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El monte Santa Tecla – O monte Santa Tegra

Podría recorrermelo palmo a palmo y con los ojos cerrados sin perderme, pese a que hace 23 años que no lo pisaba. Ha cambiado bastante, se ha convertido en un lugar turístico, infestado de visitantes, e incluso cobran por subir. Al menos que digas que vienes a reencontrarte con tu infancia, como yo hice y me invitó el guarda. Pero aún así sus árboles siguen siendo los mismos, sus viejos caminos secretos, y aquellas raíces en las que nos sentamos a descansar, a contarnos secretos infantiles.
En cuanto comencé a subir su olor a eucalipto me devolvió a una tarde de San Juan, víspera de la hoguera. A la desenfrenada búsqueda de ramas secas, de hojas y de aquellos pequeños nudos de madera que explotaban al tirarlos al fuego, y que cuidadosamente escondíamos en aquel pelele con el que quemábamos nuestros malos augurios, nuestras pesadillas, las pocas que se pueden tener de niño.
Recordé aquellas prisas, por hacer la hoguera más grande, el muñeco más gordo y ruidoso, aquellas carreras por el monte, sin orientación, pero sin pérdida, desde la misma falda hasta el facho, desde la carretera hasta Camposancos, entre maleza y helechos, que casi han desaparecido, buscando también los platos que no se habían roto en la última tirada y que cambiabamos en el bar por un refresco, o una ración de caracoles, que oportunamente también nosotros habíamos recogido.
Recordé los partidos de futbol, y aquel R-4 que hacía sus veces de autobús, con 14 niños dentro, un entrenador y las equipaciones. Recordé los ascensos en bicicleta, y como al llegar arriba respiraba hondo, llenándome los pulmones de ese olor a eucalipto que ayer me devolvió a la infancia.
Recordé las fiestas del monte, y aquellas meriendas en el camino, rodeadas de nocilla e inocencia. Recordé parte de aquel poema, en gallego, que me hizo ganar un premio de poesía, nada más llegar…
E a Garda pobo bonito,
pero mais bonito e ainda
o seu monte Santa Tegra,
donde viveron os celtas
hay máis de mil anos….
No lo recuerdo entero, está guardado en algún album de fotos que conserva mi madre, algún día lo buscaré y lo colgaré entero. Yo guardo los recuerdos en la memoria, la olfativa como en este caso, ella sin embargo la tiene indexada en álbumes. Yo necesito volver a los sitios para traer los recuerdos, ella pasea por ellos de vez en cuando sentada en su sillón. Yo no tengo sillón, prefiero recostar mi cabeza en la luna, la del lugar al que quise ir, o al que fui sin querer. Son dos formas de vivir el pasado, de construir el futuro.

El viejo limonero

De niño, en este pequeño prado en medio del pueblo, reinaba un enorme limonero, vigilado constantemente por un huraño guardés, que no nos dejaba acercarnos.
Sin embargo, cuando el calor apretaba, o la rebeldía de la infancia afloraba, saltábamos en bandadas buscando el ácido fruto, más como recompensa a la osadía que como necesidad de refresco.

En un ataque estudiado, matemático y estratégico, cubriamos todos los flancos, sacrificando a veces unos azotes, para que otros recogiesen el triunfo, siempre en justa alternancia para que nadie recibiese más golpes que limones o viceversa.
Después, todos juntos, degustabamos el refrescante zumo, si alguna de nuestras madres nos perdonaba la fechoría y exprimía los recién conseguidos frutos, o mojábamos nuestros lábios en sus carnosos gajos, unos sentados, los vencedores, y otros de pie, los sacrificados de turno, cuyas posaderas escocían tanto como los limones pero con la misma dulzura del éxito.
Hoy el viejo limonero ha desaparecido. Tampoco juegan niños en el prado y no sé cuantos de aquellos que disfrutamos de sus frutos hemos regresado a verlo, sin encontrarlo. Pero en la memoria quedan aquellos momentos de éxito, de celebraciones y euforia por satisfacer sueños inmediatos. ¿Qué será de todos lo sueños a largo plazo que nos planteamos después, mientras bebiamos su zumo?