El candidato V

La puerta del bar volvió a abrirse. 5 mujeres de no menos de 65 años entraron ruidosamente, bromeando y haciendo chascarrillos sobre la falta de público y otros temas políticos de los que tenían su peculiar punto de vista. Una de ellas llevaba la voz cantante. El resto se limitaban a asentir y reirle las gracias. «Que política eres Manuela», le decían.

Manuela y sus comadres ocuparon las sillas centrales del salón. Sus bromas relajaban la tensión del candidato que anotaba en su agenda un nuevo día perdido. Un largo viaje y tanto sacrificio personal para asegurar 5 votos afines que estaban garantizados de antemano. Pensó por momentos si continuarían con la parodia y pronunciarían sus discursos o si lo dejarían en una charla informal entre los asistentes.

Dieron 5 minutos de cortesía por algún rezagado que quisiera incorporarse y comenzaron. El representante local sacó sus papeles y ante sus parroquianas fue enumerando la penosa situación en que se encontraba el pueblo. El candidato se vio obligado a responder con la disertación que llevaba preparada. Un batiburrillo de promesas y advertencias cortados y pegados del manual de campaña.

Recordó su primer mitin y como acudió a él sin nada preparado. No lo necesitaba. Las palabras fluían de su boca sin necesidad de apuntes. Eran otros tiempos y había mucho que contar, mucho que hacer y mucha gente a la que convencer. Con gesto amenazador se había subido al púlpito y había levantado a un público entregado, que salió del acto con la firme convicción de que podían cambiar el mundo y que merecía la pena luchar.

Hoy, ni siquiera él salió convencido. Recogió sus cosas, soportó estoicamente una nueva soflama de lamentos del representante local y buscó desesperadamente su coche para volver a su casa de alquiler, donde le esperaba un libro, su única compañía en los últimos 23 años.

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