Cuentos de África – La bella Fatiha II

Transcurría julio de 1998 cuando mi padre fue a buscarme a Mérida con la carta de reclutamiento en su mano. Estaba citado para incorporarme a filas el 19 de agosto en Ceuta.

Apenas me dio tiempo a pensar. Abrumado por volver a ver a mi padre y hermanos después de tanto tiempo, y embargado por la emoción, ni siquiera rechisté.

Recogí mis exiguas pertenencias, las que habían ido quedando después de una desalentadora etapa en la ciudad romana, llena de propósitos de aventura y sueños irrealizados, alimentados más de vergüenzas que de prebendas. Eran mis fantasías mi único pábulo y mi cobardía mi refugio.

Abandoné sin mirar atrás aquel cubículo que había sido mi hogar durante los últimos meses, y en silencio emprendí el regreso a casa, de un hijo pródigo que, por vergüenza, no volvió por propia iniciativa sino al que hubo que ir a buscar, y que con lágrimas en los ojos se despedía de la ciudad que le había convertido en el deshecho que regresaba ahora a su familia. Lágrimas no de tristeza sino de apocamiento que hoy recuerdo arrepentido.

Recuerdo mi primer avistamiento de tierras africanas. Un grupo de jóvenes nerviosos nos arremolinábamos en la cubierta de aquel inmenso Ferry para escrutar en el horizonte la tierra que nos acogería durante 9 meses. Era la primera travesía que hacía en un barco de aquella envergadura y la primera en que pisaría otro continente, pero mi mente seguía anclada en tierras extremeñas, buscando una redención del pasado antes que ningún tipo de ilusión en el futuro que nos aguardaba.

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