Archivo de la etiqueta: Biografia

Desorden

A veces mi caminar errático parece el ebrio andar sin rumbo del moribundo, el denodado navegar contracorriente de un barco de cáscara de nuez ante la ira de Eolo, o la vertiginosa caída de Ícaro abrasado por la cera que el sol fundió en su espalda. Pero en sus indecisos pasos avanza, torpemente, aprendiendo del futuro que imagina más que del pasado que intenta aleccionarle con ideas preconcebidas.

Avanza con la satisfacción de que cada paso, acertado o fallido, lo dio con la libertad de querer caminar, no de tenerlo que hacer, con la ilusión de buscar mi destino, no el destino.

Pero en ese angosto camino sé que estás ahí y sé que me intuyes; que aunque mis huellas se salgan del camino de baldosas amarillas que te gustaría que siguiese, para dejar restos de barro en su delicada porcelana que otros vendriais a limpiar, mis pasos siguen marcando un sendero que discurre sinuoso entre la felicidad de sentirme único y la desolación de sentirme solo.

En realidad no estoy lejos sino al lado, en el arcén pedregoso por el que mis pies caminan con mayor facilidad, lejos del vertiginoso ritmo que quiere marcar tu autopista. Apartado de las ráfagas de aire que me impulsan a la cuneta al adelantarme por la vía rápida, pero también lejos de las caravanas del domingo familiar de filetes empanados y tortilla. Por eso avanzo, y llego, y cuando buscas a tu lado sigo ahí porque nunca me fui, sólo tracé mi itinerario al margen de convencionalidades para evitar crear atascos, para impedir que mi deambular dubitativo entorpeciese el viaje a quienes queríais correr más o distinto.

A lo mejor en ocasiones olvidé señalizar mi maniobra o, al contrario, dejé tanto tiempo puesto el intermitente que pensasteis que olvidé apagarlo. No importa, me encontrarás en el siguiente apeadero, con mi cesta de mimbre abierta para seguir compartiendo su contenido. La encontrarás desordenada, pero siempre podrás comer de ella, aunque sea el postre antes que la sopa.

Un chusco de pan

Cada vez que veo esta foto de las navidades de 1978 (creo recordar) me pregunto qué hacen en el portal de Belén tres pistoleros, un payaso, un tuno, un marinero o tres sevillanas, pero no es el caso de este cuento…. Yo soy el pastor con sombrero ruso que está abajo a la derecha.

Corría el año 78 y estabamos celebrando la fiesta de Navidad, justo antes de las vacaciones. Habíamos montado un belén viviente. La señorita Bibi nos pidió que fueramos disfrazados para interpretar la escena del nacimiento y que llevaramos al niño algo para comer. Yo me enfundé mi jubón de lana, mi camisa de cuadros, mis botas Katiuscas* y cargué mi zurrón con un chusco de pan y una naranja confiado en que el niño pudiera degustarlos pese a su corta edad.

Durante toda la clase estuve rondando el portal, dónde el niño dormía plácidamente al cuidado de los improvisados María y José. Sonó el timbre y yo me fui quedando rezagado sin salir de clase. La profesora se mostró preocupada e incluso mi madre, intranquila, entró hasta el aula para ver por qué no salía. Yo me negaba a irme, pero tampoco daba explicaciones. En silencio miraba al niño esperando que despertara. Mi madre pronto comprendió la situación y me dijo que dejara a sus pies mis ofrendas.

Tiempo después supe que se trataba de un muñeco y que mis obsequios acabarían con toda seguridad en una papelera. Sin embargo hoy sigo guardando con ilusión mis pábulos en mi ajado zurrón, a sabiendas de que nunca alimentarán la boca para quién los guardé con cariño.

*Katiuscas: botas de goma para el agua.

Etimología:

En 1931 el compositor español Pablo Sorzábal (1897-1988) estrenó una zarzuela llamada Katiuska.
La protagonista de esta zarzuela llevaba unas botas altas.
De ahí el nombre de estas botas. Katiuska es un diminutivo cariñoso del nombre ruso Katia, o sea,
"querida pequeña Katia".
Katia es una abreviación de Ecaterina, equivalente a Catalina en español.
Ecaterina deriva de la palabra griega Katarios = limpio, puro).

De garulla

Hace algo más de 2 años comencé una serie de cuentos autobiográficos, dedicados a mi infancia, que se centraban, sobre todo, en mi etapa en Galicia. Luego se complementó con alguno extraído de mis primeros años en Briviesca y, con un pequeño salto, llegué a mi juventud en Ceuta. Hoy, hablando con mi amigo Roberto, he recordado un pasaje de mi infancia en Guareña que quiero recrear…

De garulla

Llegamos a Guareña en el verano del 86. Tenía por tanto 13 años recién cumplidos. Tras un año en Plasencia habíamos recogido de nuevo los bártulos y con nuestro hato de ilusiones nos dirigimos a esta localidad pacense, con la intención de alojarnos allí durante los 2 ó 3 años que durara la nueva obra a la que habían destinado a mi padre, el encauzamiento del Zujar y el Matachel.

Vivíamos en un viejo edificio del centro de la población en la calle principal. Apenas recuerdo la distribución y ornamentación de la casa, pero no puedo olvidar su suelo enmoquetado, residencia de ácaros y otras suciedades, que cada tarde nos invitaba a salir de casa para evitar el calor que despedía.

Había pocos sitios donde ir. Era el clásico pueblo de tardes sesteadas y somnolientas, con hirvientes calles vacías, que poco o nada podían ofrecer a unos niños de mi edad y la de mis hermanos, así que nos acostumbramos a acompañar a mi padre a las obras.

Cada tarde nos montábamos en una furgoneta blanca de olor a hormigón, alquitrán y masculino sudor solariego en la que acompañábamos a mi padre y resto de obreros al «tajo» que correspondiera.

Disfrutaba cada segundo con mi padre. Después de años dosificando su presencia en el goteo insufrible de fines de semana, aquellos momentos en la obra eran la recompensa a tantos días de espera. Admiraba (lo sigo haciendo) su trabajo. Idolatraba su capacidad de mando, aunque por entonces era todavía capataz, y soñaba viéndole construir puentes y carreteras tan sólo con sus manos.

Cuando había dado las instrucciones oportunas a «sus» obreros nos dedicaba el tiempo que tanto habíamos añorado mientras trabajaba en Portugal o Andorra.

La obra estaba al pie de la zona de regadío del Matachel. A su alrededor crecían uvas, sandías y melones en un mosaico multicolor que me fascinaba. Cada tarde, a hurtadillas, nos colábamos en alguno de aquellos huertos y sustraíamos alguno de aquellos frutos para después degustarlos en casa. Siempre pensé que sabían mejor porque eran parte de la complicidad con mi padre.


Mi padre nos enseñó un truco. Cada tarde buscaba una sandía determinada. Aquella que previamente el hortelano había cubierto con su jersey. Todavía no sé porque aquel buen hombre seguía haciéndolo, pero cada tarde la mejor sandía del huerto aparecía cubierta con mimo con una sudadera de lana. Nosotros cogíamos la prenda, la cambiábamos de fruto y nos llevabamos aquella que con ilusión había seleccionado el agricultor.

Así pasamos todo un verano. No sé si fue entonces cuando decidí dejar de comer fruta, porque ya no iba con mi padre a buscar la que dormía bajo un jersey de lana.

Hoy soy yo aquel hortelano. Hoy soy yo quien con mimo ha elegido la fruta más sabrosa. Quién la ha visto crecer con ilusión, quién la ha abonado, regado y cuidado. Quién le ha cantado en planta porque así crecía mejor, quien la ha arropado con su jersey de palabras, consciente de que nunca probará su sabor.

Pero mañana volveré a poner mi raída capa sobre sus hombros.

Briviesca

Parte de mi infancia la pasé en Briviesca, un pequeño pueblo de Burgos del que creo que ya os he hablado en alguna entrada anterior.

Recuerdo su centro como una amplia plaza castellana, de bancos de piedra y una pérgola en el medio, en la que unos querubines de piedra orinaban agua fresca y sobre la que los domingos una orquesta interpretaba partituras de Falla.


Recuerdo su cine, en el que aprendí a vivir otras vidas, a evadirme durante dos horas aproximadamente en los vuelos de Tobi, aquel niño rubio al que le crecían alas, las garras de king kong, o la candidez de oliver twist.

Recuerdo su ayuntamiento, en el que un día ondeó a media asta la bandera española por la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente, que sería natural de la zona, y recuerdo sus fiestas, las de san Roque, en el mes de agosto, con unos cabezudos a los que temía y un toro de fuego que me causaba verdadero pánico.

No tenía más de 8 años cuando nos fuimos de allí, pero recuerdo perfectamente el camino al colegio, interminable, andando desde casa, soñando con como sería mi vida de mayor, creyendo que siempre estaría allí.


Con mis pequeñas piernas aquel camino se hacía eterno y llegaba a clase exhausto, más de pensar en el futuro que de cansancio físico, pues los niños no se cansan, solo se agotan para dormir mejor.

Repetí aquel camino infinito durante dos años cada día, excepto en vacaciones y los días que nevaba. Sólo alguna enfermedad aislada y el golpe de estado de 1981 lo interrumpieron.

Volví a briviesca hace 3 años, 25 años después aproximadamente. Quise rehacer aquel camino, pero no fue el mismo. Mis pasos habían crecido desmesuradamente y el trayecto se había reducido en la misma proporción. Apenas me dio tiempo a soñar como lo hacía entonces.

Mi antigua casa se había convertido en un lúgubre portal sin vida y mi viejo colegio se desconchaba en tristes jirones grises sobre un amarillo apagado.

Me decepcionó la visita. Sobre todo por la medida en que aquel camino se había casi extinguido.

Posiblemente dentro de 25 años el amor que ahora siento haya menguado en la misma medida que aquel día lo hizo el camino de mi vieja casa a mi ajado colegio, pero hoy sigo soñando, que este trayecto que sigo cada día, para acercarme a ella, es interminable y lo recorrere toda la vida.

El efecto dominó

Si ayer hablaba de las serendipias literarias hoy tengo que hablar de su efecto dominó.

El efecto dominó o de bola de nieve es aquel que, a causa de un primer movimiento desencadena en una serie de consecuencias similares que, en ocasiones, y espero que esta sea una de ellas, se vuelve prácticamente infinito hasta que todos sus elementos se han movilizado.

Ayer mostraba mi alegría por la reaparición en mi vida de alguien que me acompañó durante 9 meses en mi servicio militar y se convirtió en un hermano de aventuras, con quien viví momentos muy especiales que, aunque hoy me haya tenido que ayudar a recordar, jamás olvidaré.

El reencuentro con Juanmi no fue sin embargo el movimiento inicial de este efecto dominó.

Previamente, hace unos días, recibí un correo de otro compañero de batallas, Galán Cordero, que fue quien inició esta cadena de sucesos que hoy ha visto mover un tercer engranaje.

Fue Galán, otra de esas personas excepcionales que la vida pone en tu camino, quien despertó en mi el interés por recuperar mi pasado, no tan lejano, en tierras Ceutíes.

Fue él quien me animó, aún sin saberlo, a iniciar esa serie de relatos, los cuentos de África, que han despertado en mi la nostalgia de un tiempo que, sin quererlo, marcó en mí la forma de ver las cosas.

Un antes y un después, un punto de inflexión vital que, creo, me convirtió en la persona que hoy soy, dejando atrás a un desconocido, al que a veces repudio, por no haber sabido comprender a tiempo los verdaderos valores de la vida, la familia, la amistad y el compromiso.

No voy a hacer alabanza gratuita de un servicio militar que sigo pensando robaba la juventud a muchos jóvenes privándoles de su libertad por nada a cambio.

Sin embargo, para mí, dada la situación en que me encontraba cuando me fui a Ceuta, descrita ya en el cuento de la Bella Fatiha, se convirtió en ese resorte necesario para despertar de la hipnosis de los cánticos de sirena y volver a una vida que nunca debí haber abandonado.

Hoy se ha movido la tercera pieza del dominó, la cuarta contando conmigo. Jose Luis Romero, «el catalán», ha vuelto a aparecer en mi vida gracias a Soltero. Romero pertenecía a un reemplazo anterior y el tiempo junto a él fue menor que con Juanmi, pero no así las aventuras vividas ni los sueños compartidos.


A la izquierda J.L. Romero a la derecha J.M. Soltero y en el centro Nuño de la Rosa

Son muchas las vivencias que compartimos en aquellas habitaciones, en aquel suelo africano que hoy recordamos con nostalgia. Muchas noches de chistes en la oscuridad, de fiesta por las calles de Ceuta, de jamón y aceitunas, de partidos en la play, de confidencias, de ilusiones…

Hoy me los encuentro casados, con su vida hecha. Uno es padre, el otro está a punto de serlo, y he vuelto a compartir sus ilusiones.

Espero que, a partir de ahora, por mucho tiempo.

Cuentos de África: La bella Fatiha VII

Despertaron cuando el sol se ocultaba tras el horizonte. Fatiha parecía recuperada y Mirenne también había recobrado las fuerzas que aquel militar argelino le había robado. Las huellas de sus compañeros de viaje apenas eran perceptibles, pero sabían que el único camino posible era seguir de frente, dejando aquella maravillosa puesta de sol a su izquierda.

Comenzaron a caminar. Abrigadas por la manta que horas antes les había servido para resguardarse del sol. Ahora lo hacía del frío. Sabían que iban por el lugar correcto porque de vez en cuando encontraban un pequeño rastro que el viento no había tapado del renqueante deambular de sus compañeros. Se habían perdido en el horizonte y dudaban si los volverían a ver, pero confiaban en compensar las horas perdidas caminando de noche.

A lo lejos, y en medio del rastro de huellas vieron una manta de color rojizo que pronto identificaron como la de uno de sus acompañantes. Pensaron, que como ellas, se había separado del grupo para descansar. Al pasar por su lado comprobaron que no había nadie bajo ella, si no un pequeño recipiente con sus dosis diarias de agua. Agradecidas recogieron el agua y la manta para devolvérsela a su dueño si volvían a verse.

Caminaron toda la noche y justo cuando el sol volvía a aparecer por el Este divisaron al grupo acampado. Habían parado en el único espacio con restos de vegetación que habían encontrado en el camino. No era un oasis pero las plantas luchaban por sobrevivir en aquella tierra ingrata.

Entre los viajeros buscaron al propietario de la manta roja que se resguardaba del frío acurrucado entre dos compañeros. Echaron sobre su fatigado cuerpo la manta y le dejaron dormir. El viaje era largo y ya habría tiempo para agradecerle el gesto.

Prepararon te y esperaron a que el resto de compañeros se fueran despertando con el olor de las hierbas hirviendo en el improvisado fuego que habían encendido.

Intentaron seguir el camino con sus compañeros, pero el largo viaje nocturno empezaba a pasar factura, por lo que decidieron seguir viajando de noche y esperar en aquel marchito vergel la puesta del sol. Ya los volverían a alcanzar.

Cuentos de África: La bella Fatiha VI

Los dos primeros meses en Ceuta transcurrieron como un juego de aventura trasladado a la realidad. Cada mañana nos vestíamos nuestros uniformes para convertirnos en los soldaditos de plomo en carne y hueso de un grupo de fanáticos que habían trasladado su impotencia y sus ficciones a un escenario natural, y que servían de directores de orquesta para una melodía trasnochada y sin sentido que se había ejecutado cientos de veces.

Nos preparamos para enfrentarnos a un enemigo imaginario e incluso aprendimos a hacer frente a una hipotética guerra nuclear, vestidos de patos para que nuestros posibles cadáveres lucieran más ridículos en caso de un ataque atómico.


Un día, mientras formábamos frente al gimnasio para matar el tiempo y regocijo de nuestros superiores en mando, que disfrutaban viendo sus muñecos ordenados en filas, perfectamente alineados, llegaron 2 individuos vestidos de paisano que pronunciaron mi nombre en alto y me hicieron salir de la formación.

En aquel momento no supe que pensar. Recapitulé cuántos recuerdos me quedaban de aquellos meses buscando una razón de indisciplina que pudiera motivar aquella inesperada visita, pero no la encontré.

Se identificaron como brigadas de la comandancia general, Unidad de Inteligencia, y dijeron que se encargaban de la prensa militar.

Enseguida supe a qué venían. Habían descubierto mi último artículo para diario Mérida, que lo había publicado también el diario el País días antes de mi incorporación a filas y querrían explicaciones. Se trataba de un artículo a favor de la insumisión.

Un mes antes de unirme a aquel juego maquiavélico, de niños vestidos de hombre y hombres vestidos de payasos, había recogido en la carretera de Plasencia a Cáceres a un autoestopista que se dirigía a casa de su hermano. Al día siguiente sería juzgado por insumisión. Cuándo me contó la historia me resultó interesante, así que paré en Cáceres a conocer de primera mano el caso.

El encausado me recibió en una pequeña vivienda en un bajo del casco antiguo cacereño. Nos sentamos a tomar café y poco a poco fue desgranando su vida. Tenía una niña pequeña, recién nacida, y su trabajo era el único sustento para la familia. Pero no era este el único motivo de su insumisión, sino su oposición rotunda a entrar en aquel juego de obligaciones sin sentido, que pretendían hipotecar 9 meses de su vida, empuñando un arma que detestaba, en defensa de un país que no reconocía.

Cuando llegué a Mérida escribí su historia, junto a una reflexión a favor de los derechos humanos, claramente vulnerados en situaciones como esta. No sé aún cómo aquel artículo llegó al País, pero días después lo publicaba en su edición nacional entre las páginas de opinión.

Estaba seguro, habían leído aquel artículo y ahora venían a pedir responsabilidades.

Cuentos de África – La bella Fatiha V

Ante sus ojos solo había arena. El único horizonte lo marcaban sus sueños y una fina línea, apenas perceptible, en la que el ocre se convertía en azul, en medio de una nebulosa difusa, producto del calor que empezaba a castigar sus cuerpos y sus pies descalzos. Aunque todos habían iniciado el viaje con rústicos calzados, que habían perdido su forma por el paso de los años en los campos de algodón, pronto decidieron que lo mejor era cargarlos en las mochilas, para otros terrenos más agradecidos, y sacrificar sus pies a la ardiente arena del desierto, pues cada escasos metros se llenaban de arena dificultando el camino.

Los viajeros caminaban separados, distanciándose unos de otros la distancia suficiente como para sentirse solos en aquel viaje, pero no demasiado para de vez en cuando buscar el arropo de sus compañeros de aventura.

Tan solo Fatiha y Mirenne continuaban unidas. Abrazadas pese al sofocante calor del desierto. Unidas para siempre en aquel éxodo.

De pronto Fatiha cayó al suelo. Agotada. Llevaba horas sin probar una gota de agua y sus piernas fallaron cayendo sobre la arena. Mirenne sacó rápidamente la pequeña cantimplora en la que llevaban la porción individual de agua que le correspondía cada día y le dio a beber un trago, breve pero suficiente para reanimarla. Mojó una manga y con ella empapó ligeramente el abultado y ardiente vientre de Fatiha, buscando refrescar a un bebé que antes de nacer ya había iniciado el viaje más duro imaginable. Con una manta cubrió a su compañera resguardándola del sol, se acurrucó junto a ella y, mientras el resto de viajeros se perdía en el horizonte, esperó a que llegara la noche para seguir el viaje.

Cuentos de África – La bella Fatiha IV


El miedo, la desconfianza, los nervios, la duda, la curiosidad… Todos estos sentimientos se fueron apoderando de nosotros según desembarcamos y empezamos a perder nuestros nombres para ser identificados como números, según empezamos a perder nuestro pasado y a desorientar nuestro futuro, para ser parte tan solo de un presente que desconocíamos, y se mostraba incierto ante nuestros ojos, indagadores los de la mayoría, llorosos, como los de un niño el primer día de clase, los de unos cuantos.
Un papel en mi mano decía que debía dirigirme a Regulares, al acuartelamiento González Tablas. Hacia allí nos llevaron en varios camiones mientras el temor iba venciendo al resto de emociones que nos habían invadido hasta el momento.


Todo sucedió muy deprisa. Apenas recuerdo cómo llegamos, cómo se nos repartió la ropa de cama, el uniforme y el resto de enseres que serían nuestra única propiedad a partir de entonces, y que debíamos defender como lo más preciado. Una taza de latón, un petate, dos uniformes completos, unos guantes, una gorra y unos listones verdes en los que escribir nuestro primer apellido. Aquel sería nuestro único identificativo desde ese momento. Atrás quedaban los estudios, los apellidos rimbonbantes, la experiencia, la edad o las clases sociales. Torpemente aprendimos a formar y empezamos a escuchar discursos manidos y desgastados, completamente anacrónicos, escapados de una película de Kubrick.

Comenzaba una carrera sin destino pero sin descanso, dos meses de un estúpido guión repetido miles de veces, que terminariamos creyéndonos e interpretando como malos actores de culebrón a los que se facilita un nuevo párrafo cada día.

Lo único cierto era la amistad que se iba forjando entre algunos de nosotros. Otro más de los tópicos, el único cierto, que rodeaba a aquella pantomima.

Cuentos de África – La bella Fatiha III

Intentaron dormir, pese al traqueteo de aquel viejo vehículo, con la cabeza hundida entre las piernas, buscando aislarse de la realidad que les rodeaba. Aquellos serían sus compañeros durante un largo viaje pero no eran necesarias las presentaciones. Todos coincidían en un sueño y ese era suficiente para sentirse unidos.

El vehículo se detuvo a 10 kilómetros de la frontera Argelina, dónde el conductor les indicó que no podía seguir, que la proximidad del amanecer hacía peligrosa la travesía y que debía volver a los campos de algodón antes de que se echara en falta su presencia.


Lentamente bajaron del automóvil y comenzaron a caminar, lentamente, como si los pies se aferrasen a aquella tierra que debían abandonar.

Uno de los viajeros sacó del bolsillo un papel arrugado en el que había dibujado el itinerario a seguir. Un militar argelino les dejaría cruzar la frontera previo pago de otros 20.000 francos por persona.

Fatiha se retrasó con la excusa de hacer sus necesidades. Extrajo de su ropa interior 40.000 francos que dividió en dos fajos. Al alcanzar de nuevo el grupo le dio a escondidas uno a Mirenne, para que nadie supiera quién de las dos llevaba el dinero y cuánto llevaban para aquella larga travesía.

Cuando alcanzaron la frontera uno a uno fueron satisfaciendo el pago estipulado, excepto Mirenne, que tuvo que añadir a su cuota 5 minutos de entrega a aquel militar que descargó su impotencia sobre el reseco rostro de la pobre viajera.

Una vez que Mirenne se reincorporó al grupo comenzaron a andar, sin preguntas, sin palabras, adentrándose en un desierto que sería escenario de sus desventuras durante 3 largos meses. Tan solo Fatiha tuvo un gesto para Mirenne. La estrechó entre sus brazos y así caminaron durante horas.

Continuará…