Archivo de la etiqueta: Cuentos de África

Cuentos de África – La bella Fatiha V

Ante sus ojos solo había arena. El único horizonte lo marcaban sus sueños y una fina línea, apenas perceptible, en la que el ocre se convertía en azul, en medio de una nebulosa difusa, producto del calor que empezaba a castigar sus cuerpos y sus pies descalzos. Aunque todos habían iniciado el viaje con rústicos calzados, que habían perdido su forma por el paso de los años en los campos de algodón, pronto decidieron que lo mejor era cargarlos en las mochilas, para otros terrenos más agradecidos, y sacrificar sus pies a la ardiente arena del desierto, pues cada escasos metros se llenaban de arena dificultando el camino.

Los viajeros caminaban separados, distanciándose unos de otros la distancia suficiente como para sentirse solos en aquel viaje, pero no demasiado para de vez en cuando buscar el arropo de sus compañeros de aventura.

Tan solo Fatiha y Mirenne continuaban unidas. Abrazadas pese al sofocante calor del desierto. Unidas para siempre en aquel éxodo.

De pronto Fatiha cayó al suelo. Agotada. Llevaba horas sin probar una gota de agua y sus piernas fallaron cayendo sobre la arena. Mirenne sacó rápidamente la pequeña cantimplora en la que llevaban la porción individual de agua que le correspondía cada día y le dio a beber un trago, breve pero suficiente para reanimarla. Mojó una manga y con ella empapó ligeramente el abultado y ardiente vientre de Fatiha, buscando refrescar a un bebé que antes de nacer ya había iniciado el viaje más duro imaginable. Con una manta cubrió a su compañera resguardándola del sol, se acurrucó junto a ella y, mientras el resto de viajeros se perdía en el horizonte, esperó a que llegara la noche para seguir el viaje.

Cuentos de África – La bella Fatiha IV


El miedo, la desconfianza, los nervios, la duda, la curiosidad… Todos estos sentimientos se fueron apoderando de nosotros según desembarcamos y empezamos a perder nuestros nombres para ser identificados como números, según empezamos a perder nuestro pasado y a desorientar nuestro futuro, para ser parte tan solo de un presente que desconocíamos, y se mostraba incierto ante nuestros ojos, indagadores los de la mayoría, llorosos, como los de un niño el primer día de clase, los de unos cuantos.
Un papel en mi mano decía que debía dirigirme a Regulares, al acuartelamiento González Tablas. Hacia allí nos llevaron en varios camiones mientras el temor iba venciendo al resto de emociones que nos habían invadido hasta el momento.


Todo sucedió muy deprisa. Apenas recuerdo cómo llegamos, cómo se nos repartió la ropa de cama, el uniforme y el resto de enseres que serían nuestra única propiedad a partir de entonces, y que debíamos defender como lo más preciado. Una taza de latón, un petate, dos uniformes completos, unos guantes, una gorra y unos listones verdes en los que escribir nuestro primer apellido. Aquel sería nuestro único identificativo desde ese momento. Atrás quedaban los estudios, los apellidos rimbonbantes, la experiencia, la edad o las clases sociales. Torpemente aprendimos a formar y empezamos a escuchar discursos manidos y desgastados, completamente anacrónicos, escapados de una película de Kubrick.

Comenzaba una carrera sin destino pero sin descanso, dos meses de un estúpido guión repetido miles de veces, que terminariamos creyéndonos e interpretando como malos actores de culebrón a los que se facilita un nuevo párrafo cada día.

Lo único cierto era la amistad que se iba forjando entre algunos de nosotros. Otro más de los tópicos, el único cierto, que rodeaba a aquella pantomima.

Cuentos de África – La bella Fatiha III

Intentaron dormir, pese al traqueteo de aquel viejo vehículo, con la cabeza hundida entre las piernas, buscando aislarse de la realidad que les rodeaba. Aquellos serían sus compañeros durante un largo viaje pero no eran necesarias las presentaciones. Todos coincidían en un sueño y ese era suficiente para sentirse unidos.

El vehículo se detuvo a 10 kilómetros de la frontera Argelina, dónde el conductor les indicó que no podía seguir, que la proximidad del amanecer hacía peligrosa la travesía y que debía volver a los campos de algodón antes de que se echara en falta su presencia.


Lentamente bajaron del automóvil y comenzaron a caminar, lentamente, como si los pies se aferrasen a aquella tierra que debían abandonar.

Uno de los viajeros sacó del bolsillo un papel arrugado en el que había dibujado el itinerario a seguir. Un militar argelino les dejaría cruzar la frontera previo pago de otros 20.000 francos por persona.

Fatiha se retrasó con la excusa de hacer sus necesidades. Extrajo de su ropa interior 40.000 francos que dividió en dos fajos. Al alcanzar de nuevo el grupo le dio a escondidas uno a Mirenne, para que nadie supiera quién de las dos llevaba el dinero y cuánto llevaban para aquella larga travesía.

Cuando alcanzaron la frontera uno a uno fueron satisfaciendo el pago estipulado, excepto Mirenne, que tuvo que añadir a su cuota 5 minutos de entrega a aquel militar que descargó su impotencia sobre el reseco rostro de la pobre viajera.

Una vez que Mirenne se reincorporó al grupo comenzaron a andar, sin preguntas, sin palabras, adentrándose en un desierto que sería escenario de sus desventuras durante 3 largos meses. Tan solo Fatiha tuvo un gesto para Mirenne. La estrechó entre sus brazos y así caminaron durante horas.

Continuará…

Cuentos de África – La bella Fatiha II

Transcurría julio de 1998 cuando mi padre fue a buscarme a Mérida con la carta de reclutamiento en su mano. Estaba citado para incorporarme a filas el 19 de agosto en Ceuta.

Apenas me dio tiempo a pensar. Abrumado por volver a ver a mi padre y hermanos después de tanto tiempo, y embargado por la emoción, ni siquiera rechisté.

Recogí mis exiguas pertenencias, las que habían ido quedando después de una desalentadora etapa en la ciudad romana, llena de propósitos de aventura y sueños irrealizados, alimentados más de vergüenzas que de prebendas. Eran mis fantasías mi único pábulo y mi cobardía mi refugio.

Abandoné sin mirar atrás aquel cubículo que había sido mi hogar durante los últimos meses, y en silencio emprendí el regreso a casa, de un hijo pródigo que, por vergüenza, no volvió por propia iniciativa sino al que hubo que ir a buscar, y que con lágrimas en los ojos se despedía de la ciudad que le había convertido en el deshecho que regresaba ahora a su familia. Lágrimas no de tristeza sino de apocamiento que hoy recuerdo arrepentido.

Recuerdo mi primer avistamiento de tierras africanas. Un grupo de jóvenes nerviosos nos arremolinábamos en la cubierta de aquel inmenso Ferry para escrutar en el horizonte la tierra que nos acogería durante 9 meses. Era la primera travesía que hacía en un barco de aquella envergadura y la primera en que pisaría otro continente, pero mi mente seguía anclada en tierras extremeñas, buscando una redención del pasado antes que ningún tipo de ilusión en el futuro que nos aguardaba.

Historias de la puta mili I (Cuentos de África)

El otro día, ante el inesperado reencuentro con mi amigo Jose Luis Galán, compañero en batallas, ficticias y fingidas, en el africano terruño de Ceuta, prometí iniciar una serie de relatos concernientes a mi experiencia en aquel continente, del que nos separan tan solo unos kilómetros de mar y muchos de historia.

Estos relatos que bautizaré como «cuentos de África» pueden estar salpicados de tanta ficción como realidad. Tan sólo los que me conozcan bien sabrán qué parte es real y cuál ficticia. Dejo en la imaginación de los demás el tratar de adivinar cuánto tienen de cuento y cuánto de verdad.

Algunas de las experiencias allí vividas, y la posición privilegiada (o no) que me permitió vivirlas, me obligan a dejar en la duda cuántas historias narre a partir de este momento…

Comienzo con el primero, que no guarda un orden cronológico con mi estancia en Ceuta, y al que titularé….

La bella Fatiha

No había cumplido aún los 20 años. El caoba de su piel contrastaba con los blancos campos de algodón donde había nacido y pasado dos décadas de hambre, dolor y sufrimiento al norte de la ciudad de Taoudenni, en el siempre beligerante país de Mali.

Alguien había intentado engañarla, junto a todo su pueblo, diciéndole que con la paz de Tombuctú llegaría la tranquilidad y la prosperidad a sus tierras. Sin embargo, tras casi 3 años de espera, sus dedos seguían agrietándose, como su vida, en la recolección de algodón, a cambio de un mísero cuenco de pasta de un cereal indefinible, que se había convertido en su único sustento desde donde alcanzaba su memoria.

Su día transcurría entre los campos de algodón, desde el amanecer hasta el ocaso, y la más negra noche de despiadados malos tratos y violaciones por parte de sus patronos. A sus escasos 20 años había sufrido ya 3 abortos, de otros tantos embarazos, fruto del calvario que vivía cada día al ponerse el sol.


Sus ojos habían dejado de llorar y, aquella noche, al poner sus manos sobre su vientre, de nuevo preñado, decidió no sufrir más y junto a 10 compañeros iniciar el largo viaje, no de búsqueda de la felicidad, si no de huída del infierno. No le importaba quién fuera el padre, pero aquel, por fin, sería su hijo.


El precio de la libertad estaba lejos de su alcance. Armada de valor e ira se adentró en la ciudad y buscó aquella vivienda dónde tantas noches había llegado arrastrada, para acabar ultrajada y violada, antes de ser conducida de nuevo al campo de algodón.

Conocía cada rincón de aquel antro donde aquel día no eran sus gritos si no los de alguna compañera los que rompían el silencio de la noche. Se dirigió a la habitación, alzó aquella especie de hoz que utilizaba para la recogida de algodón, y sin ningún sentimiento de culpa la hendió en el dorso de aquella alimaña que mezcló su último orgasmo con el estertor previo a su muerte. Bajo él, asustada, su compañera Mirenne la miraba entre horrorizada y agradecida. No hizo falta cruzar una palabra.

Cogieron las piezas de valor que pudieron acuñar y un total de 300.000 francos (CFA) que aunque serían insuficientes para el viaje de las dos, ayudaría a costear una gran parte.

Huyeron hasta los campos donde les esperaba un viejo Jeep a bordo del que ya esperaban los que serían sus compañeros de viaje. 10 jóvenes malineses con tanto miedo como ellas y los mismos deseos de libertad.

Pagaron 10000 francos, 5000 por cabeza e iniciaron la primera etapa de su viaje, que concluiría en la frontera Argelina, en las proximidades de Bordj-Mokhtar.

Continuará…