Olor a campo

He visto un manto rojo y me he puesto a caminar, como una estrella de Hollywood sobre la alfombra de la fama.

Bajo mis pies he sentido el resquebrajar de las hojas recién caídas y he decidido quitarme los zapatos para sentir su tacto. He seguido andando mientras su humedad iba impregnando mis pies descalzos con un inesperado calor que me ha transmitido seguridad.

He escuchado el leve batir de alas de la becada, buscando refugio entre el cobrizo pasto del horizonte y he aspirado el aroma húmedo de la tierra recién regada por las lluvias otoñales.

He clavado mis rodillas en el suave manto de la hojarasca, y me he dejado caer sobre su tenue lienzo, para sentirte más cerca, olor a campo.

Frío

Hacía frío y llovía. Decidí esperarte en la calle aunque no me habías asegurado si vendrías. Mis labios amoratados titilaban dejando escapar un ligero castañeteo que acompasaba los leves espasmos de mi cuerpo arrecido. Un manto gris impedía al sol obsequiarme con aquellos rayos que un día habían iluminado nuestros paseos.

Pensé que como siempre, un claro se abriría cuando llegaras, pero sin embargo negros nubarrones se fueron cerrando sobre mi cabeza, mientras la lluvia arreciaba sobre mi cuerpo, que iba estremeciéndose en un guiñapo cada vez más constricto en fetal disposición.

Apenas si podía abrir los ojos, empapados entre el fragor de la lluvia y el salobre gusto de unas lágrimas que predecían tu ausencia.

Mi vieja y raída capa comenzó a pesar, no sé si tanto por el agua acumulada como por el frío reumático que castigaba mis ajados huesos.

Mi cuerpo siguió empequeñeciendo, con mi cabeza cubierta por mis brazos que se cerraban en espiral sobre mi regazo. Ese sobre el que tantas veces te habías dormido.

De pronto una luz me indicó que llegabas. Abrí los ojos y desperté boca abajo. Lloré amargamente aquel frío despertar de mi agónico perecer. Todo era calor y luz.

Acababa de nacer y ya te había soñado.

Palabras

Siempre he presumido de tener palabras para todo. Tonto de mí y engreído. Siempre he buscado la palabra precisa en el momento oportuno y he creído tenerla. Tonto de mí y engreído.

Hoy me ha hecho falta una palabra. Sólo una. Y no la he encontrado. Una palabra de ánimo, de consuelo, de amistad, y no me ha salido.

He querido dar un abrazo con una palabra y me ha faltado su calor. He querido ofrecer una mirada con una palabra y me ha faltado su sinceridad. He querido estrechar una mano con una palabra y me ha faltado su ternura. He querido compartir una lágrima y me ha faltado su emoción.

He querido decirle a Miguel cuanto lo siento y me han faltado todas esas palabras. Espero que sepa entender mi ignorancia.

El viejo galán

No, no es un cuento. No voy a contar la historia de un viejo mujeriego que se caracterizara por sus habilidades en el cortejo y la seducción, aunque sus pinitos hiciera, sino de un viejo amigo que por misterio ha reaparecido.

Todavía no he cruzado una palabra con él. Tan sólo un correo electrónico que decía lo siguiente (sic):

«hola juancarlos soy un viejo compañero de batallas de ceuta espero que te acuerdes de esos momentos por fin doy contigo macho ah se me olvidaba soy jose luis galan de sanlucar de barrameda un abrazo fuerte»

Pero ha sido suficiente para alegrarme el día, quizás la semana.

Galán, allí todos nos conocíamos por el apellido, fue una de esas personas con las que mejor congenié en aquellos meses en Ceuta. Fue mi compinche de venturas y desventuras durante la estancia en regulares y por proximidad alfabética en los apellidos compañero de muchas guardias, cocinas y otros menesterosos servicios a la patria… ¿qué patria?…

Hoy, sin saber cómo, ha sido él quien me ha localizado y me ha dejado ese correo, espero que el primero de muchos, para recuperar aquella amistad forjada en noches a la intemperie y en largas conversaciones bajo el cielo de Ceuta o a bordo de un Ferrys.

En estos momentos en los que la palabra amistad tiembla en mi boca, por timidez, fragilidad o incomprensión, alguien, que aparece de repente, me hace volver a confiar en ella y decir con firmeza, «hola amigo».

Que no se sientan despechados el resto de personas que engrosan esa, no sé si larga pero sí sólida, lista de amigos. No sois vosotros quienes hacéis titilar mis labios al pronunciarla.

Quizás sea un buen momento para inciar una serie de relatos sobre ciertas batallitas…. ahora que además tendré a alguien que las corrobore.

(Perdonad el detalle del vídeo, tan impropio de mi, pero venía muy a cuento… y tampoco he de renegar de mi pasado)

El día de todos los santos

Se ha convertido ya en una tradición. Quizás la edad, el cambio de mentalidad o el de intereses y expectativas, o simplemente las condiciones meteorológicas adversas vividas durante varios años, nos hicieron cambiar de costumbre y abandonar el tradicional rito de campo y castañas por esta forma de turismo rural que practicamos ahora. Yo me perdí alguno, como el famoso de Cuacos, por motivos laborales, pero he podido disfrutar del resto, que han convertido esta costumbre en un rito típico, tradicional o costumbrista según el término lingüstico adoptado en el momento y por consenso.
El año pasado tocó Robledillo de Gata, con sus típicas cuestas, su típico olor a chimeneas, su típica iglesia con sus típicas escaleras y su típico coche blanco aparcado en una de sus típicas calles.

Este año el destino era un tanto incierto. El eje focalizador del viaje era el restaurante «O javalí» de Monfortinho, y sus termas. Pero la decepción fue mayúscula ante un balneario de aire modernista y dificilmente visitable y un restaurante, que si bien cumplió justamente, no se acomoda al término de recomendable, ni avala una hora de viaje. (Si bien la compañía ya era aval suficiente para justificar cualquier itinerario y tiempo dedicado)


¿Dónde íbamos esta vez? Esa parecía la gran duda

Pero la sorpresa vendría después. El ascenso a Monsanto nos recordo a todos la subida a Valdastillas, con ese encanto tradicional de las cuestas sinuosas (sin un oso para Iván) y ese continuo descubrir de detalles que destacar y recordar.

Unas piedras en forma de orondo trasero que a todos nos inquietaron, un incómodo adoquinado, inapropiado para los calzados taconados de nuestras acompañantes, pero que te trasladaban a rutas de peregrinos medievales, o un altivo mirador con vistas al cementario, como nota nigromante de un excelente paisaje, de naranjos a punto de reventar, higueras de olor a breva, o de pinceladas verdes sobre castaño de un autor impresionista.

Esta es la portada de nuestro próximo disco de folklore. Falta Javi pero es que alguien tenía que hacer la foto

El silencio de sus calles, el olor a leña recién prendida, el frío grisaceo de sus viviendas, con verdes brotes de humedad del musgo, (que le inferían ese caracter anacrónico del tiempo detenido en el espacio), y el leve susurrar galaico de algún oriundo, (intentandonos descubrir los secretos más ocultos de un cofre plagado de tesoros,) nos fueron envolviendo en la magia ancestral del medievo, y de aquellas casas horadas en la roca, que sirvieron de reposo a los caballeros templarios y a decenas de generaciones por las que el tiempo parece no pasar, detenido en el encanto de la humildad y el arraigo, a un terruño sin futuro, pero con un eterno presente.


Esta es nuestra peña para las fiestas, y nunca mejor dicho lo de «peña»

Quise sentir el frío de sus piedras pero a cambio, sentí el calor de mi gente, absorbidos todos por aquella magia de una tierra sin tiempo, para un cariño sin límites.

Aún así, perdonadme y lo hago en pequeñito para no molestar, eché en falta a alguien