Cristina

Siempre ha ocupado un lugar discreto dentro de mi grupo de amigos. No secundario, sino discreto. Como es ella. Posiblemente nunca haya recurrido a ella cuando necesitaba un abrazo, un consejo o una voz, pero con una mirada tenía todo eso. Su serenidad, su gesto de confianza, inspira esa tranquilidad de saber que con ella cuentas con un hombro, un pañuelo o un oído sin necesidad de palabras, lágrimas o cabezas recostadas.

La he visto ilusionarse y decepcionarse, vivir momentos buenos y malos que hemos compartido. Muchas veces quizás más en una medida distancia que en la proximidad de otros amigos y amigas, pero siempre sabiendo que su codo estaba al lado del mío y su voz presta para sosegarme.

Un día, hace poco más de dos años, vi en sus ojos un brillo especial, y no era el reflejo de la verde dehesa de Monfragüe que nos acogía, sino el resumen de un cúmulo de sensaciones que clamaban por salir de su corazón. No pudo evitarlo y sus primeras palabras enamoradas desbordaron su voz, irrumpiendo con la ilusión de un sueño realizado.

Fue breve, no quiso desvelar mucho más por si pudiera romper el hechizo de aquella magia que le envolvía, pero suficiente. Su mirada reflejaba esperanza, calor, su voz temblorosa incertidumbre y viva complacencia, sus palabras fantasías por cumplir, deseos por realizar.

Aquel día me hizo un poco más feliz. Esa varita que poco a poco había ido tocando a la gran mayoría de mis amigos ahora lo hacía con ella, y le acicalaba con ese atuendo de ensueño que mañana cambiará por un vestido blanco.

Allí estaremos todos. Allí compartiremos un momento más dentro de todo ese acerbo de instantes maravillosos que hemos disfrutado. Uno muy especial. Seguramente para ella el mayor de todos. Para nosotros, sus amigos, una pieza más de ese puzzle con el que en días así completamos el paisaje de nuestra felicidad.

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