El efecto mariposa

«Es el efecto mariposa», me explicó el doctor. «En un sistema caótico, como el tuyo», me explicó, «cualquier variación puede provocar que evolucione de la forma más impredecible. Cualquier pequeña perturbación inicial, mediante un proceso de amplificación, podrá generar un efecto considerablemente grande.»

No lo entendí en principio. Aquellos sudores fríos, aquellas taquicardias aceleradas e incluso las alteraciones gástricas que sufría no podían estar provocadas por un patógeno externo. Estaba enfermo. Lo sabía. Y aquel virus que me afectaba iba a acabar conmigo.

Apenas dormía. En toda la semana había contabilizado un máximo de 15 horas de sueño. De lunes a domingo. Poco más de una media de 2 horas diaras. No comía. Tan sólo lo necesario para mantenerme en pie. Incluso en alguna ocasión había sentido como mis piernas flaqueaban y siquiera podían soportar el peso de mi cuerpo, visiblemente debilitado y fútil.

Pedí que me hicieran pruebas. Unos análisis, unas radiografías, un escaner, un TAC… no sabía, algo que detectara aquel mal que me aquejaba. Que sirviera para prescribir aquella enfermedad desconocida.

«El efecto mariposa», aquellas palabras golpeaban mi mente. Busqué la enciclopedia médica de mi madre, consulté a varios amigos médicos y ninguno me supo decir qué clase de diagnóstico era aquel.

Entonces la vi y lo supe. Tan sólo un parpadeo suyo hacía que se estremeciera todo mi cuerpo.

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