Cuentos de África – La bella Fatiha IX

Cuando despertaron la expedición ya había partido de nuevo. A su lado encontraron, una vez más, la manta roja con las oportunas dosis de agua debajo. Así fueron sucediendo los días. Cada noche avanzaban, a lo largo de la imaginaria línea que divide Mauritania de Argelia, y por las mañanas dormían bajo sus mantas refugiándose del abrasador calor que les hostigaba.

Cada amanecer dejaban la manta roja sobre el aterido cuerpo de su propietario y cada noche la recogían junto a las pequeñas cantimploras cargadas de agua. Sin cruzar una palabra. Sin dedicarse siquiera la mirada de agradecimiento con que depositaban la manta sobre su tembloroso y desconocido amigo y compañero de viaje.

Tras casi dos meses de marcha llegaron a Tindouf, parada obligada en su éxodo. Allí, según instrucciones, deberían buscar a un tal Mohamed Ben Afu, que les trasladaría en un camión hasta la frontera con Marruecos, dónde deberían reanudar su viaje a pie. Cuando llegaron a la populosa y militarizada ciudad Argelina sus compañeros las esperaban en un pequeño almacén a las afueras de la ciudad.


No fue dificil dar con ellos. En cuanto llegaron a las inmediaciones de la ciudad un militar les dio el alto. Asustadas intentaron explicar su situación. El soldado pidió que callaran y les dijo que sabía a qué iban y a quién buscaban, que a cambio de 10.000 francos las conduciría hasta el almacén donde aguardaban sus compañeros.

Fatiha sacó el dinero y el militar, que lucía en su hombro una estrella de alférez, hizo un gesto para que se acercara un pequeño Jeep, les pidió que montaran y sin cruzar una palabra con ellas el conductor, un soldado raso por lo que se veía en su uniforme desprovisto de galones, se adentró en la zona comercial de la ciudad, a las afueras de la plaza militarizada.

En una zona tumultuosa, cerca del zoco, dónde comerciantes saharauis regateaban con proveedores argelinos el precio de las viandas que luego llevarían a los campamentos, de refugiados el vehículo se detuvo. Cuando se fueron a bajar del mismo el militar se dirigió a ellas por primera vez en todo el trayecto. Les dijo que no habían llegado aún al sitio, pero que si querían continuar debían pagar 5000 francos más. Mirenne abrió la boca para protestar, pero antes de que una palabra llegase a su garganta Fatiha la detuvo, entregó los 5000 francos y pidió que siguiera el viaje.

El militar recogió el dinero y lo ocultó en sus botas, luego señaló la puerta de un pequeño almacén a 100 metros escasos del vehículo y les dijo que allí estaban sus compañeros. Mirenne volvió a amagar una protesta, pero esta vez fue ella misma la que comprendió la inutilidad de la misma, y se resignó a bajarse del coche con un gesto forzado de agradecimiento.

Cuentos de África – La bella Fatiha VIII

Salí tímidamente de la formación ante la atenta mirada de mis compañeros y mandos. Todos se preguntaban a qué venía aquella interrupción en el cadencial transcurrir de las mañanas. Estábamos frente al gimnasio, en uno de los patios, y tuve que recorrer cerca de un kilómetro hasta el lugar dónde me esperaban los brigadas. Se conviritó en el paseo más largo de mi vida.
Caminaba cabizbajo, meditabundo, aseteado por las miradas inquisitivas de reclutas y cargos. Eché un vistazo a mi derecha y la mirada de complicidad del sargento primero me tranquilizó bastante. Él había hablado con los brigadas y sabía cuál era el motivo de aquella ruptura de la metódica alineación diaria. Su mirada de satisfacción me alentaba a pensar que no podía tratarse de nada malo.

Me presenté siguiendo la norma militar, como el soldado Herrero, fusil al hombro izquierdo y mi mano haciendo visera en el derecho. Ellos enseguida relajaron las formas y más cordialmente se presentaron como los brigadas Pardo y Pizarro, de la Unidad de Inteligencia Militar de la Comandancia General de la Plaza de Ceuta. Enseguida pensé en la broma, en la incompatibilidad entre inteligencia y militar, pero los nervios me impidieron ni siquiera sonreir por la ocurrencia.


Me comentaron que habían leído el cuestionario que había rellenado al incorporarme a filas y que habían indagado algo sobre mi trayectoria. Los malos augurios volvieron a mi mente. Sin embargo ellos mantenían el trato cordial, y viendo mi estado de nerviosismo enseguida resumieron. Acababa de abandonar la plaza por motivos psicológicos el periodista militar y necesitaban a alguien que le sustituyera mientras se incorporaba algún otro profesional que pudiera cubrir la vacante y yo era, según dijeron, la persona adecuada. No supe como reaccionar, me quedé paralizado, me imaginaba en el frente haciendo de corresponsal de guerra.


Pronto me sacaron de mi error. Me indicaron que mi trabajo consistiría en escribir 2 artículos semanales, durante los próximos 7 meses, sobre la vida militar en la plaza de Ceuta, uno para el Faro y otro para el Pueblo. Me aseguraron que me alojaría en la mejor residencia militar de la localidad y que además estaría rebajado de pelo y barba, es decir, que no tendría que guardar las normas de aseo básicas exigidas a los militares. Me comentaron también que me despidiera de mi uniforme, que apenas me lo pondría durante el resto de mi estancia en Ceuta y que eligiera, si quería, un compañero que me acompañaría como chofer en mi trabajo.

No podía dar crédito a lo que me estaban diciendo. Me pidieron que me lo pensara y con el saludo militar se despidieron hasta después de la jura de bandera, momento en el que debía incorporarme a mi destino.

Es mi barco mi tesoro….

Jose nunca parará de sorprenderme. Cuando a veces necesitas un reencuentro contigo mismo, con las pequeñas cosas que te han ido costruyendo desde niño, llega él y te presenta. Llega y te dice, Juan Carlos, te presento a Juan Carlos. Pero no con esas palabras sino con un gesto, una mirada, una poesía, una canción, un libro, una película o un vídeo.

Hoy me ha descubierto navegando en mi velero bergantín. Hacía posiblemente años que no escuchaba entero este poema y seguro que nunca lo había hecho de esta manera tan particular. Hacía mucho que había dejado a Espronceda durmiendo en una estantería, espero que no sea alérgico al polvo, y hoy, de nuevo Jose, me ha sacado a pasear, con diez cañones por banda.

Déjame construir

Se sentó como cada mañana en su montículo de arena. Con su pequeño rastrillo fue juntando un montón que moldear. Era así cada amanecer. Con un pequeño e insignificante cubo, una pala de plástico y un rastrillo de juguete iba generando una montaña que nunca acababa de tener forma.

Cada noche, con la pleamar, su pequeña construcción de arena era arrastrada por la corriente, convirtiéndose en una insignificante colina en la que nadie podía identificar los cimientos del castillo que ilusionadamente había erigido la mañana anterior.

Cada día era derruido, por la fuerza de un mar superior, pero no desistía. Al levantarse volvía con su cubo, con su pequeña pala y su insignificante rastrillo, a levantar los muros de su castillo, el que daba refugio a sus ilusiones, a sus sueños y sus pasiones.

Un día el mar respetó su construcción. Las algas rodearon sus montañas, dándole un particular cobijo, y mantuvieron intactas sus torres, refugio de deseos y emociones.

Al día siguiente, ignorante de su logro, siguió construyendo. Dibujó sus almenas, su foso y un pequeño puente que daba acceso a su imaginación.

Podía volver la marea, podía volver la naturaleza a arrastrar sus paredes, pero sabía que lo había logrado, que durante un instante infinito había soportado los embistes del mar, la fuerza de una naturaleza que se negaba a permitir tanta belleza, la comunión del esfuerzo, del trabajo de manos ajadas, con una corriente adversa que se negaba a conceder, al menos, una oportunidad.

El cuento está escrito a las 4,30 de la mañana en un estado de embriaguez avanzado, por lo que puede contener errores. Espero sepáis entenderlo. No obstante lo voy corrigiendo a medida que mi estado va mejorando. Si alguien no entiende su moraleja que pregunte, que para eso estamos.

Los mismos sentimientos

Vuelvo a sentir lo mismo.

Vuelven a bailar abejas en mi estómago y vuelvo a mirar el móvil a cada segundo esperando un mensaje, una respuesta, una llamada.

Vuelvo a vivir en unos ojos, a dormir en una sonrisa y a buscar una caricia perdida.

Vuelvo a tener ilusión por despertar cada día y un sueño que soñar cada noche.

Vuelvo a contar los segundos hasta verte y a descontar minutos hasta que vuelvas.

Vuelvo a sonreir por nada, solo por tu recuerdo, y vuelvo a emocionarme al verte, de espaldas, esperar en la plaza.

Vuelvo a sentirme vivo.

Volveré a cometer los mismos errores, perdoname de antemano.

Un puntito

No me canso de mirarlo. Ahora es tan solo un puntito. Una pequeña luz blanca en un fondo gris y negro. Cualquiera al verlo podría decir que es un sol en una borrasca, o la clásica luz al fin del túnel. Pero no. Es mi sobrino o sobrina.

Es Sandra o Alejandro, dependiendo de lo que sea, y sí, es una luz, pero no al final de un túnel, sino al principio de una ilusión, y también es un sol, pero no en una borrasca sino en una suave corriente de emoción, paz y felicidad.

Ahora es tan solo un pequeño puntito en una fotografía en blanco y negro, pero ya es una pincelada de color en un lienzo en el que todos queremos dibujar, plasmar nuestra alegría.

Son los primeros 16 milímetros (creo) de un infinito de satisfacción, de un camino de esperanza, de un mundo de ilusión.

Son los primeros compases de una nana, de una canción infantil, y estas, mis primeras palabras de felicitación para los próximos padres y las primeras de calor para mi sobrino/a, para mi ahijado/a.

Felicidades, os quiero a los tres.

Felicidad

Reviso segundo a segundo los 3 últimos días y descubro, en cada uno de esos instantes, la felicidad.

Esta misma mañana hablaba con Gema sobre este sentimiento, la felicidad, y le explicaba que, para mí, es el estado por defecto del ser humano, pero que son luego nuestras imperfecciones, y nuestras ganas por complicarnos la vida, quienes la alteran cayendo en el desánimo, la angustia, la depresión…

Estos 3 días han sido el preludio de un año prometedor, lleno de ilusiones que podré compartir con mis hermanos y amigos, y en el que irremisiblemente sólo podré ser feliz pues sé que ellos lo serán.

Por orden cronológico, que no de importancia, pues sería incapaz de cuantificar lo que para mi significa cada uno de estos momentos, este año, mi hermano Iván me dará la oportunidad de usar mis humildes palabras para oficializar una relación que nació bajo mi mirada, y que ha ido creciendo hasta convertirse en una unidad indivisible, compuesta por dos todos inigualables.

El 25 de julio tendré la oportunidad de compartir con Iván y Patricia el momento más importante de sus vidas y el hecho de que cuenten conmigo para ello lo hace uno de los más importantes de la mía.

Un mes después, aproximadamente, la felicidad regresará, nunca se habrá ido, de la mano de otro de mis hermanos. Otra relación que nació bajo mi mirada y que he visto crecer y consolidarse dará su primer fruto en la persona de Sandra o Alejandro, según sea niña o niño, mi primer sobrino, y además ahijado.

El anuncio de su gestación no pudo llegar en mejor momento, una fiesta que para mí significaba tanto y en la que tanto me demostraron, delante de las personas que quiero y que me gustaría que estuvieran ahí en todos esos momentos especiales, para poderlos compartir con ellos como sucedió con este anuncio.

Hoy sigo emocionándome con los instantes vividos en estos días. Sigo pensando en el futuro halagueño que presenta este prometedor 2009, pero también en el pasado inmediato de un 2008 que se ha cerrado de la mejor manera posible. Sigo llorando emocionado cada instante de estos días, sobre todo, los de esa fiesta, en la que estaban casi todas las personas que quiero y a las que tengo que agradecer que, pese a mis debilidades, sigan siendo mis amigos y acudan a una llamada como hicieron.

Gracias a:

Javi, Noelia, Raúl, Raquel, Iván, Patricia, Mamen, Mario, Jose, Rober, Cristina, Jordi, Victor, Lidia, Cuky, Carlos, Naiara, Sera, Edu, Killo, Juanjo, Gabi, Gema, Ana, Ramiro, Carmen, Rubén y especialmente, aunque solo estuviera unos minutos, Elena.