El sapo que aprendió a leer (I)

Era un sapo. Era todo lo que sabía, que era un sapo. Sus cobrizos ojos saltones y su piel rugosa se lo recordaban cada mañana cuando se reflejaba en la charca en la que había nacido. Su mundo se reducía a aquella pequeña charca y su hoja de nenufar sobre la que cada mañana croaba, inflamando orgulloso su buche.

Era un sapo aventurero, y un día decidió internarse en aquel agujero negro del que manaba agua pestilente en busca, quien sabe, de una charca mayor que se dividiera en pequeños mundos.

Para él el mundo era eso, una gran charca con tentáculos que vertían en otros más pequeños, y así sucesivamente hasta su pequeño refugio. Nadie se lo había contado pero le gustaba imaginar que así era e intentaba convencer al resto de sapos de la charca.

Se coló por aquel agujero y empezó a subir por aquella corriente inmunda que arrastraba la suciedad de la que se había alimentado durante meses. Su camino se dividió en varios, y estos a su vez en otros muchos que fueron confundiéndole, buscando siempre el camino más recto, que según él es el que debiera llevarle a la charca madre.

De repente vio una luz. Saltó fuera de ella y se encontró en un extraño lugar blanco, brillante y que misteriosamente olía a… nada. Por primera vez en su vida se sintió vacío. Aquel lugar aséptico producía un nudo en su estómago que nunca antes había sentido.

Fue saltando de baldosa en baldosa, por aquel frío terreno, hasta que el suelo se tornó de color marrón y las paredes se convirtieron en extraños árboles de ramas perfectamente cuadradas de las que colgaba haces de hojas, todas blancas, infectadas de una rara enfermedad de manchas negras.

El viaje de Chihiro

Sé que no es original. Ya Iván en su día describió estos largos éxodos como el viaje de Chihiro, pero estuvo tan acertado que me permito plagiarle. Son apenas las 10 de la mañana y cruzamos, bajo un manto gris de nubes, la provincia de Tarragona. Verdes y pinos y despistados almendros en flor nos reciben, y los dejamos pasar. Corren a nuestras espaldas buscando nuestro pasado. El más inmediato, abandonándonos a nuestra suerte en este camino sin fin.

Son 8 años, intermitentes pero 8 años, viajando en este autobús. Con la misma bolsa a mis espaldas y cada vez menos ilusión. Todos los caminos se han vuelto el mismo y este hato de grasa y huesos empieza acumular polvo, gastándose por momentos como un viejo auto al que nadie pasa la revisión.

Una maraña de caminos, de carreteras sin principio ni fin, de noches sin dormir y dolores de cuello, espalda y corazón. De mucho tiempo para pensar y muy poco para vivir. Dejar atrás, 8 años después, lo mismo que dejaba en aquel primer viaje ilusionado a las islas canarias. Mi primer viaje.

No saber de dónde sales ni a dónde vas. Cuál es el principio del camino y cuál el destino, porque aquí y allí, lugares tan inconcretos, ¿cuál es cuál?, te espera lo mismo.

Hubo viajes ilusionados. Los más por el regreso. Pensar que volvías a tu vida. Sin embargo hoy mi vida es simplemente este viaje, y no es una reflexión machadiana de construcción de camino, sino de destrucción del que falta por hacer. Las baldosas rotas que voy dejando a mi paso y que se quiebran en el momento de pisarlas, antes incluso de asentar mis pies.

Cansancio, hastío, del gris del cielo, del gris de la carretera, del gris de mi camino, del gris de una bolsa vacía que solo lleva ropa para un día, que sólo se hace pensando en las siguientes 24 horas. Más allá, no hay nada. Todo está por destruir.

Venganza

«La venganza. 15 años de espera en un rostro gris, macilento, pero de mirada vivaz, penetrante. Pelo desordenado para un barbero. El mejor. El brillo del odio y la sed de venganza en 7 navajas de plata. Tonos grises salpicados del rojo mortal de la sangre en una cuenta atrás hasta la víctima definitiva…»

Subí las escaleras de la calle Fleet, como quien desciende de la mano de Virgilio hasta el infierno de Dante. Crucé cada uno de sus nueve círculos para contemplar, desde el interior de un baúl, las escenas más estremecedoras, el expresionismo de trazos rojizos sobre un lienzo gris de decadencia humana, de sombras de rencor, de penetrantes miradas que buscan venganza, de amargas melodías llenas de amor, odio y obsesión. Un mundo autófago. El hombre como lobo para el hombre de Hobbes. La metáfora del canibalismo que subyace en el éxito de la barbarie, justificada en el amor, en la pasión irredenta. Canciones que son llantos, llantos que son canciones. Gritos que rompen el silencio y silencios que acallan los gritos.

Seguí escondido en el baúl y vi amar con obsesión, me sonó. Vi la impaciencia de saciar la sed de revancha sobre una partitura de muerte y decrepitud. Vi sus consecuencias. Una caída en espiral hasta la muerte propia. Un dominó de piezas arbitrarias, blancas y negras, que caen sobre una mancha roja. Personas anónimas que nadie echa en falta. Un agujero en la sociedad que alimenta al resto, que les engorda.

La vi entrar. El tiempo hace olvidar la razón de la venganza y la convierte en tan solo odio. Se desvanece en la locura hasta confundir la realidad, dirigido por un amor obsesivo que se aprovecha de la aversión atroz.

Es sweeney Todd, una obra de arte.

Ausentes

Ella
Ha pasado a mi lado y no me ha dicho nada. Es imposible que no me haya visto. Era el pasillo de casa. Pese a la discusión de anoche he intentado saludarle. Iba con la mirada vacía y nisiquiera me ha mirado. Sus ojos reflejaban tristeza, quizás culpabilidad. Será por eso que no me ha mirado. Estará arrepentido, otra vez.

Iba como una sombra. Con la cabeza agachada, temblaba, y en su frente una gota de sudor indicaba que no estaba bien. He intentado preguntarle, interesarme por su salud, pero no me ha escuchado. Ha seguido andando ignorando mi presencia. No ha debido dormir. Yo no recuerdo si lo hice, quizás unos minutos.

Su camisa seguía manchada. Daba vueltas por la casa, nervioso. Nos hemos cruzado varias veces y no me ha dicho nada. Se le pasará y volverá a ser el hombe amable del que me enamoré. Está pasando un mal momento. El trabajo, la hipoteca, la avería del coche y la niña que apenas nos deja dormir. Es un hombre bueno pero a veces la tensión le supera.

Me han dicho mil veces que le denuncie, que coja a la niña y me vaya, pero no puedo. Sé que cuando todo esto pase volverá a ser el hombre amable del que me enamoré. Ayer fue la última vez que lo hablé con mi madre. Decidí darle otra oportunidad. Sé que es un hombre bueno. Aún guardo los poemas que me escribió cuando eramos novios. Era tan atento. No ha vuelto a escribir, no tiene tiempo, pero a menudo me repite que me quiere. Siempre después de una discusión.

Él

No sé que hacer. Ayer se me fue de las manos. Fue una discusión más violenta de lo habitual, y ahora yace en una esquina del salón. No me he atrevido a mirar. No sé si vive.

Yo la quiero. Sólo sé que la quiero. Llevo horas vagando por la casa incapaz de conciliar el sueño. No sé por qué lo hago. Es algo irreflexivo. Debería haberla dejado ir, hace tiempo, para no hacerle daño, pero no puedo vivir sin ella, ni entendería que ella hiciese la vida sin mi. No sería capaz. He sentido un escalofrío. Me ha parecido verla cruzarse conmigo por el pasillo como cada mañana. Pero no, es imposible, sigue echa un ovillo en el salón desde anoche.

El periódico.

Nueva víctima de violencia de género. Mata a su mujer a golpes y se arroja desde el balcón.

4 días… Te lo voy a decir a tu estilo

Apolo 11 es el nombre de la misión espacial que los Estados Unidos enviaron al espacio el 16 de julio de 1969; fue la primera misión tripulada en llegar a la superficie de la Luna. El Apolo 11 fue impulsado por un cohete Saturno V, desde la plataforma LC 39A; y lanzado a las 9:32 hora local del complejo de Cabo Kennedy, en Florida (Estados Unidos). Oficialmente se conoció a la misión como AS-506.


La tripulación del Apolo 11 estaba compuesta por el comandante Neil A. Armstrong, de 38 años y comandante de la misión; Edwin E. Aldrin Jr., de 39 años y piloto del LEM, apodado Buzz; y Michael Collins, de 38 años y piloto del módulo de mando.

La denominación de las naves, privilegio del comandante, fue Eagle para el módulo lunar y Columbia para el módulo de mando.

El comandante Neil Armstrong fue el primer ser humano que pisó la superficie de nuestro satélite el 20 de julio de 1969 al Sur de Mar de la Tranquilidad, (Mare Tranquilitatis). Este hito histórico se retransmitió a todo el planeta desde las instalaciones del Observatorio Parkes (Australia). Inicialmente el paseo lunar iba a ser retransmitido a partir de la señal que llegase a la estación de seguimiento de Goldstone (California, Estados Unidos), perteneciente a la Red del Espacio Profundo, pero ante la mala recepción de la señal se optó por utilizar la señal de la estación Honeysuckle Creek, cercana a Canberra (Australia)[1] . Ésta retransmitió los primeros minutos del paseo lunar, tras los cuales la señal del observatorio Parkes fue utilizada de nuevo durante el resto del paseo lunar[2] . Las instalaciones del MDSCC en Robledo de Chavela (Madrid, España) también pertenecientes a la Red del Espacio Profundo, sirvieron de apoyo durante todo el viaje de ida y vuelta.

Fueron sólo 4 días de viaje. Suficientes para cambiar la historia de la humanidad. En 4 días una vida puede cambiar. Podemos llegar a tocar el cielo, e incluso la luna. Y todos, todos, estaremos esperando esa señal.

¡Ah! Y la madre de Amstrong, cuando se enteró del viaje le dijo que dónde iba tan lejos con el cohete… ‘pa 4 días….’

El camino de los ingleses

Llega un momento en la vida en que comenzamos a andar sabiendo que el camino que recorremos es distinto a los ya andados. Llega un momento en que la lluvia que nos cae encima no es la misma que ha caído en otras ocasiones. Llega el momento en que echamos a correr, sabiendo que ya nada nos parará, que empezamos a ver pasar las cosas, e incluso quienes han estado a nuestro lado toda la vida van quedandose, ni atrás ni adelante sino en un plano diferente. Cada uno en su camino. Llega un momento en que iniciamos el camino de los ingleses. Aunque para algunos nazca asfaltado, y para otros empedrado y con fuertes rampas, para nadie es fácil.

Aprovechas un momento para hacer una fotografía mental. Quizás una cena de verano en el patio de tu casa del pueblo, que son las mejores. Quizás un baile bajo la lluvia de otoño, a grandes saltos, empapados hasta los huesos. Quizás una zambullida a oscuras en una piscina cerrada, con una caricia de complicidad en la espalda. Pero no son más que recuerdos. Poco a poco se van difuminando y por circunstancias de la vida tenemos que recurrir a ellos con añoranza, sabiendo que no van a volver, o que al menos no está de nuestra mano el que lo hagan.

Nos empeñamos en rememorar aquel verano, en ver en cada gota de lluvia el mismo reflejo. Pero no. Hemos empezado el camino, y, en trazos convergentes o divergentes empieza e enredar nuestras vidas para que nada vuelva a ser igual. Nos tumbamos en el cesped, recordamos aquellos momentos y aunque intentemos recrearlos nuestro interior nos dice que no es lo mismo, que todo ha cambiado.
En un esfuerzo ímprobo intentamos repetir las mismas condiciones. Pero nada es igual. No puede serlo.
Llega un momento en que maduramos de golpe. En que empezamos a ser conscientes de la importancia de la vida, del peso de nuestras decisiones. Por cabezonería nos empeñamos en negar algo, una evidencia, o perseguimos con fervor hasta obcecarnos un capricho, sin pensar en sus consecuencias. Y eso marca nuestro camino. Nos dejamos llevar por otros. O somos nosotros quienes queremos influir en los demás. Hacemos y nos hacen daño, y vemos como hay caminos que acaban de golpe, incluso el nuestro aunque luego no podamos contarlo.
No queremos aceptarlo. Pero el dinero asfalta los caminos más afortunados, y su carencia llena el nuestro de baches. Pero en las autovías de peaje se corre demasiado con el consiguiente riesgo y si te mueves con cuidado y tranquilidad entre las dificultades aprendes a disfrutar del paisaje.
A veces en nuestro camino aparece un gran bache, un socavón inundado de agua, en el que caemos. Parece que no vamos a salir de él pero cuando llegamos al fondo tomamos impulso, con los dos pies, y saltamos fuera, salpicando a los que en la orilla nos daban por muertos, sin molestarse siquiera en comprobarlo.
Me gustaría invitarte a recorrer conmigo el camino de los ingleses. Hay veces que se puede recorrer juntos, de la mano.
No sé que has visto tú en la película. Yo he visto eso. Grande Banderas.
(El tú es genérico y va dirigido a todos/as mis lectores)

He de confesar

Todavía no. Faltan apenas 4 horas. Cuando pasen estos 240 minutos hará un mes que lo maté. He contado minuto a minuto el tiempo que ha pasado. Casi por segundos. No porque lo eche de menos, ni porque me arrepienta. Cuando decidí acabar con él estaba arruinando mi vida y era él o yo.

Vivía escondido. Creo que nadie le ha echado en falta, aunque muchos han preguntado por él. Es curioso. Parece incoherente pero es así. La gran mayoría se alegra de que desapareciera, aunque no se creen aún que haya muerto. Para todos volverá tarde o temprano, solo yo sé que no. Gracias a eso sigo libre.
Era un cáncer para cuantos le rodeaban. Por eso lo maté. Prefiero pensar que se suicidó. Que aquella noche fatídica fue él quien saltó por la ventana. Pero no, recuerdo como lo empujé. Como en un golpe de rabia, tras un forcejeo, mis manos se abalanzaron sobre su pecho y cayó. Era un tercero. Pudimos caer cualquiera de los dos, incluso ambos, pero no, afortunadamente cayó él.


Ni siquiera sé si cuando lo enterré estaba vivo aún. No me dio tiempo a comprobarlo. Lo recogí inmediatamente y tras un seto frente a casa lo enterré. Supongo que no muy bien, al día siguiente los perros husmeaban la zona, e incluso a alguno se le vio jugueteando con un zapato. No sabía que iba vestido.
Traté de culparle de todo. Era mi oportunidad. No volvería a aparecer para defenderse. Fui un cobarde y en lugar de entregarme oculté las pistas, me vestí con mi cara más inocente y pedí perdón en su nombre.
Él también debió golpearme. Poco recuerdo de la noche que pasamos juntos. Sólo cuando lo maté. Había sido su peor noche. Era obstinado, obsesivo y caprichoso, pero aquella noche se excedió. Nunca le había visto usar la violencia hasta entonces. Ni yo mismo le reconocía.
Llevábamos mucho tiempo juntos, casi desde niñez, y aunque en la gran mayoría de las ocasiones me avergonzaba de él e intentaba ocultarlo había otras muchas en las que me pavoneaba a su lado.
Últimamente empezamos a salir por separado. Cuándo el salía, siempre más trasnochador, yo me recogía. No me gustaba que me vieran con él. Aunque irremediablemente luego siempre nos relacionaran. También por eso lo maté.

Desde entonces me ha parecido verlo mil veces. No sé. A veces pienso si no estaré equivocado y aquella noche fui yo quien cayó por la ventana. Espero que no.