La coleccionista de versos XIII

Ella notó rápidamente cómo la mirada de Hector se clavaba en sus ojos, y una vez más decidió apartarla, mirar mas allá de las inquisidoras púpilas que intentaban encontrarse con las suyas, como si pudiese atravesarlo.

También había notado, halagada pero avergonzada, como horas antes la misma mirada había recorrido su cuerpo centímetro a centímetro sin perder un detalle. No la había molestado. En otra situación, quizás, hubiese espetado una respuesta secante que interrumpiera tal osadía. Pero por algún motivo, lejos de ofenderla, la mirada de aquel hasta entonces desconocido, le había parecido una suave caricia inocente. La de unas manos inexpertas que pasean por el cuerpo anhelado con miedo siquiera a rozarlo. No vio lujuria en sus ojos, sólo admiración. El deseo púber del niño que acaba de descubrir la fragilidad de los sentimientos y no quiere romper el encanto. La delicadeza de quien recibe un regalo y estudia detenidamente como desenvolverlo sin rasgar el papel que lo envuelve.

Los ojos de Hector miraban el mar, los de Nana las nubes. Los deseos de Hector pasaban por Mar, los de Nana por evaporarse y desaparecer. Hector miraba con temor a Nana, Mar mordía sus miedos.

Una pequeña campana que anunciaba el fin del trayecto rompió aquel momento de tensión, lo que ambos agradecieron. Instintivamente Hector buscó la mano de Mar, y agarrados, de la forma más inocente, salieron de aquel cubículo de madera. Mar, como si nada hubiese pasado, como si toda aquella tensión acumulada en aquellos 8 minutos de ascenso y descenso en aquel cajón de madera raída se hubiese escapado por el resquicio de las puertas al abrirse, siguió hablando, quizás de forma más nerviosa, pero apenas perceptible, de los encantos del Chiado, de las fiestas en las docas y de lo fácil que era conseguir ciertas sustancias en las ruas del ouro y de la prata.

Bajaron hasta la plaza del Comercio y allí, sentados de espaldas a la verdosa estatua de Jose I, mirando hacia el arco de la rua Augusta, comieron en silencio sendos helados de vainilla, que Mar compró en un quiosco a la entrada de la plaza.

La coleccionista de versos XII

Otras veces cogía el mismo tranvía número 15 pero se se dirigía, en dirección contraria, a la torre de Belem. Allí, bordeándola, se sentaba en unas piedras.
Incluso en invierno, hundía sus pies en el agua, en ese lugar incierto entre el mar y el río, y se dedicaba a escribir. En un pequeño cuaderno de pastas de color hueso componía sus propios versos, o pequeñas historias que cerraba siempre con una breve reflexión personal, llena de sentimiento que reflejaba su realidad.
Era fácil saber su estado de ánimo. Los días en que se veía abatida por la melancolía sus ojos se perdían en el horizonte, y el salado de sus lágrimas contribuía a endulzar el mar. Por contra, otros días miraba hacia la ciudad, recogiendo del Tajo las aguas que venían de su Extremadura natal, con las que limpiaba sus recuerdos, impregnándolos de nuevos aromas, de nuevos sabores que le devolvían su juventud.

La coleccionista de versos XI

Muchas tardes, al menos una vez por semana, cogía el tranvía número 15 que la dejaba a escasos 100 metros de la torre de Belem, compraba en la pastelería «Pasteis de Belem» unos pasteles de masa de hojaldre rellenos de crema y huevo, y se dirigía al Monasterio de los Jerónimos.
En la puerta saludaba al guarda, un recto vigilante que tras 2 años de metódicas visitas había decidido hacer la vista gorda y dejarla entrar gratuitamente, y se encaminaba por el claustro hasta la tumba de Pessoa, dónde se descalzaba, ponía sus zapatillas en un rincón, apartadas de la vista de los curiosos, se sentaba a sus pies sobre la fría piedra, y durante horas leía con fruición poemas en portugués, del propio Pessoa:
«A abelha que, voando, freme sobre
A colorida flor, e pousa, quase
Sem diferença dela
À vista que não olha,
Não mudou desde Cecrops.
Só quem vive
Uma vida com ser que se conhece
Envelhece, distinto
Da espécie de que vive.
Ela é a mesma que outra que não ela.
Só nós — ó tempo, ó alma, ó vida, ó morte! —
Mortalmente compramos
Ter mais vida que a vida.»
O de Eugenio de Andrades, entre otros muchos:

Já gastámos as palavras pela rua, meu amor,
e o que nos ficou não chega
para afastar o frio de quatro paredes.
Gastámos tudo menos o silêncio.
Gastámos os olhos com o sal das lágrimas,
gastámos as mãos à força de as apertarmos,
gastámos o relógio e as pedras das esquinas
em esperas inúteis.
Meto as mãos nas algibeiras
e não encontro nada.
Antigamente tínhamos tanto para dar um ao outro!
Era como se todas as coisas fossem minhas:
quanto mais te dava mais tinha para te dar.
Às vezes tu dizias: os teus olhos são peixes verdes!
E eu acreditava!
Acreditava,
porque ao teu lado
todas as coisas eram possíveis.
Mas isso era no tempo dos segredos,
no tempo em que o teu corpo era um aquário,
no tempo em que os teus olhos
eram peixes verdes.
Hoje são apenas os teus olhos.
É pouco, mas é verdade,
uns olhos como todos os outros.
Já gastámos as palavras.
Quando agora digo: meu amor…
já não se passa absolutamente nada.
E, no entanto, antes das palavras gastas,
tenho a certeza
de que todas as coisas estremeciam
só de murmurar o teu nome
no silêncio do meu coração.
Não temos nada que dar.
Dentro de ti
Não há nada que me peça água.
O passado é inútil como um trapo.
E já te disse: as palavras estão gastas.
Adeus.
Los poetas portugueses siempre le habían parecido tristes. Pero era en esa tristeza dónde ella había encontrado su penitencia con el pasado y era, en aquella leyenda de la tumba de Pessoa donde encontraba su redención con el presente, su lucha por seguir viviendo.
Para ser grande, sê inteiro:
Nada teu exagera ou exclui.
Sê todo em cada coisa.
Põe quanto és
no mínimo que fazes.
Assim em cada lago a lua toda
brilha, porque alta vive

La coleccionista de versos X

Sus ojos reflejaban el mar, aunque había nacido en un pequeño pueblo de la alta Extremadura.

Quizás por eso decidió abandonarlo un día para ir en busca de la amplitud del oceano, huyendo de si misma, de sus recuerdos, de un pasado que seguía guardando en una pequeña caja marrón de cenefas claras que llevó con ella y que guardaba bajo llave, en su habitación, en un cofre de madera con negros herrajes.

Aunque había decidido escapar de su pasado siempre llevaba consigo esta pequeña parte del mismo. Pequeña en tamaño pero grande en significado. En el lacerante dolor que rasgaba sus entrañas cuando, muy de tarde en tarde, invadida por la melancolía, la abría, buscando un poema, una frase o una fotografía que la devolviese a aquel momento que, sin embargo, intentaba olvidar.
Aquella era su vida, su pequeña historia. Varios poemas. Frases sueltas en una servilleta de papel del bar donde desayunaron. Una flor marchita que un día había marcado la cita de un libro que luego perdió su significado y unas fotos. Apenas diez. No dio para más. Una fecha en una entrada de cine. Un te quiero en un billete de autobús. Un te espero en una multa de la zona azul.

Había viajado a Lisboa con 21 años. Siempre le había atraído especialmente aquella ciudad. Un día alguien le dijo que allí, en sus contrastes, encontraría la felicidad, y tantas eran sus ganas de deshacerse de su tristeza que partió dejándolo todo. Menos los recuerdos, que la perseguían como aquella caja de la que no quería desprenderse.

Aprovechó una beca para estudiar y decidió quedarse. Buscar el olvido en una tasca del barrio alto o en una galería del Chiado. En el horizonte del atlántico desde la torre de Belem o en los rojos tejados desde San Jorge. Bajo un árbol en la estufa fría o sentada en las escaleras de los Jerónimos. En los ojos tristes de su espejo o en un poema garabateado en la pared y borrado mil veces.

La coleccionista de versos IX

Ensimismado en la conversación de Mar, Hector apenas se dio cuenta de que habían variado el rumbo. Tras tomar de un sorbo aquel fuerte pero a la vez dulce licor de guindas, otro más de los grandes contrastes lisboetas, habían dirigido sus pasos a la plaza do Carmo y ante sus pies se erigía majestuoso el elevador de Santa Justa.


Mar le invitó a tomarlo. Esperaron en silencio, por primera vez desde que iniciaron el camino, que les tocase el turno. Delante de ellos unos niños jugueteaban nerviosos, esperando subir a aquel artilugio neogótico que en turnos de 24 personas iba subiendo a los curiosos desde la moderna, céntrica y comercial calle de Santa Justa hasta el bohemio barrio alto, para volver a bajar en exactamente 8 minutos.

Durante el ascenso Hector volvió a mirar a los ojos de Mar. En su azul distinguió hasta tres tonalidades distintas que variaban desde el verde azulado de un atardecer en el mediterraneo hasta el azul verdoso del amanecer atlántico. Tan iguales, tan distintos… Se convertían en una ventana al mundo, al futuro, en aquel cubículo de madera con olor a rancio y un melancólico sabor a nostalgia, si es que la nostalgia se puede degustar. Durante un momento pensó que su mirada se correspondía, pero los ojos de Mar miraban más allá, a ningún punto fisico, a ningún lugar geográfico, sino a un momento inconcreto de su pasado que sólo ella conocía.