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Cuentos de África – La bella Fatiha XIV (y último)

Llegamos a nuestro puesto de frontera en la mañana del día de reyes. Nos repartieron por nuestros destinos correspondientes y a Soltero y a mí nos tocó el turno de comunicaciones. Nuestra misión era relevarnos en el puesto de radio para recibir las indicaciones de los puestos de vigía. Cualquier incidencia, cualquier intento de asalto a la frontera o cualquier movimiento pasaría primero por nuestros oídos, antes de ser comunicado al mando correspondiente.

Durante horas estuvimos escuchando el sordo estertor de la radio muda. De vez en cuando eramos nosotros quienes preguntabamos a los puestos por su situación, más por matar el aburrimiento y evitar que se durmieran que por un interés real, ya que sabíamos que en cuanto pasara algo se nos informaría oportunamente.

Emmanuel decidió que era el día oportuno para intentar el asalto a la frontera. Era una noche despejada y de media luna, son suficiente luz para avanzar con tranquilidad pero no demasiada para ser descubiertos. Como buen arma, de sus ancestros cristianos, recordó que era la noche de reyes y le contó a sus compañeras de viaje la vieja tradición cristiana.

Les alentó diciendo que ellos seguían su estrella y que no podían fallar en el viaje si permanecían juntos siguiendo su estela. Se abrazaron, miraron la estrella del norte, que había de guiar sus pasos, y empezaron el camino.

A media tarde el subteniente al mando se pasó por nuestra tienda a interesarse por nuestro estado. Era mi turno de guardia y le pidió a Juanmi que le acompañara. Iban a hacer el relevo en los puestos de vigía y quería darle a cada compañero unos caramelos que habían comprado en el Tarajal para pasar la noche.

A la vuelta descubrieron la sorpresa que nos tenían preparada. Sobre la mesa fueron depositando platos de carne y marisco que habían adquirido para esa noche sin que nadie, más que ellos dos, se enterara de nada. La cena fue frugal y fugaz. Pendientes de la radio devoramos con avidez las viandas y volvimos inmediatamente a nuestra cabina de control.

No sé si era mi turno o el de Juanmi. Daba igual. Allí estábamos los dos pendientes del transistor mientras nos contábamos nuestras noches de reyes anteriores con la familia o los amigos.

Fueron haciendo el camino en silencio. Los 7 supervivientes de aquella atroz aventura en busca de la libertad, de los sueños de toda una vida. Cualquier movimiento en falso podía denunciar su presencia y saltar las alarmas. A lo lejos escucharon los gritos de un joven, de alguna otra expedición similar a la suya, al que algún mehani estaba cobrando en carne su pasaje. Se miraron aterrados y Emmanuel miró a la estrella.

Todos comprendieron que debían seguir su camino. Pasaron por las cercanías de un puesto de vigilancia. Los ronquidos de su habitante se escuchaban por encima de los bufidos del burro que esperaba en la entrada y que servía de medio de transporte a los soldados marroquies cuando cambiaban su turno cada semana. Descendieron el ritmo pasando casi a hurtadillas. La valla se veía de lejos, una interminable línea de luz que cruzaba el horizonte.


La radio seguía muda. Solo se interrumpió unos segundos cuando uno de los soldados nos indicó que había escuchado unas voces tras la valla. El subteniente nos dijo que nos olvidaramos de lo que pasaba al otro lado, que poco podíamos hacer por lo que allí sucedía.

Conectó el radar y nos mostró lo que sucedía. En la pantalla se apreciaron dos siluetas, una de ella en pie y la otra de rodillas, era violada violentamente. Apagó la pantalla. Fui al servicio a intentar vomitar la espléndida cena que nos habían regalado, pero solo pude llorar. Volví al puesto con los ojos enrojecidos y el subteniente murmuró que yo no estaba hecho para aquello. Ni yo ni nadie.


Llegaron hasta la valla. Dos metros y medio de alambrada se alzaba sobre sus cabezas y en el suelo no se divisaba ninguno de los tragantes que los pastores les habían indicado que encontrarían. Fueron recorriendola palmo a palmo. Del otro lado unos jóvenes vestidos de militares, con tanto miedo como ellos les saludaban tímidamente.

De pronto a sus espaldas escucharon unos ruidos, gritos ladridos y un par de disparos. Emmanuel trepó hasta lo alto de la valla y ayudó a Fatiha a subir, mientras Mirenne la empujaba desde abajo. Dos mehanis y varios perros llegaron hasta el lugar y Emmanuel dispuso sus manos para que Fatiha se impulsase y saltase. Era una situación desesperada y a tres metros de allí estaba la salvación.


La voz llegó temblorosa del otro lado de la radio. «Se ha c….» «Está….» «La han tirad…..», era lo único que podíamos comprender en la voz llorosa de un niño jugando a ser soldado. «Identifíquese recluta» le insistimos desde nuestro puesto. «Soy el soldado Rodríguez» fue lo único que se escuchó. Cogí la planilla de los turnos. Comprobé en que puesto se encontraba el soldado en cuestión y salí corriendo en busca del subteniente.

Le conté lo que pasaba, me pidió explicaciones y le dije que solo se había escuchado eso. Rápidamente montamos en el todoterreno. Abandoné mi puesto, mi fusil y parte de mi indumentaria en la tienda. Pero la angustia era mayor que cualquier indicio de responsabilidad militar en aquel momento.

Llegamos al puesto y allí, blanco como la nieve, llorando como un niño con fiebre, en pie, parado, sin reaccionar, como una estatua de sal, estaba el soldado Rodríguez.

A sus pies la bella Fatiha yacía muerta. Tendida sobre un charco de sangre tras la caída, con su abultado vientre apoyado en la dura tierra que tanto había anhelado alcanzar.

Allí acabaron sus sueños. Allí se apagó su estrella y allí fallecieron, junto a Fatiha, mi fe en el destino y en los finales felices.

Allí nació mi odio a las fronteras que sirven para separar y no para unir naciones, que sirven para diferenciar a personas y no para mezclarlas.

Allí empecé a ser quien soy hoy.

Este cuento es una recreación ficticia de lo que pudo suceder previo a aquella fatídica noche de reyes. La histora de Fatiha, así como muchos de los datos dados a lo largo del cuento pueden ser o no reales. Lo que si es cierto es que en aquella frontera han muerto y siguen muriendo muchas Fatihas y nosotros seguimos mirando hacia otra parte, ignorantes de lo que sucede a nuestro alrededor y de la suerte que tenemos de poder estar hoy leyendo esta historia comodamente sentados ante nuestro ordenador.

Me gustaría que el final hubiese sido feliz, pero desgraciadamente es una de las pocas cosas reales de este cuento. Los nombres de algunos personajes de la historia han cambiado por respetar su intimidad, otros se han mantenido para no restarle credibilidad a la historia. En la mano de cada uno está el creer o no creer en esta historia, al igual que en la mano de todos está el hacer o no hacer algo para evitar que se repita cada día.

Cuentos de África – La bella Fatiha XIII

El viaje a través de Marruecos no fue sencillo. Si dura fue la travesía por el desierto no menos lo fue el calvario que tuvieron que sufrir para atravesar el país magrebí. Durante el día intentaban avanzar lo más posible, siendo atracados continuamente tanto por maleantes como por los mehanis, los carabineros marroquies que eran aún más despiadados que los propios asaltantes.


Mirenne, Fatiha y Emmanuel decidieron juntar su dinero y repartirlo equitativamente entre los tres para no perderlo todo en caso de que uno de ellos fuera atracado. Viajaban en una piña y a cada maleante o militar que les asaltaba le ofrecían cierta cantidad de dinero para que les dejara continuar. Poco a poco vieron como sus pertenencias iban menguando considerablemente a sabiendas que aún les quedaba la parte más cara del viaje. El paso por la frontera española.

Mientras tanto el embarazo de Fatiha era cada vez más evidente y el camino se volvía más pesado y dificil. Las defensas de la Malinesa empezaban a flojear y fue Mirenne quien sacó fuerzas de flaqueza para ayudar en sus últimos días de camino a su compañera y amiga.

Las atenciones médicas de Emmanuel permitieron que el embarazo siguiese su curso y sus continuas muestras de cariño se fueron transformando en un amor mutuo que les permitía pensar en un futuro juntos y alentarse para la aventura. Unidos por un mismo sueño alcanzaron Fahama, el último punto de parada antes de llegar a Ceuta.

Las fuerzas eran mínimas, el dinero apenas llegaba para el paso de uno de ellos por la frontera y de los 10 viajeros que partieron de El Aiun tan solo 7 habían llegado hasta la pequeña meseta marroquí, Mirenne, Fatiha y Emmanuel entre ellos. El resto habían ido abandonando la expedición por el camino por falta de fuerzas o por falta de dinero.


Se cobijaron junto a un gedi, una especie de estanque natural formado por el agua de lluvia, y decidieron pasar allí 2 ó 3 días para descansar, recuperar fuerzas y afrontar el asalto definitivo a la frontera. Como no tenían dinero suficiente para los 3 habían decidido buscarse la vida por su cuenta, evitar a los mehanis hasta llegar a la frontera y buscar allí algún acceso.

Unos pastores de Fahama les indicaron que no era difícil, que bajo la valla había 3 ó 4 pasos de agua por los que podían colarse en tierras españolas y que una vez en Ceuta sólo tenían que entregarse a cualquier militar, les mandaría a Calamocarro y allí ya les indicarían como sobrevivir y quedarse en España. Decidieron intentarlo así y si no, en última instancia, pagar el paso de Fatiha, quien se negaba a abandonar a sus compañeros sin al menos intentarlo antes los tres juntos.

Cuentos de África – La bella Fatiha XII

En tan solo dos meses pude conocer de primera mano la realidad de la inmigración, que tan tergiversada llega en ocasiones a nuestros oídos, alterada sobre todo por la promiscuidad sensacionalista de muchos de los que se encargaban de informar desde allí.

Fueron varias las discusiones con Miriam al respecto y muchas las aventuras con Tomás para ir descubriendo el negocio montado entorno a la propia inmigración por las mafias de la droga y la penosa realidad de los realmente pobres, cuya mayor desgracia era no poder convertirse siquiera en inmigrantes, y se dedicaban a cruzar diariamente la frontera en busca de alguna ayuda, ya fuera altruista o hurtada.

Cada día comparábamos la diferencia entre los pobres inmigrantes de Calamocarro, el campamento de refugiados donde se concentraban los inmigrantes subsaharianos llegados a la ciudad, y los pobres inmigrantes magrebís que malvivían de la caridad y el robo, volviendo cada noche a su país a llevar a sus familias su exiguo botín.


Los primeros cogían cada mañana el Ferrys dirección a Algeciras, portando varias bellotas de droga en su interior, para así pagar los emolumentos de su viaje hasta allí, mientras los segundos la consumían apostados en la muralla del paseo marítimo, viendo partir los barcos que nunca podrían coger.

Algunas noches me vestía mi uniforme y salía de maniobras con mi unidad para observar desde el monte Hacho el tránsito de pateras por el estrecho con el radar Arine, que nos permitía hasta escuchar las conversaciones de los barcos a kilómetros de distancia. Con todo esto pude hacerme una imagen empírica de lo que allí sucedía, pero me faltaba algo y estaba por llegar.


Justo antes de las navidades nos dieron la noticia. Pasariamos la noche de reyes, y las dos siguientes en la frontera, haciendo guardia frente a la valla que separa España de Marruecos. Las guardias en frontera estaban destinadas principalmente a la Guardia Civil, pero la falta de efectivos obligaba a reforzarla con militares profesionales y en ocasiones puntuales, como aquel invierno del 99, con soldados de remplazo.

Juanmi y yo no nos lo pensamos. Y el día 5 de enero allí estábamos montados en el todoterreno militar dispuestos a vivir una nueva experiencia.

Cuentos de África – La bella Fatiha XI

Llamaron a la puerta y les abrió un marroquí con cara de pocos amigos. Se presentó como Mohamed Ben Afu y gestualmente les invitó a entrar en el almacén donde descansaban hacinados sus compañeros de viaje y aproximadamente otra decena de viajeros a los que no conocían. Previamente les cobró sus servicios. Por adelantado como todos, 50.000 francos por cabeza, que de nuevo pagó Fatiha.


Se sentaron junto al joven de la manta roja, al que por primera vez en mucho tiempo veían despierto, y le agradecieron sus gestos a lo largo del viaje. El joven sonrió y asintió con la cabeza. Dijo llamarse Emmanuel y señaló que procedía de la zona de Kayes, cerca de Senegal.

Era médico y disfrutaba de una situación acomodada en su país, pese a proceder de la pobre tribu de los armas, quizás por eso un envidioso jefe bambara le había denunciado falsamente por practicar de forma ilegal el aborto en el hospital en el que trabajaba. Amenazado de muerte tuvo que huir del país y ahora ocultaba su nombre bajo el seudónimo de Ben Ali Toure, un nombre que aún siendo de procedencia arma le permitía viajar sin ser identificado.

Apenas había terminado su historia cuando la puerta del almacén se abrió de golpe. Empezaba a anochecer y había que actuar con celeridad. Se subieron rápidamente al camión, les cubrieron con una lona y reanudaron su travesía sin apenas ver por dónde circulaba aquel vehículo.

El viaje duró tres días. Estaba diseñado para viajar de noche y ocultarse de día. Pararon en Abadla, donde durmieron en una gran tienda de campaña, y en Oujda, donde finalizaba el trayecto. Allí les hicieron bajar junto a la frontera y sin siquiera un saludo de despedida el camión partió de regreso a Tindouf, dejándoles una vez más con tan solo sus maltrechos pies como único medio de locomoción.

Se hicieron dos grupos. Uno intentaría la entrada en España por Melilla, mucho más cercano pero casi inaccesible, y el otro por Ceuta, que requería un ímprobo esfuerzo para moverse por tierras marroquies pero garantizaba un acceso más asequible al país.

Fatiha, Mirenne y Emmanuel optaron por este último. La presencia del joven doctor alentaba a las mujeres para afrontar la nueva aventura que se les presentaba. Junto a ellos caminarían otros 7 jóvenes de distintas nacionalidades centroafricanas, algunos compañeros de viaje desde el inicio otros incorporados en Tindouf. Los que optaron por Melilla tomaron dirección a Nador y los que viajarían hasta Ceuta se separaron del grupo buscando cobijo el El Aiun, para desde allí dirigirse a Alucemas y continuar hasta la ciudad española cruzando Tetuán.

Cuentos de África – La bella Fatiha X

Cuando volví del permiso de la jura de bandera me incorporé a la Unidad de Inteligencia. Compartía cuarto con otros 3 reclutas, uno de mi remplazo y dos de alistamientos anteriores. De las promesas que me habían realizado para la captación sólo fallaron en una, no pude elegir chófer. Directamente me asignaron a Juan Miguel Soltero, el compañero de habitación que pertenecía a mi remplazo y venía recomendado por un subteniente de la compañía. Hoy me alegro de que así fuera pues esto me ayudó a encontrar a un excelente amigo con quien compartí parte de esta aventura.


La residencia era perfecta. Baños individuales, camas confortables y espaciosos armarios empotrados en lugar de las engorrosas taquillas metálicas que tantos dolores de cabeza nos habían dado durante la instrucción para salvaguardar nuestra intimidad y nuestras pertenencias.

Estabamos exentos de la mayoría de los servicios del cuartel, como limpieza o cocina, y las guardias se podían contar con los dedos de las manos. Mi uniforme se pasaba semanas enteras descansando en el armario y apenas me afeitaba y pelaba más allá de lo que la propia estética me dictaba. A veces, por pura rebeldía, incluso me saltaba las normas del buen gusto mostrando un aspecto desaliñado que pronto se convirtió en una de las comidillas del cuartel.

Mi misión, como habían dicho, era escribir dos artículos semanales, uno para cada uno de los periódicos de la ciudad, el Pueblo y el Faro de Ceuta, con entrevistas a soldados que destacaran por algún motivo especial o cubriendo información sobre los eventos militares que se celebrasen.


Apenas trabajaba uno o dos dias al mes, tiempo suficiente para dejar escritas y maquetadas las páginas de cuatro semanas y olvidarme de mi trabajo durante 30 días. El resto del tiempo lo dedicaba a deambular por la ciudad o participar en interesantes tertulias con los periodistas de la zona.

Así conocí a Tomás Partida, del diario el Mundo, Miriam Pedrero, de informativos telecinco, y otra serie de profesionales que me contagiaron su pasión por el periodismo. Juntos vivimos varias experiencias que contaré en futuros cuentos de África y que me sirvieron para formarme como persona y como profesional, aunque sin título.


Mi vida transcurría entre la redacción de los periódicos, la frontera marroquí o Tarajal, dónde día a día nos apostábamos a observar y estudiar el contínuo trasiego de personas, la gran vía de Ceuta, centro neurálgico de la ciudad, y el café Real, refugio de cientos de tertulias apartadas de la continua vigilancia de los recelosos mandos, que intentaban evitar a toda costa una relación fluida con los medios civiles de la plaza.

Cuentos de África – La bella Fatiha IX

Cuando despertaron la expedición ya había partido de nuevo. A su lado encontraron, una vez más, la manta roja con las oportunas dosis de agua debajo. Así fueron sucediendo los días. Cada noche avanzaban, a lo largo de la imaginaria línea que divide Mauritania de Argelia, y por las mañanas dormían bajo sus mantas refugiándose del abrasador calor que les hostigaba.

Cada amanecer dejaban la manta roja sobre el aterido cuerpo de su propietario y cada noche la recogían junto a las pequeñas cantimploras cargadas de agua. Sin cruzar una palabra. Sin dedicarse siquiera la mirada de agradecimiento con que depositaban la manta sobre su tembloroso y desconocido amigo y compañero de viaje.

Tras casi dos meses de marcha llegaron a Tindouf, parada obligada en su éxodo. Allí, según instrucciones, deberían buscar a un tal Mohamed Ben Afu, que les trasladaría en un camión hasta la frontera con Marruecos, dónde deberían reanudar su viaje a pie. Cuando llegaron a la populosa y militarizada ciudad Argelina sus compañeros las esperaban en un pequeño almacén a las afueras de la ciudad.


No fue dificil dar con ellos. En cuanto llegaron a las inmediaciones de la ciudad un militar les dio el alto. Asustadas intentaron explicar su situación. El soldado pidió que callaran y les dijo que sabía a qué iban y a quién buscaban, que a cambio de 10.000 francos las conduciría hasta el almacén donde aguardaban sus compañeros.

Fatiha sacó el dinero y el militar, que lucía en su hombro una estrella de alférez, hizo un gesto para que se acercara un pequeño Jeep, les pidió que montaran y sin cruzar una palabra con ellas el conductor, un soldado raso por lo que se veía en su uniforme desprovisto de galones, se adentró en la zona comercial de la ciudad, a las afueras de la plaza militarizada.

En una zona tumultuosa, cerca del zoco, dónde comerciantes saharauis regateaban con proveedores argelinos el precio de las viandas que luego llevarían a los campamentos, de refugiados el vehículo se detuvo. Cuando se fueron a bajar del mismo el militar se dirigió a ellas por primera vez en todo el trayecto. Les dijo que no habían llegado aún al sitio, pero que si querían continuar debían pagar 5000 francos más. Mirenne abrió la boca para protestar, pero antes de que una palabra llegase a su garganta Fatiha la detuvo, entregó los 5000 francos y pidió que siguiera el viaje.

El militar recogió el dinero y lo ocultó en sus botas, luego señaló la puerta de un pequeño almacén a 100 metros escasos del vehículo y les dijo que allí estaban sus compañeros. Mirenne volvió a amagar una protesta, pero esta vez fue ella misma la que comprendió la inutilidad de la misma, y se resignó a bajarse del coche con un gesto forzado de agradecimiento.

Cuentos de África – La bella Fatiha VIII

Salí tímidamente de la formación ante la atenta mirada de mis compañeros y mandos. Todos se preguntaban a qué venía aquella interrupción en el cadencial transcurrir de las mañanas. Estábamos frente al gimnasio, en uno de los patios, y tuve que recorrer cerca de un kilómetro hasta el lugar dónde me esperaban los brigadas. Se conviritó en el paseo más largo de mi vida.
Caminaba cabizbajo, meditabundo, aseteado por las miradas inquisitivas de reclutas y cargos. Eché un vistazo a mi derecha y la mirada de complicidad del sargento primero me tranquilizó bastante. Él había hablado con los brigadas y sabía cuál era el motivo de aquella ruptura de la metódica alineación diaria. Su mirada de satisfacción me alentaba a pensar que no podía tratarse de nada malo.

Me presenté siguiendo la norma militar, como el soldado Herrero, fusil al hombro izquierdo y mi mano haciendo visera en el derecho. Ellos enseguida relajaron las formas y más cordialmente se presentaron como los brigadas Pardo y Pizarro, de la Unidad de Inteligencia Militar de la Comandancia General de la Plaza de Ceuta. Enseguida pensé en la broma, en la incompatibilidad entre inteligencia y militar, pero los nervios me impidieron ni siquiera sonreir por la ocurrencia.


Me comentaron que habían leído el cuestionario que había rellenado al incorporarme a filas y que habían indagado algo sobre mi trayectoria. Los malos augurios volvieron a mi mente. Sin embargo ellos mantenían el trato cordial, y viendo mi estado de nerviosismo enseguida resumieron. Acababa de abandonar la plaza por motivos psicológicos el periodista militar y necesitaban a alguien que le sustituyera mientras se incorporaba algún otro profesional que pudiera cubrir la vacante y yo era, según dijeron, la persona adecuada. No supe como reaccionar, me quedé paralizado, me imaginaba en el frente haciendo de corresponsal de guerra.


Pronto me sacaron de mi error. Me indicaron que mi trabajo consistiría en escribir 2 artículos semanales, durante los próximos 7 meses, sobre la vida militar en la plaza de Ceuta, uno para el Faro y otro para el Pueblo. Me aseguraron que me alojaría en la mejor residencia militar de la localidad y que además estaría rebajado de pelo y barba, es decir, que no tendría que guardar las normas de aseo básicas exigidas a los militares. Me comentaron también que me despidiera de mi uniforme, que apenas me lo pondría durante el resto de mi estancia en Ceuta y que eligiera, si quería, un compañero que me acompañaría como chofer en mi trabajo.

No podía dar crédito a lo que me estaban diciendo. Me pidieron que me lo pensara y con el saludo militar se despidieron hasta después de la jura de bandera, momento en el que debía incorporarme a mi destino.

Cuentos de África: La bella Fatiha VII

Despertaron cuando el sol se ocultaba tras el horizonte. Fatiha parecía recuperada y Mirenne también había recobrado las fuerzas que aquel militar argelino le había robado. Las huellas de sus compañeros de viaje apenas eran perceptibles, pero sabían que el único camino posible era seguir de frente, dejando aquella maravillosa puesta de sol a su izquierda.

Comenzaron a caminar. Abrigadas por la manta que horas antes les había servido para resguardarse del sol. Ahora lo hacía del frío. Sabían que iban por el lugar correcto porque de vez en cuando encontraban un pequeño rastro que el viento no había tapado del renqueante deambular de sus compañeros. Se habían perdido en el horizonte y dudaban si los volverían a ver, pero confiaban en compensar las horas perdidas caminando de noche.

A lo lejos, y en medio del rastro de huellas vieron una manta de color rojizo que pronto identificaron como la de uno de sus acompañantes. Pensaron, que como ellas, se había separado del grupo para descansar. Al pasar por su lado comprobaron que no había nadie bajo ella, si no un pequeño recipiente con sus dosis diarias de agua. Agradecidas recogieron el agua y la manta para devolvérsela a su dueño si volvían a verse.

Caminaron toda la noche y justo cuando el sol volvía a aparecer por el Este divisaron al grupo acampado. Habían parado en el único espacio con restos de vegetación que habían encontrado en el camino. No era un oasis pero las plantas luchaban por sobrevivir en aquella tierra ingrata.

Entre los viajeros buscaron al propietario de la manta roja que se resguardaba del frío acurrucado entre dos compañeros. Echaron sobre su fatigado cuerpo la manta y le dejaron dormir. El viaje era largo y ya habría tiempo para agradecerle el gesto.

Prepararon te y esperaron a que el resto de compañeros se fueran despertando con el olor de las hierbas hirviendo en el improvisado fuego que habían encendido.

Intentaron seguir el camino con sus compañeros, pero el largo viaje nocturno empezaba a pasar factura, por lo que decidieron seguir viajando de noche y esperar en aquel marchito vergel la puesta del sol. Ya los volverían a alcanzar.

Cuentos de África: La bella Fatiha VI

Los dos primeros meses en Ceuta transcurrieron como un juego de aventura trasladado a la realidad. Cada mañana nos vestíamos nuestros uniformes para convertirnos en los soldaditos de plomo en carne y hueso de un grupo de fanáticos que habían trasladado su impotencia y sus ficciones a un escenario natural, y que servían de directores de orquesta para una melodía trasnochada y sin sentido que se había ejecutado cientos de veces.

Nos preparamos para enfrentarnos a un enemigo imaginario e incluso aprendimos a hacer frente a una hipotética guerra nuclear, vestidos de patos para que nuestros posibles cadáveres lucieran más ridículos en caso de un ataque atómico.


Un día, mientras formábamos frente al gimnasio para matar el tiempo y regocijo de nuestros superiores en mando, que disfrutaban viendo sus muñecos ordenados en filas, perfectamente alineados, llegaron 2 individuos vestidos de paisano que pronunciaron mi nombre en alto y me hicieron salir de la formación.

En aquel momento no supe que pensar. Recapitulé cuántos recuerdos me quedaban de aquellos meses buscando una razón de indisciplina que pudiera motivar aquella inesperada visita, pero no la encontré.

Se identificaron como brigadas de la comandancia general, Unidad de Inteligencia, y dijeron que se encargaban de la prensa militar.

Enseguida supe a qué venían. Habían descubierto mi último artículo para diario Mérida, que lo había publicado también el diario el País días antes de mi incorporación a filas y querrían explicaciones. Se trataba de un artículo a favor de la insumisión.

Un mes antes de unirme a aquel juego maquiavélico, de niños vestidos de hombre y hombres vestidos de payasos, había recogido en la carretera de Plasencia a Cáceres a un autoestopista que se dirigía a casa de su hermano. Al día siguiente sería juzgado por insumisión. Cuándo me contó la historia me resultó interesante, así que paré en Cáceres a conocer de primera mano el caso.

El encausado me recibió en una pequeña vivienda en un bajo del casco antiguo cacereño. Nos sentamos a tomar café y poco a poco fue desgranando su vida. Tenía una niña pequeña, recién nacida, y su trabajo era el único sustento para la familia. Pero no era este el único motivo de su insumisión, sino su oposición rotunda a entrar en aquel juego de obligaciones sin sentido, que pretendían hipotecar 9 meses de su vida, empuñando un arma que detestaba, en defensa de un país que no reconocía.

Cuando llegué a Mérida escribí su historia, junto a una reflexión a favor de los derechos humanos, claramente vulnerados en situaciones como esta. No sé aún cómo aquel artículo llegó al País, pero días después lo publicaba en su edición nacional entre las páginas de opinión.

Estaba seguro, habían leído aquel artículo y ahora venían a pedir responsabilidades.