Rutina (V)

Nada hacía parecer que aquellas rutinas pudieran variar. El metrónomo de la vida estaba puesto en funcionamiento desde el mismo día en que nació y había de seguir su peculiar compás hasta el día de su muerte.
Los tambores lo marcaban. Pero nadie los podía oir.

Alguna vez, en los 13 minutos que pasaba diariamente en la cafetería de la empresa se lo había comentado a algún compañero. Eso fue al principio de sus días en aquella fábrica, luego, y viendo el poco interés que estos se tomaban por su teoría, había desistido de la idea.

Sabía que no era bien visto en el círculo de trabajadores, que le consideraban un tanto excéntrico, casi loco. Algo que todos achacaban a una infancia dificil.

Él sabía que estaba cuerdo. Al menos así lo afirmaba aquel psicólogo al que había estado asistiendo durante varios meses todas las noches después del trabajo. Este diagnóstico le costó varios meses y una gran suma de dinero, pero le sirvió para mantener el puesto. Aquel papel que le certificaba en su sano juicio era más valiosos que aquellos otros que le cualificaban como un informático de los mejores, malgastado en aquella cadena de producción. Aunque había dejado los estudios en el instituto había conseguido varias titulaciones a través de academias a distancia que habían llegado hasta sus estantes desde su buzón.

Jasón, sin embargo, se sentía privilegiado. Era el único capaz de escuchar el ritmo de la vida. El compás de la rutina. Quizá también fuera el único en comprenderlo, de saber que nuestra vida está escrita en aquel libro de olor rancio que acumulaba polvo sobre su mesilla de noche y que nunca se había atrevido a leer, ni siquiera a abrir.

Todos se esforzaban por salir de aquella rutina que les imbuía, querían ignorarla, y por eso le llamaban loco. Para Jasón el loco era aquel que planteaba la cruda realidad de forma tan directa que todos preferían rechazarla. Él sabía que a las 6,10 de la tarde de cada día saldría de aquella fábrica, junto a todos aquellos que negaban aquella realidad axiomática, y que habría de volver a ella a las 8,07 de la mañana siguiente, hora en el que el coche rojo le dejaría en la puerta con solo 3 minutos para llegar hasta la máquina central.

Las tardes no eran menos cadenciales. A las 18,18 abandonaba aquel coche rojo. Esperaba a que el autobús de las 18,15 abandonara su estacionamiento tras dejar a 13 pasajeros en este, entre ellos Sara. Miraba fijamente a la rubia de ojos azules cuaya voz no conocía pero imaginaba cálida, suave y aterciopelada. Como la de aquella otra, quizá también rubia, joven y de ojos azules que cada noche hablaba en su programa de radio favorito. Era curioso, por una parte amaba a una mujer de la que no conocía su voz y por otra una voz de la que no conocía su mujer. Intentaba un saludo que nunca le había salido, un «hola» sordo que en su interior sonaba muy fuerte, al ritmo de los tambores, pero que se apagaba al cruzar sus labios.

Permanecía allí en pie hasta que, a sus espaldas, oía una persiana que se levantaba. Nunca había mirado atrás para observar que persiana era, o en qué piso sucedía. Le gustaba pensar que era la de Sara que se abría para admirarle. Justo en el momento en que la persiana acababa de subir cruzaba la calle. Nunca pasaba un coche en ese instante. Mientras los niños de la vecindad se arremolinaban a su alrededor entonando burlonas canciones que se negaba a escuchar. Sus gritos los tapaban los tambores. Abría la puerta de su edificio y subía, siempre por las escaleras. 173 escalones hasta su piso.

Entraba y se sentaba en su viejo sillón, forrado en cuero artificial, a contar tañidos. 1… 2… 3…. cuando llegaba a mil encendía la televisión. Empezaban las noticias. Noticias que no veía. Simplemente las miraba. Eran siempre las mismas imágenes. Guerra, terrorismo, destrucción y fútbol. Siempre la misma rutina. Lugares distintos pero situaciones similares, iguales.

Al finalizar las noticias se dirigía a la cocina. Sobre la mesa le aguardaba la cena. Preparada para recalentarse. La había dejado preparada aquella chica a la que años antes contrató por teléfono para que realizase las tareas de la casa y que ni siquiera recordaba. Sólo sabía que, inexorablemente, cada tarde a su llegada se encontraba la cena preparada, la ropa limpia y la casa en perfecto estado. Nunca habían coincidido. Nunca más habían vuelto a hablar. Su único medio de comunicación eran los pst-it pegados en la nevera, en los que ella de vez en cuando demandaba algún producto de limpieza, o más bien dinero para este, y los sobres que Jasón dejaba para estos menesteres y su salario.

Tras la cena Jasón procedía a su aseo personal, rezaba sus oraciones, las mismas que aquella vieja Aya le había enseñado y se dormía escuchando su programa de radio favorito, de voz aterciopelada y dulce. Quizá rubia y de ojos azules.

Rutina IV

Años después seguía allí. Al tañer de aquellos tambores, que sólo él escuchaba, obedecía la invariable rutina de aquel libro, que todavía dormitaba sobre su mesita de noche.
Había cambiado de domicilio a la muerte de su madre, una señora triste, siempre enlutada, y que poco o nada había participado de su infancia o educación. Una señora cuya rutina no estaba ordenada a cruzarse con la de Jasón, salvo en el momento del nacimiento de este y de la muerte de aquella.

Tampoco lo sintió. Pero aquella noche también lloró por aquella rutina que le había tocado vivir. Al día siguiente le llegó una orden de deshaucio. Su madre había legado aquella herrumbrosa construcción decimonónica a unas monjitas dedicadas a la caridad. Él recibía a cambio un pequeño apartamento en un piso de vecinos que su padre le había transmitido, con la orden de recibirlo sólamente en caso de necesidad. Una pequeña oscilación de aquella rutina a la que pronto empezó a adaptarse.

Seguía levantandose a las 7,19. Subiéndose a aquel coche rojo que le recogía 37 minutos más tarde, y repasando una a una las patitas de aquellos bichitos negros que salían de la máquina central, con su inscripción perfectamente legible. Para volver 10 horas y 22 minutos más tarde.

Rutina (III)

Jasón se había educado en una familia humilde, de ideas conservadoras y amplia tradición religiosa. De su infancia más tierna tansolo recordaba una gran cama de madera, tan alta que durante años tuvo que ayudarse de una caja para auparse a ella; una fea colcha marrón que la cubría; unas rígidas sábanas, siempre bien planchadas, que en más de una ocasión habían irritado su delicada piel; y una vieja de mirada austera a la que hacían llamar «Aya» y que más tarde descubrió que era la madre de su padre, al que nunca conoció o al menos no recordaba.
Su infancia eran recuerdos de una oración de gracias antes de acostarse y una de esperanza y recogimiento al levantarse, dirigidas siempre por la Aya, con quien nunca congració especialmente. Era recuerdos de un feo e incomodo traje negro de camisa blanca y chaqueta, que le acompañaban, junto a su cartera de cuero marrón, a un colegio en blanco y negro, de canciones nacionales e himnos religiosos. Era un profesor serio, que siempre imaginó hecho en la misma fábrica que su Aya, porque gente como aquella debía fabricarse en serie.
Eran recuerdos de lluvia, imágenes en blanco y negro, la monotonía de Machado, la rutina de Jasón, siempre la misma.
La infancia pasó. No tan rápida como hubiera deseado, ni tan lenta como para aprender a vivir y disfrutarla. Transcurrió entre abominables charlas en aquel colegio de pupitres de madera y la semioscuridad de una casa entregada a un luto que no comprendía.

Pocos detalles podía recordar de aquella infancia, salvo el día, ya con 14 años, en que murió su Aya. Recuerdo que le venía con cierta vergüenza a la mente porque no había llegado a entristecerle, y quizá debiera.

Todo fue como un pasaje más de la obligada cotidianidad, de la misma rutina. El mismo gesto adusto que cada mañana, a las 7,19, le despertaba, dormía en su amarillenta cama aquella mañana, en la que había faltado al colegio de chirriantes tizas que escribían, una y otra vez, el teorema de Pítágoras. Ese mismo gesto de sobriedad fatigosa reposaba sobre la almohada, tersa y austera, de aquella habitación en la que nunca había entrado.

Pero aquello no rompía la monotonía, era parte de la misma rutina. Como si dentro de otros 14 años aquello fuera a suceder de nuevo. Una amplia rutina que abarcaba otras más pequeñas y encuadrada a su vez en otra superior.

Aquella habitación, hasta entonces prohibida, le asustaba. Aquel gran crucifijo, con un Cristo casi negro, de gesto apaciguado y someramente sonriente, parecía alegrarse por recibir a su lado una nueva inquilina.

En la pared contraria, frente a la gran cruz, había un cuadro, la última cena, en la que todos los invitados celebraban jubilosamente la inminente llegada. Sobre la mesilla aquel libro, en el que, según su Aya, se encontraban las escenas del guión de nuestras vidas.

Como fruto de su herencia, pero sin saber aún por qué lo hacía, tomó aquel pesado libro y lo llevó a su habitación donde lloró, no por la muerte de su Aya, sino por la vida que le esperaba, toda escrita en aquel guión que entonces le era legado.

Su rutina continuó inmutable. Cada mañana, a las 7,19, se despertaba para asistir al colegio. No le llamaba nadie, no hacía falta, su Aya no había sido más que parte de aquella rutina particular que empezaba a aquella hora. Miraba, sin abrirlo, el libreto que contenía las articulaciones de su rutina, vestía aquel traje negro de camisa blanca y chaqueta y acudía a la llamada de campana de aquel colegio de tarima de madera sobre la que un profesor declinaba en latín.

Su paso por la escuela superior no fue menos inveterada. Sólo que aquel viejo traje negro de camisa blanca fue sustituido por unos pantalones de pana marrón y una camisa de cuadros. Seguía despertándose a las 7,19, mirando aquel libro de solapas marrones y asistiendo a aquel instituto de sucios cristales sobre los que alguien había pegado la tabla periódica. Un día, que ni siquiera recuerda, en lugar de levantarse para asistir a aquel instituto de tristes fluorescentes que intermitían con una cadencia rutinaria, lo hizo para asistir a aquel lugar donde la máquina central ordenaba bichitos negros, que debían salir con sus patitas perfectamente rectas y su inscripción legible.

Rutina II

Jasón llevaba 12 años trabajando para aquella empresa de informática. Su única labor era comprobar que todos aquellos bichitos negros que salían de la máquina central tuvieran sus patitas rectas y su inscripción correcta e inteligible.

Uno a uno iban saliendo chips de aquella máquina central, que nunca había fallado. Las pocas veces que Jason había tomado vacaciones imaginaba que aquella gran mole de acero estallaba y dejaba de funcionar. ¿se puede odiar a una máquina? Cuando volvía todo seguía igual. Bichitos negros se paseaban por una cinta transportadora, uno tras otro, sin parar, y sin saber dónde iban. Siempre la misma rutina.

Jasón imaginaba que aquellos bichitos tenían vida, que no eran muchos, sino uno mismo que como él salía y volvía, día tras día, siempre en la misma rutina… Incluso tenían su nombre.

El primero en salir era Jacob, como el vecino del primero. Todos los días a las 7,21 saltaba de la cama al chirrido de su despertador, y 7 minutos más tarde se encontraba en la calle arrancando su viejo Seat matrícula de Bilbao.

El segundo era José, como el vecino de enfrente. Todos los días a las 7,29 subía aquella ruidosa persiana que hacía ladrar a los perros de la vecindad, para decirle hola al sol de la mañanal, que no todos los días le respondía, y para dar de comer a su canario. Parece raro, pero Jasón estaba convencido de que durante aquellos últimos 12 años siempre había sido el mismo pájaro.

El tercero era Sara, como aquella vecina que sin saber todavía de qué piso salía cogía el autobús a las 7,35 para dirigirse a la universidad. Por los libros que llevaba bajo el brazo debía estudiar derecho o ciencias políticas. Parece mentira que aquella rubita que con sus gritos había arruinado tantas siestas y que con sus juegos había entretenido durante horas la atención de Jasón, recién llegado al barrio, se hubiera convertido ahora en aquella joven a la que nunca se cansaría de admirar, y a la que no había saludado nunca, quizá por timidez, quizá porque su educación le había convencido de que los 8 años que les separaban eran toda una eternidad.

Así, uno tras otro, iban pasando bichitos negros, con su personalidad, con sus costumbres, en definitiva, con sus rutinas. Siempre las mismas.

Jasón (un relato inconcluso)

Hace tiempo, varios años, comencé un relato que luego terminé por la vía rápida sin mucho convencimiento. Hoy lo retomo aquí con la intención, o no, de cambiar su final, mejorarlo si es posible, y a la par cambiar de tema este blog que empieza a ser demasiado recurrente y aburrido… creo.

Quiero que me perdonéis los fallos que pueda tener, si al final resulta aburrido, si no lo acabo nunca o si de vez en cuando vuelvo a mi tema recurrente, me es dificil olvidarlo. Quiero que lo contextualiceis en el Juan Carlos de hace 15 años, con sus limitaciones, y en un intento de escapada de seguir hablando de lo mismo.

Rutina – Capítulo I

De nuevo sonaron los tambores. Nadie sabía quién los tocaba, pero ese ritmo insistente marcaba sus vidas. Uno tras otro todos los días era la misma rutina, los mismos movimientos anodinos que señalaban el paso de las horas. Al tañer los tambores todo el mundo realizaba su tarea. Parecían parte del funcionamiento de un hormiguero. Salían, ciegos, realizaban su labor y, en la misma penumbra que les impedía ver más allá de la rutina volvían. Así día tras día, hora tras hora. Minuto a minuto sus vidas estaban calculadas, funcionaban como engranajes de una vida perfecta, de un reloj que nunca atrasará un segundo, todo se hacía porque estaba escrito. La vida de cada ser estaba escrito en el gran libro del tiempo, o al menos así creía fervientemente Jasón.

Jasón esperaba en la ventana a que lo vinieran a buscar. No hacía falta mirar. Todos los días, a la misma hora en punto, aquel coche rojo aparecía por la esquina y frenaba para dejar pasar a la anciana del segundo, ya de vuelta a casa. Con dos leves toques de claxon hostigaba a la anciana señora, sin esperar siquiera que esta se inmutara, no lo hacía. Era siempre la misma rutina, cuando ella alcanzaba la acera aceleraba ostensiblemente para demostrar su superioridad.

Llegado bajo la ventana de Jasón de nuevo dos toques de claxon. Siempre la misma rutina. Cuando sonaba el segundo toque Jasón abandonaba la ventana, se dirigía al servicio y procedía a su aseo rutinario. Despierto hacía 37 minutos exactos había tenido ya tiempo para hacerlo pero le gustaba hacerse esperar, sin salirse de la rutina. A las 7,56 de cada mañana Jasón montaba en aquel coche, y 10 horas y 22 minutos más tarde lo abandonaba en el mismo punto donde lo había tomado.