Hermanos

Hay veces que las fuerzas te flaquean y que con tu raído cayado de endebles yemas, que se resquebraja a cada golpe, intentas avanzar por un camino incierto; ciego, desorientado, intentando localizar con su maltrecho extremo los obstáculos que te impiden el progreso. Con golpes inseguros descubres un bordillo, un escalón, una pared, unos pies que intentan zancadillearte o una señal con la que ibas a chocar, pero de la que nunca descubrirás su significado. Nunca sabrás si te advertía de un peligro o te invitaba a contemplar las vistas, que ironía.

Te ases con fuerza a tu bastón y avanzas firme en una oscuridad aterradora en la que cada ruido es una amenaza y cada hombro puede servir tanto para apoyarse como para chocar con el tuyo y desestabilizarte. Te empeñas en caminar sólo y rechazas las manos que a tu alrededor se ofrecen para acompañarte y guiarte en tu singular itinerario. Tropiezas mil veces y cuando las rodillas te sangran, doloridas, con las cicatrices abiertas de golpes anteriores y piensas que ya no podrás seguir caminando por fin levantas la mano y…

Una mano hermana te saca a bailar. Sientes su calor al lado y mientras suena «señales de humo» del «Desván del duende», recuperas la vista y observas que tras esa mano hay otra mano y otra que hacen una cadena interminable que la naturaleza ha ido tejiendo con hilos de consanguineidad, emoción o sentimiento, hasta componer una malla infranqueable que sabes que siempre te protegerá y te enseñará a encontrar ese camino que buscabas y que por tu ciega obsesión te empeñabas en seguir en círculos concéntricos, cada vez más cercanos a tu propio yo ególatra y egoísta sobre el que girabas neuróticamente.

Aprietas esa mano y bailas como loco al ritmo marcado por otro hermano que desde el escenario observa con emoción como es partícipe de ese sentimiento de fraternidad.

No estaban todos presentes, pero los sentíamos allí. En aquella cadena alborotada que bailaba eufórica encontré las personas a las que quiero y me dan su mano para seguir avanzando, pero también a las que sin estar lo hacen cada día y no siempre lo reconozco y aprecio. Estaba Patricia, sensata y docta, Iván, coherente y emotivo, Raúl, corazón y fuerza, Raquel, comprensión y cariño, … Pero también Javi, humildad y emoción, Noelia, vida y sentimiento.

A todos gracias porque ayer me volvisteis a mostrar el baile de la vida.

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