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Domingo


Un rayo perdido de sol en la mañana
que se filtra por no se qué agujero
en mi persiana,
me dice que es de día.

No quiero despertar y saber
que duermo sólo.
Quiero que vuelva la noche.
Volver al reino de los sueños.
Regresar a los brazos de Morfeo
y entregarme a ti.

¡Maldito sol, huye de mi vista! ¿no ves
que estoy enamorado de la luna
y de quien bajo su influjo me dijo adiós
con dos besos?

¡No!
Murió la luna de celos, al verte
pasear bajo su luz,
con tus ojos de mar, tu sonrisa
de azahar y tu cabello
de seda.

Se apagaron las estrellas a tu paso
al no poder competir con tu
belleza y se apagó Orión,
a la sombra de tus senos.

Se hizo la noche al verte,
porque así pude soñar,
que contigo,
tenía la luz.

No me despiertes, maldito sol.

Puede

Puede que algún día mis poemas no hablen de la luna.
Puede que omitan el sol, los pájaros, las flores,
la primavera o la hojarasca.

Puede que un día no hable de tu deliciosa voz,
de dormir en tu regazo, o naufragar en tu mirada.

Puede que olvide hablar de la tersura de tu piel,
del terciopelo que te cubre o de
tu sonrisa de nacar.

Puede que escriba un poema
sin que cante la oropéndola o sin el ulular
del viento, al pasar por mi ventana.

Quizás escriba un día versos
sin fuentes de agua fresca,
que me recuerdan tus ojos,
ni huellas que seguir
cuando te busco en la playa.

Escribiré versos sin aroma, sin el jazmín
de tus manos, sin el acento del olivo
de tu sierra de Gata.

Ese día escribiré un poema
que se limite a pasar
mis dedos por tu piel y te convierta
en palabra.

No harán falta comparaciones, sobrarán las metáforas.
Tan solo escribiré un poema
con tu olor, con tus ojos, con tu boca,
con mi amor,
sin figuras literarias.

Conxuro

El son de las muiñeiras me condujo por caminos de mi infancia. Lembranzas de puericia entre “pandereiras” y “tamboraidas” que me sumen en un sueño de niñez.

Perseguido siempre por “meigas nas que non creio”, pero que cada vez que se cruzan en mi camino, o yo en el suyo por tierras del Sil, tañen sus pieles curtidas en un bucólico cántico, que me traslada a esas calles de A Guarda en que conservo mi inocencia.

Suelo llevarles mis sueños, mis ilusiones y deseos, con la esperanza de que en un hechizo devengan realidad. Ayer llevé tu recuerdo. En un “caldeiro” de barro con olor a brasa de eucalipto, a mijo y miel conjuraron tu nombre.

Mezclaron ojos de gato negro, uñas de duende y la flor de un recóndito rincón de los bosques das fadas, junto a la sangre de un chivo joven. Lo movieron de derecha a izquierda con una cuchara de madera de haya que se cría en Fisterra.

La “meiga mais vella” me miró a los ojos y me preguntó. ¿Tanto la quieres para recurrir al averno solo por besarla?

Respondí afirmativamente.

“Vengo del propio infierno, que es mi vida sin ella.”

Ya no hay playas en las que naufragar


Ya no siento la arena
de las playas en mis pies
y esta caracola
no devuelve tu eco.

El mar es olor a petroleo
de recuerdos encallados,
y quema sin justicia el sol
mis ojos ciegos.

La sal se hace amarga
con la lluvia de mis párpados,
y el horizonte no contiene
el barco de papel
de tu sonrisa.

Ya no es verde
el reflejo de tu cielo
ni acarician tu espalda las olas
de mis dedos.

Ya no hay nombres
escritos en la orilla
ni castillos en que ondee
tu bandera.

Ya no navegan
tus labios en los mios
ni tu calor
broncea mis sueños.

Y los reyes vinieron en Agosto…

Este año los reyes tenían prisa. Preveían el frío que iba a hacer estas navidades y se acercaron en agosto. Trajeron una sonrisa y unos ojos grandes y expresivos. Trajeron ilusión y cariño en grandes cajas, que apenas podían sostener los camellos, y un motivo para ser feliz. Este año no seguían una estrella, si no a la luna, que reflejada en dos enormes ojos cantaba una nana. Este año cruzaré los dedos, para que vuelvan a ser tan generosos.

Las doce y media

Dame tu piel.
Mezcla cada gota de sudor con el mío,
para volver salados nuestros besos
al recorrer los cuerpos.

Anuda el reloj de tu vida
a mi cadera, hasta que marque
en mi espalda las doce y media.

Abrazame hasta atravesar
mi corazón con un seno.
Y bésame salvaje,
con tu mirada clavada en mi almohada.

Arrópame con tu lengua,
mientras el calor que desprende
mi vida desemboca,
impetuoso,
en un estremecimiento
de tu felicidad.

La magia de la vida

Le oí llorar. Era un llanto lleno de vida, reivindicando su lugar en las nuestras. Fue el primer contacto con Alejandro. En la distancia, tan solo ese llanto enérgico que humedeció mis párpados inmediatamente. Mi sobrino acababa de nacer.

Luego pudimos verlo a través de la beteada persiana de neonatos. Ligeramente arrugadito, con los pies aún amoratados por la diferencia térmica. Se empeñaba en buscar sustento, seguramente a su exhausta madre que le esperaba en la habitación. Se movía con esa danza minúscula que sólo los bebés saben ejecutar. Con esa parsimonia que se convierte en un baile hipnótico para quien lo mira.

Abrió ligeramente los ojos, despertando una exclamación unísona entre la expectante familia que miraba tras el cristal. Todos le acunamos en nuestra sonrisa, dibujando para él el nido más placentero entre nuestros labios.

Se irguió, con una fuerza que a todos nos pareció sobrenatural, y pareció dedicarnos su primera mueca de afecto.

Luego pude tocarle. Un segundo, al cruzar el pasillo en busca de su madre. Es suave, tan tierno que las yemas de mis dedos aún guardan su delicadeza. El aterciopelado tacto de un moflete que instintivamente dibujé con mis manos.

Lo he tenido en mis brazos. También un segundo, pero lo suficiente para saber que en mi regazo estará para siempre el calor que necesite.

La vida es magia. Descubrirla de repente, hechizante.

Versos

Tengo versos que aún
huelen a otros cuerpos,
que mantienen otros nombres
y acarician otros senos.

Versos que gastaron mil te quieros,
que canté bajo la luna o escribí,
con tiza en una pared o
con carmín en la servilleta de algún bar.

Versos que portaban mis deseos,
que mostraban mi pasión
y desfogaban mi sexo en
campos yermos,
que ya olvidé.

Otros guardan desamor,
ira, rencor,
llantos que creí eternos,
rabia, dolor,
sentimientos que se fueron
desvaneciendo.

No son más que palabras que hoy
me traen hasta tus manos.
Que hoy me hacen ansiar tus labios.
Que hoy, me piden beber
tus ojos.

Son palabras que hablan de tí
y olvidan su pasado,
pero también su futuro,
si no es contigo.