El alquimista


Quise ser alquimista,
tomar en mis manos el plúmbeo sentir que me asediaba
y transformarlo en oro junto a tus labios.

Estudié cada signo de tu naturaleza,
cada guiño o suspiro, cada escalofrío,
y pretendí transformarlos
en símbolo de mi riqueza.

Concienzudamente mezclé,
en una probeta de cielo,
tu mirada con dos palabras;
en un dedal de almizcle,
tus suspiros y tresmil versos;
en un jergón de flores,
tu sonrisa y un te quiero.

Me creí Dimas, Trimegisto o Rumpeltiltzskin.
Quise convertir mis sueños
en realidad sin darme cuenta
de que me equivocaba.

No podía transformar en oro lo que ya es.

No puedo buscar pepitas en tus ojos,
cuando por tu mirada transcurren los valles
de el Dorado.

No puedo convertir en aureas sedas tus caricias,
cuando el mismo sol envidia el brillo de tu piel.

No puedo beber de los auríferos de tus labios,
cuando sólo el contacto de mis besos
contaminaría la fulgurante pureza de los tuyos.

No puedo jugar a ser Dios,
con la misma Palas Atenea.

Un pensamiento en “El alquimista”

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