Archivo de la etiqueta: Cine

Venganza

«La venganza. 15 años de espera en un rostro gris, macilento, pero de mirada vivaz, penetrante. Pelo desordenado para un barbero. El mejor. El brillo del odio y la sed de venganza en 7 navajas de plata. Tonos grises salpicados del rojo mortal de la sangre en una cuenta atrás hasta la víctima definitiva…»

Subí las escaleras de la calle Fleet, como quien desciende de la mano de Virgilio hasta el infierno de Dante. Crucé cada uno de sus nueve círculos para contemplar, desde el interior de un baúl, las escenas más estremecedoras, el expresionismo de trazos rojizos sobre un lienzo gris de decadencia humana, de sombras de rencor, de penetrantes miradas que buscan venganza, de amargas melodías llenas de amor, odio y obsesión. Un mundo autófago. El hombre como lobo para el hombre de Hobbes. La metáfora del canibalismo que subyace en el éxito de la barbarie, justificada en el amor, en la pasión irredenta. Canciones que son llantos, llantos que son canciones. Gritos que rompen el silencio y silencios que acallan los gritos.

Seguí escondido en el baúl y vi amar con obsesión, me sonó. Vi la impaciencia de saciar la sed de revancha sobre una partitura de muerte y decrepitud. Vi sus consecuencias. Una caída en espiral hasta la muerte propia. Un dominó de piezas arbitrarias, blancas y negras, que caen sobre una mancha roja. Personas anónimas que nadie echa en falta. Un agujero en la sociedad que alimenta al resto, que les engorda.

La vi entrar. El tiempo hace olvidar la razón de la venganza y la convierte en tan solo odio. Se desvanece en la locura hasta confundir la realidad, dirigido por un amor obsesivo que se aprovecha de la aversión atroz.

Es sweeney Todd, una obra de arte.

El camino de los ingleses

Llega un momento en la vida en que comenzamos a andar sabiendo que el camino que recorremos es distinto a los ya andados. Llega un momento en que la lluvia que nos cae encima no es la misma que ha caído en otras ocasiones. Llega el momento en que echamos a correr, sabiendo que ya nada nos parará, que empezamos a ver pasar las cosas, e incluso quienes han estado a nuestro lado toda la vida van quedandose, ni atrás ni adelante sino en un plano diferente. Cada uno en su camino. Llega un momento en que iniciamos el camino de los ingleses. Aunque para algunos nazca asfaltado, y para otros empedrado y con fuertes rampas, para nadie es fácil.

Aprovechas un momento para hacer una fotografía mental. Quizás una cena de verano en el patio de tu casa del pueblo, que son las mejores. Quizás un baile bajo la lluvia de otoño, a grandes saltos, empapados hasta los huesos. Quizás una zambullida a oscuras en una piscina cerrada, con una caricia de complicidad en la espalda. Pero no son más que recuerdos. Poco a poco se van difuminando y por circunstancias de la vida tenemos que recurrir a ellos con añoranza, sabiendo que no van a volver, o que al menos no está de nuestra mano el que lo hagan.

Nos empeñamos en rememorar aquel verano, en ver en cada gota de lluvia el mismo reflejo. Pero no. Hemos empezado el camino, y, en trazos convergentes o divergentes empieza e enredar nuestras vidas para que nada vuelva a ser igual. Nos tumbamos en el cesped, recordamos aquellos momentos y aunque intentemos recrearlos nuestro interior nos dice que no es lo mismo, que todo ha cambiado.
En un esfuerzo ímprobo intentamos repetir las mismas condiciones. Pero nada es igual. No puede serlo.
Llega un momento en que maduramos de golpe. En que empezamos a ser conscientes de la importancia de la vida, del peso de nuestras decisiones. Por cabezonería nos empeñamos en negar algo, una evidencia, o perseguimos con fervor hasta obcecarnos un capricho, sin pensar en sus consecuencias. Y eso marca nuestro camino. Nos dejamos llevar por otros. O somos nosotros quienes queremos influir en los demás. Hacemos y nos hacen daño, y vemos como hay caminos que acaban de golpe, incluso el nuestro aunque luego no podamos contarlo.
No queremos aceptarlo. Pero el dinero asfalta los caminos más afortunados, y su carencia llena el nuestro de baches. Pero en las autovías de peaje se corre demasiado con el consiguiente riesgo y si te mueves con cuidado y tranquilidad entre las dificultades aprendes a disfrutar del paisaje.
A veces en nuestro camino aparece un gran bache, un socavón inundado de agua, en el que caemos. Parece que no vamos a salir de él pero cuando llegamos al fondo tomamos impulso, con los dos pies, y saltamos fuera, salpicando a los que en la orilla nos daban por muertos, sin molestarse siquiera en comprobarlo.
Me gustaría invitarte a recorrer conmigo el camino de los ingleses. Hay veces que se puede recorrer juntos, de la mano.
No sé que has visto tú en la película. Yo he visto eso. Grande Banderas.
(El tú es genérico y va dirigido a todos/as mis lectores)

Mi Diosa coronada

Por fin llegó la esperada versión cimenatográfica de «El amor en tiempos del cólera». La gran obra del maestro García Márquez se ve reflejada en la pantalla con las limitaciones que las dos horas de duracion le ofrecen al director para plasmar 53 años de una historia de amor y la densidad de una novela que rebosa sentimientos en cada una de sus líneas.

Sin florituras y con una estructura episódica, como a ráfagas, que le hace perder intensidad en ocasiones, la película se pasea por las escenas más destacadas de la novela de Gabo, dejando verdaderos retazos de arte en aquellas tomas, que, voz en off, recrean el texto literario de la obra.
Pese a las dificultades que entraña, el director es capaz de captar la esencia de la novela y transmitir el dolor y la pasión de más de 50 años de espera por un amor imposible y una fijación obsesiva.
Quizás la obra de arte de García Márquez merecía algo más, pero quien sea capaz que lo haga.