Huesca ya no está triste

Huesca, que ayer me pareciera fría, me recibe hoy encerrada en niebla, para regalarme ese aroma de las tardes otoñales de tierra húmeda, chimeneas y la estufa de carbón de la anciana castañera que vende sus frutos asados junto al coso oscense.

Con mi mirada sigo el viejo carrito de madera ,que durante años ha regalado a miles de personas su dulce sabor y ese calor que desprende el cucurucho de papel que recoge las castañas recién reventadas entre las brasas, hasta que desaparece envuelto en niebla, como si de un espejismo del pasado se tratara.

Unos metros más allá, las nieblas del alto Aragón me descubren su muralla, y una joven muchacha que arrecida espera la llegada del coche que la viene a recoger.

Pienso en ti, te oigo, y desembocan en el Cinca las aguas del Tajo y el Guadiana, con su alegre discurrir del otoño, arrastrando las hojas del pasado, que se arremolinan en unos hoyuelos que me recuerdan los que dibuja tu rostro cuando sonríes.

Me duermo en su cauce mientras en mis oídos aún suena el cristalino curso de tus palabras, que se van apagando en una nana, que me invita a soñar contigo…

Levántate, Segunda,

levántate al instanti,

que el niñu quieri agua,

levántatinuta.

La palumita blanca

que canta allá en el olivu,

cállati palumita

que duerma mi niñu.

Ea, ea que ya se durmió.

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