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Invisible – Parte 3

Salió a la calle. El ascensor volvió a recordarle su invisibilidad en un clima claustrofóbico, casi asfixiante, encerrado entre cuatro paredes, tres de ellas de espejo, que se reflejaban unas a otras asaetando su cuerpo.

En cuanto salió del portal corrió a saludar al primer viandante sin obtener respuesta. Corrió de nuevo hacia el segundo con el mismo resultado y así uno tras otro cada uno de los convecinos que cruzaban la calle. Probó a empujarlos, a golpearlos e incluso a tirarles de las orejas, sin que ninguno pareciera inmutarse. Todo su cuerpo parecía desvanecerse al entrar en contacto con cualquier otro.


Asustado se sentó en el bordillo, víctima de una crisis de ansiedad, e intentó calmarse y buscar beneficios a su nueva situación. Un nombre de chica, la misma referencia griega que había escrito en el espejo minutos antes, atravesó su mente y corrió hacia su portal. Toco el timbre, una y otra vez, sin que nadie contestara. Supuso que tampoco sonaría. Esperó a que algún vecino abriera la puerta y aprovechó para entrar. Subió las escaleras de dos en dos y golpeó violentamente la puerta. Nadie la abrió. Esperó sentado en el descansillo.

No habían pasado 10 minutos cuando se abrió la puerta. La chica salió mirando al suelo. Pasó prácticamente por encima suya y continuó su marcha. Intentó llamarla, pero pronto desistió recordando su nueva realidad. Confuso, intentando organizar sus pensamientos, cayó dormido. Un tímido olor a vainilla le despertó. Ella volvía a casa visiblemente nerviosa. Aprovechó cuando abrió la puerta y entró con ella.

Se sentó en el mismo sillón en el que el día antes habían estado viendo la televisión juntos. Ella sin embargo caminaba nerviosa de un lado a otro mirando el móvil esperando una llamada, una respuesta. Entró en el baño para ducharse. Él consideró que era el momento que había esperado durante los últimos 2 años. Poder ver aquel maravilloso cuerpo desnudo. Poder acariciarlo con suavidad sin ser reprendido. Depositar lentamente cada beso que había guardado durante meses quemándole en los labios. Pero no pudo. Un ataque de vergüenza y pudor le hundió en el sofá.

Ella salió semidesnuda. Cubierta tan solo por una minúscula toalla que dibujaba insinuante su cuerpo. Él recordó cada segundo con ella, cada verso que le había dedicado, cada mirada en la que se había sumergido, cada te quiero que no había obtenido respuesta y lloró desconsoladamente.

Volvió a mirar el móvil nerviosa. Buscó en la agenda un teléfono y lo marcó 3, 4, 5 veces. Envió un mensaje rápido que tuvo que escribir varias veces porque el temblor de sus dedos le impedía hacerlo con precisión, y siguió recorriendo la casa en pasos rápidos, imprecisos.

Así pasaron tres días. Él no se atrevía a salir de casa. Prefería seguir sentado en aquel sofá contemplando a su musa, que poco a poco fue espaciando sus visitas. Siempre llegaba nerviosa, consultaba insistentemente su teléfono y tras una ducha rápida volvía a salir de casa. Apenas si durmió 3 ó 4 horas en ese periodo. Él seguía apostado en el sofá, observando cada movimiento con la atención de quien ve una y otra vez su película favorita.

Al cuarto día llegó llorando. Sus ojos mostraban los efectos de varias noches sin dormir y en sus cuencas amoratadas se refugiaban las lágrimas más bellas que jamás hubiera visto.

Abrió un cajón del que que sacó una fotografía de los dos, un vídeo que le había regalado el día de San Valentín y un pequeño cuento dedicado. Pronunció lentamente su nombre y sus labios deletrearon un casi impercetible «Te quiero»

De pronto una figura fue tomando forma en el sofá. Estupefacta se quedó mirando fijamente, con esa mirada hipnótica que le caracterizaba. No podía dar crédito a sus ojos. Allí, en el mismo sofá dónde días antes veían la televisión acababa de aparecer por arte de magia el motivo de sus lágrimas. Corrió hacia él. Lo estrechó entre sus brazos y le preguntó «¿Dónde has estado amigo mío?»

Y tal y como había aparecido se volvió a desvanecer.

Invisible – Parte 2

Acercó su mano al cristal sin obtener respuesta visual. Allí permanecía estática aquella fotografía que parecía sacada de un catálogo de baños. Sin embargo sus huellas quedaron impresas en el tibio vaho de aquel espejo. Sacudió la cabeza extrañado y sensiblemente contrariado y en un ataque de autoafirmación escribió su nombre. Apareció como una marca de agua en la imagen, sin que en ningún instante apareciera algún vestigio de piel en la silueta.

Acercó su rostro al imperturbable espejo y vio cómo el círculo de su aliento enturbiaba la imagen, que seguía reflejando, ahora de forma borrosa, la pared que quedaba a su espalda.

Instintivamente dibujó un corazón y a su lado un nombre de mujer que rápidamente borró con la mano, dejando un borrón en medio del cristal.

Fue rápidamente al vestidor y cogió la ropa que había dejado sobre la silla la noche anterior. Le pareció paradójico pensar en vestirse siendo invisible. Siempre había supuesto en que si un día sucediera esto caminaría desnudo por las calles. Se vistió automáticamente, giró para verse de nuevo en el espejo, esta vez del vestidor, y comprobó que también la ropa había desaparecido.

Jugó durante minutos a quitarse y ponerse prendas, descubriendo que pese a llevarlas encima el espejo seguía reflejándolas encima de la silla. Lo mismo sucedía con cada objeto que pudiera tocar. Probó a levantar cuanto le rodeaba para comprobar si flotaba en el aire, viendo estupefacto cómo cualquier interactividad con su entorno parecía inalterada. Cualquier objeto que movía aparecia intacto en su lugar inicial, como si nada hubiera sucedido. Era como si existiesen dos objetos, dos prendas o dos realidades. Una en sus manos, y otra en el espejo.

Invisible – Parte 1

Se levantó como cada mañana en la completa oscuridad de una habitación en la que pertinentemente había cerrado herméticamente cada persiana la noche antes, para que no le molestara ni un resquicio de sol al amanecer. Como guíado por raíles recorrió los escasos 10 metros que le separaban del cuarto de baño. Automáticamente encendió la luz sin que sus fotones atravesasen la cortina de legañas que apelmazaban sus ojos y encaró el lavabo, abriendo el grifo del agua fría con el mismo movimiento sistemático y ciego que le había conducido hasta allí.

Enjuagó su cara y cuando los primeros rayos de luz blanca atravesaban sus párpados miró al frente, esperando ver la misma cara melancólica y ojerosa que cada mañana le daba los buenos días. El espejo reflejaba la azulada celosía de la pared, sobre la que descansaba una toalla, otrora blanca, que pendía milagrosamente de un aplique descuadrado.


En principio no se dio cuenta de que algo faltaba en aquel marco reflectante engalanado con chorretones de jabón, gel de afeitar y pasta de dientes, hasta que intentó comprobar su apurado, confiado en aguantar un día más sin usar la herrumbrosa hojilla a la que tan buen rendimiento estaba sacando.

Se acercó al espejo para cerciorarse y comprobó que efectivamente su rostro no estaba. Podía ver perfectamente los azulejos de su espalda pero era incapaz de encontrar su propio reflejo. Pensó que seguía soñando e hizo un esfuerzo intentando despertar de nuevo en su cama. Pero no. Allí seguía, mirando fijamente aquel cristal que mostraba un bodegón inerte de toallas sucias y gres.

No soy un príncipe azul

Llegé y estabas dormida. Tu cuerpo, desnudo, dibujado sobre la cama por una fina sábana verde que perfilaba artísticamente tu contorno, con la habilidad de un delineante.

Me acerqué a tus labios, sonrosados, lígeramente secos y agrietados, pero que conservaban ese frescor apetecible de las frutas en verano. Tímidamente los besé. Un beso puro casi casto, como el de una madre que se acerca a su hijo para comprobar si tiene fiebre. Ni siquiera te inmutaste. Tus ojos seguían cerrados, esperando quizás más ardor en mis ósculos. Volví a besarte, esta vez con mayor entrega. Fui depositando en tus labios pequeños besos al principio, suaves mordisquitos después hasta que con denostada lujuria aprisioné entre mis dientes superiores y mi labio inferior el tuyo. Tampoco reaccionaste.

Con mi dedo pulgar presioné ligeramente tu mentón, para abrir un resquicio en tu boca por el que introduje mi lengua, buscando, ávida, la tuya. Balanceé ligeramente mi cabeza hacia la derecha y nuestras lenguas se juntaron, en un juego del que no quisiste participar. Mis labios se fueron separando de los tuyos en tímidas despedidas, en pequeños y cadenciales besos que dejaban en el vacío el eco de nuestras bocas semiabiertas.

Sé que no soy un príncipe azul, pero tu apatía comenzaba a desquiciarme. Lejos de abandonar intenté dedicarte toda mi pasión. Suavemente monté a orcajadas sobre tu cuerpo y acerqué mi cabeza a la tuya. Aparté tu cabello y apreté el lóbulo de tu oreja derecha entre mis labios, luego entre mis dientes, humedeciéndolo ligeramente. Fui paseando mi lengua por detrás de tu oreja y dibujando con ella el curso de tu trapecio, descendiendo suavemente hasta tus senos. Me entretuve a jugar con uno de tus pezones, erguido, duro. Se mostraba desafiante al filo de mi lengua en una encarnizada lucha de esgrima. Busqué el otro pezón, para evitar que sintiera envidia, y repetí el combate, esta vez con más fragor.

Junté ambos senos con mis manos, con una ligera presión, y continué el juego alternando a derecha e izquierda. Pero tampoco pareció excitarte.

Mi sexo sin embargo si mostraba una clara excitación por lo que decidí deslizarme suavemente hacia abajo, arrastrando a la vez la sábana, para evitar que se encontrara aún con el tuyo.

Mi lengua continuó su trayectoria descendente, dibujando ahora la hipotenusa de tu abdomen, esa que con esfuerzo y muchas horas de gimnasio habías conseguido diseñar para que se escondiese, insinuante, bajo tus pantalones, que ahora no llevabas.

Con parsimonia fue buscando tu sexo, dibujando caracolas entre tu vello. Mis labios besaron los tuyos, una vez, otra, con una cadencia cada vez menor hasta que mi lengua se entretuvo a separar sus pliegues, con delicadeza, con la misma suavidad con que había besado tu boca. Tras varios minutos continuó su camino descendente, perfilando ahora la parte inferior de tus muslos.

Sé que no soy un príncipe azul, pero te había dispensado uno de mis más habilidosos juegos eróticos y tu te mantenías inerte. Rehice el camino a la inversa, tus muslos, tu sexo, tu abdomen, tus senos, tu trapecio, tu lóbulo, tu boca, ahora con mayor frenesí. Introduje mi sexo en el tuyo y te hice el amor, una, dos, tres, hasta cuatro veces, sin obtener tu respuesta.

Sé que no soy un príncipe azul. Pero tú tampoco eres la bella durmiente, y este trabajo en el tanatorio me está volviendo loco.

Una mala noche la tiene cualquiera

Me desperté con sueño. Los ojos se me pegaban legañosos y un fuerte dolor de cabeza, que empezaba en la zona occipital y se centraba como un pinchazo en el vértice del frontal, casi en su confluencia con el hueso nasal, me hacía presagiar que no había sido una buena noche.

Apenas recordaba nada, confuso intentaba ordenar ideas, pero el tremendo dolor de cabeza, que me latía como si fuera a estallar, me impedía razonar con cordura.

Intenté abrir un ojo. Los párpados prácticamente se habían soldado uno al otro dejándome apenas un resquicio para ver la hora en el despertador. Me observaba atónito desde el suelo, víctima seguro de un ataque de histeria. Marcaba las 14,27 y un parpadeo rojizo me amenazaba con hacer sonar de nuevo la alarma, que automáticamente había ido retrasando desde su primer alarido a las 9 de la mañana. Con un enorme esfuerzo conseguí desenchufarlo y sus números se desvanecieron, dejando en mi retina el brillo de sus cuatro dígitos, 14:28.

Un escalofrío me recordó que estaba completamente desnudo. Palpando con los pies localicé mi pijama arremolinado junto a las sábanas al final de la cama. Intenté girar sobre mi costado derecho y sentí que un frío cuerpo extraño me lo impedía.

No quise mirar. Volví a retroceder a aquella noche para explicar aquella presencia en mi cama. Pero no lo recordaba. Otra vez el dolor de cabeza se interponía entre mi consciencia y mis recuerdos. Vagamente recordé cómo había ido a la desesperada. Como poco a poco había ido reduciendo las exigencias, pero era incapaz de recordar su nombre, ni siquiera su aspecto.

Me arrastré hacia mi izquierda tímidamente. Dejando un hueco entre los dos que me permitiera poder observar con perspectiva.

Un frío sudor me impedía girarme y comprobar la realidad. No podía equivocarme de nuevo. Eran ya demasiados errores. Demasiadas burlas después por parte de mis conocidos. Esta vez lo callaría. Mantendría aquella noche en el más estricto secreto.

Poco a poco me fui girando a medida que abría los ojos y de nuevo se cumplieron mis peores presagios.

Abierto, por la última página, yacía sobre mi cama el último bestseller que había entrado en mi biblioteca.

No puede

Le ha costado… empecé intentándolo por arriba, creyendo que por abajo iba a ser muy difícil, que era muy grande para ella y se iba a resentir. Pero nada, no había manera. Por mucho que intenté convencerla. Incluso cuando lo tenía ya en la boca, lo rechazó, y sin darme cuenta lo cogió por debajo sorprendiéndome con una perfecta ejecución, pero no es lo que buscaba.

Volví a intentarlo por arriba. Ya era cuestión de orgullo. Es imposible que a estas alturas se me resista… Incluso hablaba con ella, “pero si es por tu bien”, le decía, “que por abajo no te va a entrar”, “¿has visto lo grande y gordo que es?”

Pero nada, no había forma. Claro que por arriba nunca había metido nada y tampoco yo sabía muy bien como hacerlo. Le abrí la boca hasta atrás, ajustando los lados para que no se atascase, lo puse sobre la lengua, fría y dura curiosamente, y cuando empezó a calentar… pareció atascarse, y tuve que empezar de nuevo.

Viendo que era imposible, que se echaba la noche y que por lo menos quería hacer 8 antes de dormir la hice caso, y empecé por abajo. Al principio parecía no entrar. Ya lo había dicho. Era más grande y gordo que cualquier otro que hubiese usado nunca. Esa misma tarde había hecho unos cuantos, me dijo, pero de un tamaño estándar, esto era otra cosa.

El primero entró con dificultades, llegué a preocuparme por los ruiditos que despedía, pero parecía que lo estaba aceptando con resignación. El segundo le costó más, incluso se cerró en banda y dijo que no había manera, pero al final lo hizo.

Por fin encontré la postura, sólo había que cambiar la orientación, y a partir de ahí los 8 sin problema alguno.

Por fin tengo los 8 diplomas impresos sobre la impresora, tengo que aprender a usar la bandeja superior porque si no me la voy a cargar con estos impresos tan grandes y duros.

(Recuperado de la vieja caverna para incluirlo en esta saga de cuentos absurdos que inicié ayer)

Como pudo

Vivía en su cabeza. Para mí desde que nací. Me había acostumbrado tanto que ya era como mi hogar. Sabía desde el principio que no podía ser definitivo, que algún día debería salir de allí, pero no me iba.

Estaba eternamente en su cabeza. Llegué a pensar en que debía huir, entrar, por qué no, en otras cabezas, probar otras experiencias. Yo quería salir, pero no me dejaba, me retenía día tras día en su cabeza.

Pensé si se habría obsesionado, si quizás me hubiese obsesionado yo. Necesitaba huir, lo pedía a gritos, pero no, era incapaz de salir de su cabeza. Me retenía contra mi voluntad. Hice méritos para que me sacase definitivamente, me rebelé, me crispé, y hasta me uní a otros para montar una revuelta. Algún día debería mirarse al espejo y saber que debía sacarme de su cabeza.

Pero no lo hacía. Allí me mantenía, intentaba domarme a su antojo. Se creía mi dueño y señor. Me dirigía, me guíaba, me vigilaba constantemente, antes de dormir, al despertarse… Me tocaba hasta que sus manos llegaron a darme asco. Presumía de mí ante sus amigos. Era su posesión y yo no podía gritar, decir que me quería ir, que quería escaparme… estaba en su cabeza.

Pero un día decidió abandonarme. Un día decidió cortar tajantemente conmigo. Sin ninguna explicación, sin que le temblara la mano. Sentí indefensión, incomprensión… ¿por qué de repente me sacaba de su cabeza? ¿Por qué ahora y no antes? ¿Qué había hecho?

Incomprensiblemente intenté aferrarme a él. Me deslicé por sus mejillas buscando una lágrima, me aferré a su cuello, buscando el calor de un beso, intenté dormir en su espalda… pero no miró atrás. Definitivamente había decidido sacarme de su cabeza.

Me fui, en un torrente de agua, no sé si de lágrimas y nunca más entré en su cabeza.

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(Historia de un pelo)

Fuego purificador

No sabía realmente por qué había empezado por aquella factura. En un cenicero ardía una hoja, la número 13, de una amplia factura telefónica en la que obsesivamente se repetía una y otra vez el mismo número de teléfono. Una relación de 58 llamadas y 142 mensajes se iban consumiendo por las llamas, reduciéndose poco a poco en una fina capa primero azul, luego gris y finalmente negra, hasta desaparecer.

Miró el fondo del cenicero dónde acababa de arder aquella factura y pensó que se le quedaría pequeño. Fue a la cocina, cogió una ensaladera blanca de porcelana, dónde tantas veces había preparado su especialidad culinaria, y la llevó hasta el comedor, poniéndola en el centro de la mesa. Cogió el cenicero, aún caliente, lo que le produjo una leve quemazón en la yema de los dedos, y lo colocó dentro de la ensaladera.

Ya dentro quemó el resto de la factura, 22 páginas monopolizadas por la misma secuencia numérica. Abrió un cajón y sacó varios recuerdos que poco a poco fue introduciendo en la pira purificadora. Varias entradas de cine, alguna carta y tres o cuatro fotos impresas en folios que en su día había decidido rescatar del disco duro y darles vida sobre el papel. No solía hacerlo.

Ver arder las fotografías le dio una idea. Fue hasta el ordenador. Entró en la carpeta «mis documentos» y cortó cada archivo y cada fotografía para pegarlos en su pen-usb, el que tantas veces había portado documentos compartidos entre ambos.

Cuando no quedaban vestigios de ella en el ordenador, y hubo vaciado la papelera de reciclaje, cogió el dispositivo de almacenamiento electrónico y lo llevó a la pequeña hoguera, que tuvo que alimentar antes con varios libros para que se reavivara. Vio arder a García Márquez, a Carlos Ruiz Zafón y a Ken Follet antes de introducir el artefacto plástico entre las llamas. Contempló como se retorcía, se arrugaba y se convertía en una bola negra en la que solo se podía distinguir la pieza metálica que se conecta al ordenador.

Un humo gris ácido, penetrante y molesto, que empezaba a levantarle dolor de cabeza le recomendó continuar en la terraza. Cogió las manoplas del horno, levantó la ensaladera y la llevó hasta allí en una pequeña procesión que le recordó la ofrenda de las ancestrales vírgenes vestales. Se quitó las manoplas, pensó cuántas veces le habían ayudado a sacar del horno cenas para dos, y las arrojó a la hoguera.

Poco a poco fue acumulando objetos que ardían ya incluso fuera de la ensaladera. Varias películas en dvd, dos botellas de vino que a punto estuvieron de apagar el fuego, algunos cubiertos que apenas ardieron y algunas prendas pequeñas que lo hicieron con rapidez.

Sonó el timbre. Un agente de policía le señaló que los vecinos habían llamado alarmados por las llamas. Le dijo que había tenido un pequeño incidente con la lavadora, pero que ya estaba solucionado. El agente se marchó poco convencido y él decidió continuar fuera de casa.

Miró la terraza y aunque la ensaladera continuaba intacta, sólo parte de la pintura se había levantado en pequeñas ampollas, consideró que ya no le sería necesaria. La estrelló contra el suelo y metió los trozos en una bolsa de basura. Poco a poco fue llenando varios sacos higiénicos con distintos objetos, algunos vasos, unas sábanas, más libros, más películas de vídeo, e incluso el reproductor de DVD.

Fue bajando al coche las distintas bolsas que había ido llenando. Dio un primer viaje hasta un pequeño paraje en el campo donde habían pasado su primera noche juntos y las amontonó en el lugar exacto dónde aquel día había abrazado su cuerpo desnudo por primera vez.

Volvió a casa. Desmontó la cama y cargó en el coche el colchón y las distintas piezas que la componían. Arrastró hasta la calle el sillón, dos sillas y una mesa, que tuvo que despedazar para que cogieran en el vehículo.

Tuvo que dar 5 viajes hasta que en aquel montón reunió todos los objetos que aún le unían a sus recuerdos; algunos enseres de cocina, un frasco de crema, varias bolsas de chucherías, los relatos que le había dedicado e incluso las ventanas en las que tantas veces había apoyado su cabeza esperándola.

Al final decidió arrojar en la montonera el ordenador. Había limpiado cualquier resto de su disco duro pero seguían quedando en su teclado las huellas que le habían dedicado mil poesías y en su pantalla el reflejo de sus letras.

Arrancó incluso la taza del vater, el lavabo y las baldosas por las que había paseado descalza, y los amontonó todos en aquella montaña de vestigios de tiempos mejores. Estrelló su coche contra ella. Meticulosamente abrió un cortafuegos alrededor. Prendió fuego por distintos lugares y se sentó a observar el espectáculo desde una distancia prudencial.

Empezó a quitarse los zapatos y los arrojó contra la pira. Fue desnudándose prenda a prenda lanzándolas con rabia contra la hoguera. Siguió observando sin inmutarse cuando el coché produjo una gran explosión que no le alcanzó. A sus espaldas empezaban a sonar sirenas de bomberos y policías.

Se levantó con calma y se fue acercando a la hoguera, el calor se convirtió en insoportable, pero siguió aproximándose. Dio unos cuantos pasos más, avanzando lentamente hasta introducirse en aquel gran sacrificio de recuerdos con el que se fundió y desapareció.

Cuando llegaron los bomberos el fuego prácticamente se había extinguido. No pudieron identificarlo. Meses después, cuando alguien, no se sabe quién ni por qué, le echó en falta, pensaron que pudiera ser él.