjeaba por nuevas ofensas.

No se puede decir que tuviera una infancia feliz. Pero si muchas alegres vivencias, todas ficticias, de la mano de Ende, Twain, Kipling o Stevenson. Poco a poco se fue creando un disfraz, de retales de sus personajes de ficción, con el que conseguía pasar desapercibido, en un entorno agresivo, que nunca entendería su verdadera personalidad.

Ya de mayor, y tras leer un comic de Frank Miller se apropió e hizo suyo un pasaje de aquel. Él aseguraba que mientras a los niños persas los abandonaban a su suerte en la selva con una lanza, y si volvían se convertían en guerreros, a las personsas como él las abandonaban con un diccionario en el mundo. Pero su única misión era simplemente sobrevivir, nadie los valoraría como guerreros.

Etiquetas

Supongo que la mayoría ya las sabréis usar. No obstante, y dado a que es fácil que el relato que acabo de comenzar se espacie en el tiempo y se solape con otras entradas que nada tengan que ver, estimo necesario el explicar un poco el uso de las etiquetas, que puse en marcha hace poco tiempo.
Si vais a la columna de la derecha, dónde están los enlaces y opciones de esta caverna, encontraréis una sección llamada «LABEL CLOUD», a la que primero intentaré cambiar de nombre, y que sirve para indexar los artículos según su contenido. Así, si queréis tener del tirón todo el cuento de «rutina» sólo tenéis que pinchar sobre su etiqueta correspondiente, si queréis saber algo sobre lo que aún siento por ella, hacedlo en su enlace oportuno, y si queréis tener cada uno de los capítulos de esta nueva entrega sólo tenéis que pulsar sobre la etiqueta «la coleccionista de versos». Es fácil y he puesto otras etiquetas que identifican los distintos tipos de artículos. Algunos se encuadran en varios distintos porque por su contenido lo mismo hablan de mi, que de lo que pasa por mi corazón, que pertenecen a un cuento.
Espero que os sirvan para moveros mejor por la caverna.
Saludos.

Para Nube

Ante todo, y aunque sea con retraso, felicidades.
Hoy el mensajero no ha encontrado tu dirección. Ha venido directo a la caverna y ha dejado estas rosas. Las ha dejado con un mensaje de esperanza. Cada una de ellas guarda los mejores deseos para cada mes hasta el próximo cumpleaños, que seguramente celebrarás sintiéndote de nuevo la persona más feliz del mundo.
Iba a dejar margaritas, para que las deshojaras desgranando preguntas que seguramente te has hecho durante el último año, pero que hoy no tienen respuesta porque eres tú quien las tienes que dar. Iba a dejar orquídeas, en un cínico guiño al propietario de esta caverna, que también celebrará su cumpleaños, en abril, con el recuerdo de unas flores, y un jardín que se ha vuelto a convertir en cochera. Pero decidió dejar rosas, por su belleza y por sus espinas, porque duelen pero demuestran que estás viva. Porque un día los pétalos que hoy guardas, secos entre las páginas de un libro marchito, serán sustituidos de nuevo por frescas láminas de deliciosas fragancias, en un nuevo libro que ya se ha empezado a escribir.
Coge estas flores, es mi humilde regalo.

Final:

Sólo queda el capítulo final. Algunos ya habréis podido intuir cómo acaba… o no. El orden de los mensajes, ya que aparecen primero los últimos, me aconseja no publicarlo hasta asegurarme que la gran mayoría habéis leído los anteriores.
El capítulo está escrito en borradores. Sólo tengo que darle a publicar. Pero quiero que me digáis cuándo puedo hacerlo. No esperaré a todos, claro. Pero cuando varios me confirméis que habéis leído el resto lo publico.
VVVVVVVVVV – YA ESTÁ AQUÍ ABAJO – VVVVVVVVVV

Rutinas (y X)

Ya no escuchaba los tambores. Quizá fuera un castigo. Sólo escuchaba los latidos de su corazón. Se arrodilló ante su mesita de noche y aquel viejo libro de vagos recuerdos macabros. Abrió aquella pasta, todavía virgen, de cuero marrón y leyó la angosta letra de su Aya. En una página casi completamente en blanco había escrito:

«Deja que tu corazón te guíe, es quien marca nuestras vidas. Sus latidos te llevarán a saber que el destino no existe. Que somos nosotros quienes, cada día, escribimos sus páginas… DIARIO: «

Rutinas (IX)

A las 6,21 de la tarde, como cada día, un coche le dejó frente a su domicilio. Pero esta vez no fue aquel viejo y destartalado coche rojo, sino una flamante limusine negra de la que primero bajó un chofer, de uniforme gris y gorra de plato, que se ofreció para abrirle la puerta. Aquel día los niños, sorprendidos por el cambio, no se burlaban de él, sino que le preguntaban insistentemente si le había tocado la primitiva.

El no les escuchaba. Aquel tambor de ritmo trepidante marcaba la cuenta atrás hasta las 7 de la tarde, poco más de media hora que utilizó para asearse y ponerse sus mejores galas. Prefirió olvidarse de chaquetas y corbatas y se vistió quel traje de sport que nunca había utilizado pero que compró pensando en un momento como aquel, y que le había gustado tras verlo en un joven de alguna serie de televisión. A las 6,55 ya estaba en la parada de autobuses, sonriente, como iluminado. Esperando que alguien, tras un perfecto redoble, diera el golpe final a aquellos tambores que habían sonado incesablemente todo el día. A las 7,00 apareció Sara. Estaba radiante, hermosa. Tan rubia como si le hubiera robado al sol su color. Sus ojos tan azules como si siempre miraran el cielo en primavera. Fueron a una cafetería, luego a un pub y al final, con un beso limpio, se despidieron en el portal quedando para el día siguiente. Jasón corrió a su dormitorio. Había faltado a aquellas normas pre-escritas. Pero no le importaba.

Rutina (VIII)

La mañana en la fábrica fue imprevisible. Como todo aquel día en que la rutina empezó a alterarse. La avería de la máquina central no fue sino un fichero del programa de control que accidentalmente había sido borrado por un ingeniero ebrio, que lógicamente fue despedido y cuyo puesto ofrecieron a Jasón, quien aceptó de buen grado, temeroso de contradecir al destino.


Aquello no podía estar sucediendo, pensaba Jasón mientras comía en el salón de los ingenieros. Estos le trataban como un igual. Sin importarles que un día antes era parte de aquellos tipos aburridos de bata blanca a los que llamaban cuidagrillos.

Sonrisas. Invitaciones, y algín golpe cariñoso en la espalda le dieron la bienvenida a un nuevo mundo. Situacion que vivía pensando en una sóla cosa. Las 7 de la tarde.

Rutina (VII)

Fue un martes. Se había levantado a la hora habitual, las 7,19. Había escuchado el sonido del despertador de Jacob, y el ronquido de su viejo Seat, de pintura raída y paragolpes atado con una cuerda.

Había escuchado la trequeteante persiana verde de José y el oportuno saludo de los perros de la vecindad. Durante varios minutos había estado esperando la salida de Sara, quien por primera vez en varios años no esperaba el autobús de las 7,35. Primero se asustó. Luego buscó mil excusas que pudieran explicar esa ausencia a la rutina diaria: se encuentra indispuesta, cosas de mujeres, el profesor es quien se ha puesto enfermo, no tiene clase, es algún día de fiesta estudiantil, alguna huelga… había mil razones que podían explicar su falta a la asiduidad. Se quedó mirando por la ventana y vio a la anciana del segundo que regresaba a casa. Pero ese día no hubo coche rojo que la atosigara con sus bocinazos, ni que a las 7,56 recogiera a Jasón en la calle.

Jasón estaba inquieto. Era la primera vez que esto sucedía en años. La única vez que alguien había roto su rutina, que habían contradicho las ordenes de lo establecido en las páginas amarillas que descansaban sobre su mesita de noche. Nunca las había leído, ni siquiera abierto. Pero las páginas que antaño se antojaban blancas, puras, impías, hoy reflejaban un tono amarillento fruto del paso de los años.

Sonó el teléfono. Algo nuevo también en aquel día apocalíptico en que todo se empeñaba en romper la rutina. Lo había puesto porque se lo había exigido, mediante un post-it, la joven desconocida encargada de las labores caseras. Él nunca lo había utilizado. Ni siquiera recordaba dónde estaba ubicado. Siguió el insistente ruido que confundía los tañidos de los tambores que hoy marcaban un ritmo anormal y lo encontró sobre el microondas. El único electrodoméstico que sabía utilizar.

Al otro lado de aquel infernal invento, que había confundido incluso los timbales de la vida, alguien le anunció que, por algún motivo desconocido la máquina central se había parado y que debía acudir en el autobús de las 8,35 para intentar ayudar en su reparación.

Alguien en la empresa había comentado sus conocimientos de informática y electrónica y le estarían eternamente agradecidos su lograra solucionar el problema. Asombrado colgó. Los tambores sonaban fuertes, rápidos, mucho más de lo habitual. marcaban un ritmo impetuoso, como si buscaran llegar rápidamente a esa hora en que había sido citado. Como si intentaran adelantar al mismo tiempo. Se preguntó si aquello estaría escrito en aquel viejo libro de tapas resquebrajadas en cuero que le observaba desde su mesita de noche, pero no se atrevió a abrirlo. Los tambores sonaban rápidos y debía acoplarse al nuevo ritmo.

Bajó las escaleras precipitadamente. Tanto que casi atropella a la anciana del segundo que salía a por el pan y que le sonrió, por primera vez, y le dio los buenos días, a los que respondió con un sonido gutural. En el primero la señora de la casa comenzaba la limpieza del portal y, también con una amplia sonrisa, procedió a saludarle. Saludo al que contestó con un buenos días ligeramente más inteligible que el anterior. Era la primera vez en su vida que tenía contacto con sus vecinos. Nunca había asistido siquiera a las reuniones de la comunidad.

Eran las 8,20 cuando llegó a la parada del autobús. Faltaban 15 minutos para que llegara. Aún así le parecía haber llegado tarde. Los tambores machaconamente marcaban un sonido incesante, hoy más rápido y claro que nunca. Todos deberían oirlo.

A las 8,30 alguien le saludó a sus espaldas. Era la voz más dulce y suave que jamás hubiera escuchado. Más incluso que la de aquella locutora que había copado sus noches de entrevelo. Miró atrás para devolver el saludo y vio a aquella joven, de rubios cabellos y ojos azules. Sara. Estaba más bella que nunca y además le había hablado. Miles de palabras que había escrito pero nunca pronunciado se agolparon en su mente. Pero de su boca sólo salió un entrecortado saludo.

  • ¿Qué raro tú aquí a esta hora, no? – Dijo Sara

No podía creerlo. No sólo le había saludado sino que intentaba abrir una conversación

  • Sí. Ha habido problemas en la fábrica y no han venido a recogerme. Me han llamado para ver si puedo hacer algo por solucionarlo.
  • Ah! ¿eres técnico?
  • No, en realidad pertenezco a la cadena de producción, pero como tengo conocimientos de electrónica me han llamado para ver si soy capaz de dar con la solución.
  • Es bonito que en la empresa confíen en uno para esas cosas ¿no?
  • La verdad es que no me lo esperaba. ¿Y tú?¿Vas más tarde hoy a la universidad?
  • Que observador. Tengo examen y he preferido aprovechar esta hora para estudiar. Un último repaso, ya sabes.
  • ¿Examen?
  • Sí, de derecho prcesal. Estudio derecho. Cuarto curso
  • Que interesante ¿y lo llevas preparado?
  • Sí. Pero quería asegurarme. Si quieres quedamos esta tarde para tomar café y te cuento cómo ha salido.

Jasón no daba crédito a lo que estaba escuchando. Le proponía una cita. Para esa misma tarde. Ahora eran dos tambores. O el mismo que duplicaba su ritmo y apremiaba al paso de un tiempo vertiginoso.

  • Vale. A las 7 aquí mismo.
  • Perfecto. Mira, el bus…

Ambos montaron en el autobús. Mantuvieron una conversación sin sentido sobre sus funciones en la fábrica y la importancia de los abogados y los jueces en la vida. Jasón quería que aquel autobús no llegara nunca a la fábrica, pero a la vez que diesen las 7 de repente.

Rutina (VI)

Los fines de semana conformaban también aquel estado reiterativo. La misma rutina.

El sábado se levantaba a las 10,00, cuando aquel carillón de la salita, a la vez comedor y recibidor, comenzaba su andadura diaria de estruendosos latidos que evocaban la llamada catedralicia de la misa sominical. Estaban perfectamente sincronizados con los golpes de tambor. Eran una especie de arrancada, como la carrerilla que un saltador de longitud efectúa antes de lanzarse a la arena, tum… tum…. tum…. y empieza el día.

La mañana la dedicaba al aseo personal, las pocas tareas domésticas que restaban para los dos días de asueto de la joven que no recordaba y para la lectura. Todos los sábados se enfrascaba en la literatura y, letra a letra, palabra a palabra, aventura a aventura, llegaba a la hora de la comida.

Tras la comida una siesta. De pijama, padrenuestro y escupidera, como mandan los cánones, hasta las 6,30 de la tarde, hora en que alternaba la televisión con aquel viejo ordenador, procesador de textos, al que contaba miles de poemas de amor que nunca se conocerían.
A las 10 era la cena. Una cena fría y rápida que excusaba en una dieta para eliminar unos «michelines» lo suficientemente consolidados como para caer derrotados ante un plato de jamón cocido y lechuga. 20 minutos más tarde de nuevo se introducía en el mundo de Calderón, queriendo confundir la vida con los sueños, pero los sueños, sueños son…

Los domingos eran exactamente iguales a los sábados, con la única excepción de la asistencia a misa. Siempre iba a misa de 12, pero llegaba 3 minutos más tarde. Buscando que la iglesia estuviera llena para que nadie le dirigiera una palabra, y refugiarse en la multitud que, en pie, escuchaba al párroco en las filas traseras.