Juntando

Uno de los principales problemas de nuestra vida es intentar vivir los momentos buenos, los momentos excecpionales, de forma individual.

Viajamos, disfrutamos de un paisaje, de un momento, de un episodio de nuestra vida como si no fuera a repetirse y lo reiteramos en nuestra consciencia hasta el infinito, poniéndolo como ejemplo de un instante extraordinario que nunca volverá a suceder.

Esos momentos los encuadramos en un marco que contiene una fecha, tiempo, un enclave, lugar y unas personas, compañía, que en ese pasaje consideramos inigualables y que le aportan un grado de excepcionalidad difícilmente alcanzable.

Sin embargo llega un momento en que todos esos instantes de tu vida pasan secuencialmente por tus ojos en tan solo unas horas y eres capaz de identificarlos en cada rincón, en cada sonrisa o en cada mirada cómplice de un día determinado.

Hoy me ha sucedido. Paseando por las calles de Heidelberg me he encontrado con sueños perdidos en paseos por Gijón, en miradas de asombro aliviadas en una iglesia de Amsterdam, en promesas rotas bajo la puerta de Toledo, en suspiros expirados en los túneles de Valvidriera, en un lamento escupido en la falda del Gobela o en una lágrima que se escapa ría abajo en las aguas del Sil.

Esta ciudad, y la gente que me acompaña, son capaces de concentrar todos esos sentimientos pasados y demostrar que la vida no se vive una sola vez, sino que si luchamos podemos disfrutarla en lugares y personas con los que, posiblemente, nunca hubieramos contado.

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