Archivo de la etiqueta: Cuentos

De garulla

Hace algo más de 2 años comencé una serie de cuentos autobiográficos, dedicados a mi infancia, que se centraban, sobre todo, en mi etapa en Galicia. Luego se complementó con alguno extraído de mis primeros años en Briviesca y, con un pequeño salto, llegué a mi juventud en Ceuta. Hoy, hablando con mi amigo Roberto, he recordado un pasaje de mi infancia en Guareña que quiero recrear…

De garulla

Llegamos a Guareña en el verano del 86. Tenía por tanto 13 años recién cumplidos. Tras un año en Plasencia habíamos recogido de nuevo los bártulos y con nuestro hato de ilusiones nos dirigimos a esta localidad pacense, con la intención de alojarnos allí durante los 2 ó 3 años que durara la nueva obra a la que habían destinado a mi padre, el encauzamiento del Zujar y el Matachel.

Vivíamos en un viejo edificio del centro de la población en la calle principal. Apenas recuerdo la distribución y ornamentación de la casa, pero no puedo olvidar su suelo enmoquetado, residencia de ácaros y otras suciedades, que cada tarde nos invitaba a salir de casa para evitar el calor que despedía.

Había pocos sitios donde ir. Era el clásico pueblo de tardes sesteadas y somnolientas, con hirvientes calles vacías, que poco o nada podían ofrecer a unos niños de mi edad y la de mis hermanos, así que nos acostumbramos a acompañar a mi padre a las obras.

Cada tarde nos montábamos en una furgoneta blanca de olor a hormigón, alquitrán y masculino sudor solariego en la que acompañábamos a mi padre y resto de obreros al «tajo» que correspondiera.

Disfrutaba cada segundo con mi padre. Después de años dosificando su presencia en el goteo insufrible de fines de semana, aquellos momentos en la obra eran la recompensa a tantos días de espera. Admiraba (lo sigo haciendo) su trabajo. Idolatraba su capacidad de mando, aunque por entonces era todavía capataz, y soñaba viéndole construir puentes y carreteras tan sólo con sus manos.

Cuando había dado las instrucciones oportunas a «sus» obreros nos dedicaba el tiempo que tanto habíamos añorado mientras trabajaba en Portugal o Andorra.

La obra estaba al pie de la zona de regadío del Matachel. A su alrededor crecían uvas, sandías y melones en un mosaico multicolor que me fascinaba. Cada tarde, a hurtadillas, nos colábamos en alguno de aquellos huertos y sustraíamos alguno de aquellos frutos para después degustarlos en casa. Siempre pensé que sabían mejor porque eran parte de la complicidad con mi padre.


Mi padre nos enseñó un truco. Cada tarde buscaba una sandía determinada. Aquella que previamente el hortelano había cubierto con su jersey. Todavía no sé porque aquel buen hombre seguía haciéndolo, pero cada tarde la mejor sandía del huerto aparecía cubierta con mimo con una sudadera de lana. Nosotros cogíamos la prenda, la cambiábamos de fruto y nos llevabamos aquella que con ilusión había seleccionado el agricultor.

Así pasamos todo un verano. No sé si fue entonces cuando decidí dejar de comer fruta, porque ya no iba con mi padre a buscar la que dormía bajo un jersey de lana.

Hoy soy yo aquel hortelano. Hoy soy yo quien con mimo ha elegido la fruta más sabrosa. Quién la ha visto crecer con ilusión, quién la ha abonado, regado y cuidado. Quién le ha cantado en planta porque así crecía mejor, quien la ha arropado con su jersey de palabras, consciente de que nunca probará su sabor.

Pero mañana volveré a poner mi raída capa sobre sus hombros.

Invisible – Parte 3

Salió a la calle. El ascensor volvió a recordarle su invisibilidad en un clima claustrofóbico, casi asfixiante, encerrado entre cuatro paredes, tres de ellas de espejo, que se reflejaban unas a otras asaetando su cuerpo.

En cuanto salió del portal corrió a saludar al primer viandante sin obtener respuesta. Corrió de nuevo hacia el segundo con el mismo resultado y así uno tras otro cada uno de los convecinos que cruzaban la calle. Probó a empujarlos, a golpearlos e incluso a tirarles de las orejas, sin que ninguno pareciera inmutarse. Todo su cuerpo parecía desvanecerse al entrar en contacto con cualquier otro.


Asustado se sentó en el bordillo, víctima de una crisis de ansiedad, e intentó calmarse y buscar beneficios a su nueva situación. Un nombre de chica, la misma referencia griega que había escrito en el espejo minutos antes, atravesó su mente y corrió hacia su portal. Toco el timbre, una y otra vez, sin que nadie contestara. Supuso que tampoco sonaría. Esperó a que algún vecino abriera la puerta y aprovechó para entrar. Subió las escaleras de dos en dos y golpeó violentamente la puerta. Nadie la abrió. Esperó sentado en el descansillo.

No habían pasado 10 minutos cuando se abrió la puerta. La chica salió mirando al suelo. Pasó prácticamente por encima suya y continuó su marcha. Intentó llamarla, pero pronto desistió recordando su nueva realidad. Confuso, intentando organizar sus pensamientos, cayó dormido. Un tímido olor a vainilla le despertó. Ella volvía a casa visiblemente nerviosa. Aprovechó cuando abrió la puerta y entró con ella.

Se sentó en el mismo sillón en el que el día antes habían estado viendo la televisión juntos. Ella sin embargo caminaba nerviosa de un lado a otro mirando el móvil esperando una llamada, una respuesta. Entró en el baño para ducharse. Él consideró que era el momento que había esperado durante los últimos 2 años. Poder ver aquel maravilloso cuerpo desnudo. Poder acariciarlo con suavidad sin ser reprendido. Depositar lentamente cada beso que había guardado durante meses quemándole en los labios. Pero no pudo. Un ataque de vergüenza y pudor le hundió en el sofá.

Ella salió semidesnuda. Cubierta tan solo por una minúscula toalla que dibujaba insinuante su cuerpo. Él recordó cada segundo con ella, cada verso que le había dedicado, cada mirada en la que se había sumergido, cada te quiero que no había obtenido respuesta y lloró desconsoladamente.

Volvió a mirar el móvil nerviosa. Buscó en la agenda un teléfono y lo marcó 3, 4, 5 veces. Envió un mensaje rápido que tuvo que escribir varias veces porque el temblor de sus dedos le impedía hacerlo con precisión, y siguió recorriendo la casa en pasos rápidos, imprecisos.

Así pasaron tres días. Él no se atrevía a salir de casa. Prefería seguir sentado en aquel sofá contemplando a su musa, que poco a poco fue espaciando sus visitas. Siempre llegaba nerviosa, consultaba insistentemente su teléfono y tras una ducha rápida volvía a salir de casa. Apenas si durmió 3 ó 4 horas en ese periodo. Él seguía apostado en el sofá, observando cada movimiento con la atención de quien ve una y otra vez su película favorita.

Al cuarto día llegó llorando. Sus ojos mostraban los efectos de varias noches sin dormir y en sus cuencas amoratadas se refugiaban las lágrimas más bellas que jamás hubiera visto.

Abrió un cajón del que que sacó una fotografía de los dos, un vídeo que le había regalado el día de San Valentín y un pequeño cuento dedicado. Pronunció lentamente su nombre y sus labios deletrearon un casi impercetible «Te quiero»

De pronto una figura fue tomando forma en el sofá. Estupefacta se quedó mirando fijamente, con esa mirada hipnótica que le caracterizaba. No podía dar crédito a sus ojos. Allí, en el mismo sofá dónde días antes veían la televisión acababa de aparecer por arte de magia el motivo de sus lágrimas. Corrió hacia él. Lo estrechó entre sus brazos y le preguntó «¿Dónde has estado amigo mío?»

Y tal y como había aparecido se volvió a desvanecer.

Invisible – Parte 2

Acercó su mano al cristal sin obtener respuesta visual. Allí permanecía estática aquella fotografía que parecía sacada de un catálogo de baños. Sin embargo sus huellas quedaron impresas en el tibio vaho de aquel espejo. Sacudió la cabeza extrañado y sensiblemente contrariado y en un ataque de autoafirmación escribió su nombre. Apareció como una marca de agua en la imagen, sin que en ningún instante apareciera algún vestigio de piel en la silueta.

Acercó su rostro al imperturbable espejo y vio cómo el círculo de su aliento enturbiaba la imagen, que seguía reflejando, ahora de forma borrosa, la pared que quedaba a su espalda.

Instintivamente dibujó un corazón y a su lado un nombre de mujer que rápidamente borró con la mano, dejando un borrón en medio del cristal.

Fue rápidamente al vestidor y cogió la ropa que había dejado sobre la silla la noche anterior. Le pareció paradójico pensar en vestirse siendo invisible. Siempre había supuesto en que si un día sucediera esto caminaría desnudo por las calles. Se vistió automáticamente, giró para verse de nuevo en el espejo, esta vez del vestidor, y comprobó que también la ropa había desaparecido.

Jugó durante minutos a quitarse y ponerse prendas, descubriendo que pese a llevarlas encima el espejo seguía reflejándolas encima de la silla. Lo mismo sucedía con cada objeto que pudiera tocar. Probó a levantar cuanto le rodeaba para comprobar si flotaba en el aire, viendo estupefacto cómo cualquier interactividad con su entorno parecía inalterada. Cualquier objeto que movía aparecia intacto en su lugar inicial, como si nada hubiera sucedido. Era como si existiesen dos objetos, dos prendas o dos realidades. Una en sus manos, y otra en el espejo.

Invisible – Parte 1

Se levantó como cada mañana en la completa oscuridad de una habitación en la que pertinentemente había cerrado herméticamente cada persiana la noche antes, para que no le molestara ni un resquicio de sol al amanecer. Como guíado por raíles recorrió los escasos 10 metros que le separaban del cuarto de baño. Automáticamente encendió la luz sin que sus fotones atravesasen la cortina de legañas que apelmazaban sus ojos y encaró el lavabo, abriendo el grifo del agua fría con el mismo movimiento sistemático y ciego que le había conducido hasta allí.

Enjuagó su cara y cuando los primeros rayos de luz blanca atravesaban sus párpados miró al frente, esperando ver la misma cara melancólica y ojerosa que cada mañana le daba los buenos días. El espejo reflejaba la azulada celosía de la pared, sobre la que descansaba una toalla, otrora blanca, que pendía milagrosamente de un aplique descuadrado.


En principio no se dio cuenta de que algo faltaba en aquel marco reflectante engalanado con chorretones de jabón, gel de afeitar y pasta de dientes, hasta que intentó comprobar su apurado, confiado en aguantar un día más sin usar la herrumbrosa hojilla a la que tan buen rendimiento estaba sacando.

Se acercó al espejo para cerciorarse y comprobó que efectivamente su rostro no estaba. Podía ver perfectamente los azulejos de su espalda pero era incapaz de encontrar su propio reflejo. Pensó que seguía soñando e hizo un esfuerzo intentando despertar de nuevo en su cama. Pero no. Allí seguía, mirando fijamente aquel cristal que mostraba un bodegón inerte de toallas sucias y gres.

La danza de la mariposa muerta (Capítulo VIII)

Capítulo VIII
Despertar

Cuándo despertó había perdido completamente la noción de dónde se encontraba. Un fuerte dolor de espalda y el ronquido de 11 jugadores de baloncesto, el mister, el fisioterapeuta, el delegado de equipo y el segundo entrenador le devolvieron rápidamente a la realidad.

Se asomó por la ventana y tuvo que esperar varios kilómetros para ubicarse. “Alcolea del Pinar 12 kilómetros” ¿Todavía? ¿Cuánto había dormido? ¿10 minutos? No sabía realmente dónde se había quedado dormido, lo que sí comprendía es que aún le quedaban más de 5 horas de viaje, incluida la pausa de 45 minutos que harían en breve.

Automáticamente se llevó la mano a la barriga, no por hambre sino buscando el libro. No lo encontró. Por momentos deseó que todo no hubiera sido más que un sueño y librarse así de aquel cometido que tanto le estaba costando cumplir. Pero no, el libro estaba sobre el asiento de al lado, cuidadosamente cerrado y con el ticket de compra haciendo de marcapáginas. Después de todo antes de dormirse había conseguido cerrarlo.

Intentó cerrar los ojos y sumirse de nuevo en el sueño que acababa de interrumpir, pero aquel diario parecía llamarle desde el asiento de pasillo. “Hasta la parada” – Se dijo. Y continuó leyendo, pese a que no le gustaba encender la luz de lectura del autobús por no molestar a sus compañeros de viaje. Ninguno pareció notarlo.

“Desistir

Llevo dos días escribiendo y ya me estoy planteando desistir. ¿De qué me sirve este juego? Pretendía escribir una biografía. Aunar todos los relatos que he ido escribiendo sobre mi vida a lo largo de esta y acompañarlos de aquellos pasajes que aún no habían tomado literatura.

Pensaba que así podría recuperar los momentos que me han hecho desdichada y afrontar mi destino con mayor determinación. O quizás, inconscientemente, buscaba pasajes felices para no culminarla.

He dejado el borrador de este libro intencionadamente sobre la mesa estos dos días, esperando que alguien lo viese e intercediese en mi decisión. Al final soy como casi todas y este intento no va a ser más que un vacuo esfuerzo por llamar la atención, por buscar un grito que me pare, una voz amiga que lo interrumpa a tiempo.

Pero no. Tan solo Luís lo ha mirado por encima, haciendo como que lo leía, como con todo lo que escribo, con ese fingido gesto de aprobación que tan practicado tiene, y Ana, cuando vino a cenar, lo apartó refunfuñando porque siempre tengo la casa llena de papeles.

Hubo un momento en que pensé que María lo iba a leer, pero no era más que uno de esos instantes de abstracción que ella tiene y se queda fija, absorta en cualquier objeto, el libro en esta ocasión, una copa el resto de la noche.

No, no lo han leído. Pero creo que aunque llenara la mesa de pastillas, colgara una soga de la lámpara, acercara un poyete a la ventana y dejase el lavabo lleno de hojillas de afeitar oxidadas ninguno pensaría en que mi intención es hacerme daño.

¿Cómo van a pensarlo de Natalia? La dicharachera, la feliz, la triunfadora, la envidia de media ciudad y la admiración de la otra media…

Durante años me he forjado esta máscara que hoy me cubre y, a veces, pienso que soy yo misma la que estoy equivocada y en realidad no soy la que duerme sola cada día, atiborrada de pastillas para no desvelarme a media noche, si no la afable, servicial y siempre alegre Natalia que todo el mundo reconoce.

Quizás la máscara sea la visión que guardo solo para mí, esa mirada lánguida, apenada, ese deambular errático, esos pies descalzos arrastrándose por un pasillo sin ruidos…

Puede que cada noche me camufle en ella para engañarme, para descargarme de ser la “estupendísima chispa de la vida” y relajar la carga que representa.

Es posible que la Natalia real sea la que mañana no sepa nada de este libro y pasee por las calles saludando a diestro y siniestro, o bromee con sus compañeros sobre lo excepcional que serán las próximas vacaciones de verano, y no la que ahora cierra este capítulo indecisa, sobre si poner fin a este relato o dejarlo sobre la mesa a ver si mañana alguien lo lee…”

“¡Lo sabía!” Exclamó en voz excesivamente alta para el silencio reinante del autobús. Afortunadamente tan solo el conductor, Ángel, miró hacia atrás extrañado sin saber de quién había sido aquella exclamación. El resto seguía dormido, o al menos eso parecía ya que nadie se inmutó ante su pequeño grito.

“¡Lo sabía!” dijo ahora entredientes avergonzado. “¡Al final es solo un grito de atención!, ¡No lo hará!” –pensó, cuando se dio cuenta de que aquel libro estaba entre sus manos, completo, editado y publicado, lo que significaba que al final había decidido continuar.

La danza de la mariposa muerta (Capítulo VII)

Capítulo VII
La fotografía

«La fotografía

Era una pequeña fotografía en blanco y negro, con las esquinas medio raídas por la humedad y arbitrarias líneas blancas que la cruzaban, como rayos, producto del paso del tiempo y el continuo manoseo a que había sido sometida. No me cansaba de verla. Sobre la arena, una pequeña niña rubia, de pelo ondulado, jugaba con un cubo de plástico y un rastrillo. Llevaba una pequeña gorrita redondeada, con un minúsculo volante que le daba forma de flor. Estaba sentada, cubierta tan solo por una braguita con encajes y un pespunte florido. Sonreía. Sus ojos mostraban felicidad y retaban a la cámara, al futuro observador de aquella foto, a ser feliz.

Siempre me dijeron que era yo, pero era incapaz de reconocerme. Aunque alguna vez me he sentido una persona feliz, nunca después mis ojos irradiaron tanta fuerza. Nunca conseguí contagiar a nadie la alegría que despedía la fotografía.

Mi madre guardaba la fotografía, junto a muchas otras de nuestra infancia, en una caja metálica que antaño había sido utilizada como costurero. Aquella caja pasó de guardar los remiendos a nuestras ropas rotas, a guardar los remiendos de nuestra vida, al menos de la mía, aquellos hilos y parches a los que a veces tenía que recurrir para hilvanar los jirones de la vida, para recordar felicidades pasadas.

Aunque cada fotografía estaba sacada en un lugar diferente, y variaban su tamaño y colores, podía jugar con ellas a aquel viejo truco sobre el que se basaba el cine. Ese que practicábamos de pequeños, dibujando unas piernas en diferentes posturas en la esquina de cada página de nuestros libros y cuadernos, y al pasarlas rápidamente parecían caminar.

Con las fotografías era el mismo juego. Pero al irlas pasando veías como poco a poco la sonrisa de aquella fotografía en la playa se iba convirtiendo paulatinamente en una mueca de tristeza, como en el juego de los fotogramas, pero desgraciadamente, esto no era cine, era la vida real.

Aquella caja metálica servía como hoja de ruta para una vida sujeta a innumerables traslados. Siempre había una fotografía en la playa, en un parque o en una plaza para conservar el recuerdo de lugares a los que quise volver pero que la pereza o el desencanto se encargaron de borrar de mi mapa. Unos porque nunca pude regresar, otros porque cuando lo hice habían perdido la esencia de cuando viví en ellos. Luego pensé que era yo quien había perdido aquella esencia.

Valencia, Gerona, Bilbao, Madrid, Huelva, Gijón…. enumero solo las capitales y no aquellos pequeños cuarteles en minúsculos pueblos de provincia a los que mi padre, guardia civil, era destinado.»

El sueño le iba abatiendo. Pese a no querer abandonar la lectura hasta finalizar el libro sintió como los ojos poco a poco se le iban cerrando. Esta vez no era una excusa. El cansancio del viaje, del largo paseo por Barcelona, de las emociones vividas durante el día, iban haciendo mella en su ánimo y, sin querer, se quedó dormido en aquellos incómodos asientos de autobús con el libro sobre su abdomen.

La danza de la mariposa muerta (Capítulo VI)

Capítulo VI
El regreso
Llegó a casa de sus amigos cabizbajo, procurando que no se notara su estado de ánimo, pero sin poderlo ocultar completamente. Isa le preguntó si le pasaba algo y él lo excusó en el cansancio acumulado, el viaje, todo el día paseando por Barcelona, no haber dormido bien… Pareció convencerles.

Fueron hasta Cornellá, donde pese a la brillantez del encuentro y la victoria de su equipo apenas pudo abstraerse de sus pensamientos, centrados en el libro que aguardaba ser abierto de nuevo en uno de los bolsillos de su chaqueta.

Su locución fue anodina, carente de cualquier tipo de emoción, embargada por el sentimiento de culpa que le corroía. ¿y si aún podía hacer algo?

Recogió todo el equipo de retransmisión con la máxima celeridad posible, sin preocuparse en colocar cables, ni apagar aparatos. Se despidió de sus amigos con un abrazo ausente y subió al autobús para retomar la lectura.

La euforia del equipo, que había encadenado con esta cinco victorias consecutivas y se colocaba en lo más alto de la tabla, apenas le contagió.

Su único interés en ese momento era continuar leyendo y procurar mantenerse despierto durante el viaje. Calculaba que antes de pasar Madrid habría concluido su lectura.

Abrió el libro por dónde había interrumpido su repaso anterior, marcado por un ticket de compra que actuaba como improvisado marcapáginas, y siguió leyendo.

En un recuadro mínimo, en letra cursiva, alineado a la derecha, al igual que la dedicatoria inicial, rezaba una especie de cita, que no pudo identificar.

“Quise entrar en el club de los 33, junto a Cristo o Kurt Corbain.
Él no me dejó”

¿Quién no le había dejado entrar en ese club, Cristo, Corbain o una tercera persona?¿Qué era ese club de los 33? – pensó – “Ambos fallecieron a esa edad, si no me equivoco” – ¿Sería que lo tenía planeado previamente para un año antes y algo lo había impedido?¿Qué razón podría tener para postergar una decisión así?¿Por qué no se había aferrado a aquella razón y ahora sí decidía seguirla? Demasiadas preguntas sin contestación, era mejor seguir leyendo antes de continuar especulando.

Era la única impresión en toda la página, pasó a la siguiente.

“Valencia

A decir verdad poco o nada puedo escribir de mis años en Valencia.

Inconscientemente olvidé tomar nota de mis dos primeros años de vida, ignorante entonces de que un día intentaría recrearlos en una biografía.

De aquellos años sólo queda la imaginaria popular y los recuerdos heredados de aquellos que me cuentan historias, que no sé si creer, y que a veces pienso que yo mismo he inventado.

Una de ellas explica el origen de mi nombre, vinculado siempre a la Navidad pese a mi posterior ateísmo.

Nací días antes de esta festividad y la elección de mi nombre, según cuenta la leyenda, no sé si real, inventada por alguien, o producto de mi imaginación, me lo puso alguien en un bar, no podía ser otro lugar, el bar, alfa y omega de mi vida, la barra de una tasca.

Según dicen, o luego inventé yo, mi padre y mi madre habían discutido sobre qué nombre ponerme.

No sé cual defendería mi padre, pero sí sé que mi madre estaría dudando entre Carmela y Luz. Me hubiera gustado darle una nieta con ese apelativo, Luz Carmela. Hoy ya es tarde.

En la refriega nominal mi padre decidió retirarse a tiempo para tomar fuerzas en un bar cercano, recurso que luego yo heredaría, dónde, supuestamente explicó el motivo de la disputa a los presentes.

Ante tan complicado sofisma uno de los clientes arguyó una salomónica decisión. Ni para uno ni para otro, la niña, y dada la proximidad de las fechas, se puede llamar Natalia. Como la periodista Natalia Figueroa, nieta del Conde de Romanones y que hacía unos meses había contraído matrimonio con el cantante Raphael, nuevas referencias históricas que nunca perdonaré.

A mi padre le gustó el nombre y atropelladamente subió a casa a contárselo a mi madre a quien, por lo que hoy reza en mi carnet, no pareció disgustarle.”

Estaba claro. Buscaba una alcohólica, de 34 años, con cierto estatus social, llamada Natalia y que había nacido en Valencia. Eso reducía la búsqueda a “¿diez mil personas?” pensó creyendo que exageraba. Encendió el ordenador portátil que siempre lleva a los viajes, buscó “Natalia, Valencia, 1974” en google y le salieron 119.000 referencias. Incluyó la palabra “suicidio” en la búsqueda, esperando encontrar una noticia sobre un acto luctuoso reciente, pero ninguna de las 14.600 referencias encontradas parecían dirigirse a un hecho de estas características.

¿Cuánta gente se suicidará al día en España? – Pensó – ¿Ocuparán cada uno de ellos un lugar en alguna noticia, aunque sea en un medio local?

Nunca antes le había dado por plantearse estas dudas.

Lo buscó también en Internet, antes de apagar el ordenador y seguir leyendo. Sólo como dato estadístico.

Un escalofrío sacudió su cuerpo al comprobar que el número de muertes por suicidio en España supera al de los fallecidos por accidente de tráfico, alcanzando los 10,7 por cada 100.000 habitantes.

A todo eso había que sumarle las tentativas frustradas. Desolado pensó en qué motivos podían llevar a tantísimas personas a tomar una decisión como esa.

Apagó el ordenador y siguió leyendo.

La danza de la mariposa muerta (Capítulo V)

Capítulo V
Víctor Hugo

Cerró el libro de inmediato. Un frío sudor corría por su frente. Intentó apurar el café pero se había quedado helado y amargaba como la hiel. Se dio cuenta de que ni siquiera le había echado azúcar, pero aún así aquel era el sabor más amargo que había probado. Quizás ácido. Comprobó que en su boca se mezclaban el sabor de aquel horrible café y la salinidad alcalina de sus lágrimas. ¿Por qué lloraba?

La carta no era triste. Era amarga, como el café, ácida como las lágrimas, lacerante, hiriente, pero no triste. Además, “¿qué cojones?”, pensó, “si no conozco a la dichosa Natalia López…”

Volvió párrafo a párrafo la carta en sentido inverso. Buscándole un significado. Era tan solo un testamento vital, pero el de una suicida que quizás en aquel momento estuviera esperando que él llegase a su velatorio a imponer aquella última voluntad.

Pero, ¿por qué él?. Si había otros 49 libros repartidos, y por lo que podía entender por el texto, algunos entre sus allegados, ¿por qué iba él a mover un solo ápice para hacer cumplir aquellos deseos? ¿Cómo iba a localizar a alguien que no sabía si ya había muerto, si lo haría en las próximas horas o si ni siquiera existía?

Se sentía culpable. Debía seguir leyendo inmediatamente para intentar encontrar a la autora de aquel dantesco libro. Miró la hora en su teléfono móvil. Apenas le quedaban 2 horas para llegar al pabellón desde el que debía retransmitir el partido de baloncesto que le había llevado hasta la ciudad condal.

Dejó el precio exacto del menú sobre la mesa y salió corriendo sin despedirse, mientras un tímido “Adeu” se perdía en su espalda. Desorientado buscó el primer metro conocido. Creía que había alguno en Portal del Ángel pero regresó hasta Plaza Cataluña por seguridad. Cogió la línea verde. Tan solo eran 4 paradas hasta Vallcarca, desde dónde su amigo Mario le llevaría al partido en Cornellá.

Pretendía seguir su lectura en el metro, pero por temor a no poder parar prefirió releer el prólogo.

He sido feliz, muchas veces, pero las más me ha tocado sufrir, no sé si por merecimiento propio, si por condena de una vida anterior, (ya reclamaré en la siguiente si es así), o por incomprensión o desmerecimiento de cuántos me rodeaban.

Curiosa síntesis de una vida. Reconocía haber conocido la felicidad pero se lamentaba de un sufrimiento casi permanente. Ironizaba sobre la reencarnación y dudaba. Sobre todo dudaba. ¿Ser o no ser?. ¿El ying o el yang?. ¿víctima o verdugo? ¿culpable o inocente?
¿Quién es culpable de un suicidio? – pensó – ¿El suicida o la situación que lo induce.? ¿Es una decisión propia o una decisión forzada? Y… ¿quién es la víctima? ¿La desgraciada Natalia Pérez o todas esas personas que quedan con un sentimiento de culpabilidad, de soledad?

He decidido morir por mi cuenta. Igual que me ha tocado vivir sola y luchar con autosuficiencia quiero poder elegir el momento en que esta agonía termine.

¿Tenemos realmente ese poder en la mano, ese derecho a elegir?¿Quién si no nos lo niega? Si tenemos derecho a vivir, ¿por qué no tenerlo a morir?

Se sentía mal. Estaba dándole la razón a una suicida. Siempre se había sentido vitalista y tremendamente optimista, y sin embargo tan solo cuatro páginas le habían hecho dudar. Hizo un esfuerzo vano de autoconvicción. “La vida es hermosa” – se repitió – “Hasta de lo malo sacamos buenas experiencias” – Intentó justificarse.

No quiero celebraciones multitudinarias. Puedo resultar engreída, pero por mi estatus quiero creer que a mi óbito acudirán numerosas personas, unas para despedirse y otras para comprobar que realmente he fallecido. En igual número o parecido.

¡Sí! Resultaba engreída. ¡Insultantemente engreída y presuntuosa! ¿Quién se había creído que era…? ¿Quién era…? Se mostraba tremendamente irritado, enfadado con ella. ¿Cuánta gente acudiría a mi entierro? Pensó… cien, ciento cincuenta personas… ¿qué más daba? “Yo no iré al de ninguno de ellos”, ironizó. Pero, ¿cómo podía alguien guardar tal resentimiento como para pensar que acudirían a su entierro a comprobar su fallecimiento?

Me gustaría no soportar una celebración eucarística. Si ya es duro hacerlo viva no puedo imaginar cómo será tumbada en un ataúd sin poder distraer la mirada escrutando los paquetes de los asistentes.

Quisiera descartar los ritos eclesiásticos, pero quiero reservar a mi abuela su derecho a despedir a su nieta en cristiana sepultura, para que al menos su alma descanse, si bien la mía, en caso de haber estado tantos años equivocada, estará ya condenada al fuego eterno.

Sin palabras. Mostraba una falta de respeto absoluta a la eucaristía pero a la vez una sensibilidad exquisita para con las creencias de su abuela. Y dudaba, como Víctor Hugo al final de sus días se aferraba a la idea de haber podido estar equivocada toda la vida. ¿por qué volvía ahora la referencia de Víctor Hugo a su mente?

– Proxima estacio Vallcarca

La voz metálica del altavoz le sacó de su ensimismamiento, cerró el libro y con la cabeza gacha, abatido bajó del metro y se dirigió a casa de su amigo.

La danza de la mariposa muerta (Capítulo IV)

Capítulo IV
Al viento

Releyó varias veces la segunda página, entendió que era una especie de prólogo que explicaba lo que leería a continuación, pero quería analizar cada frase, cada palabra, antes de adentrarse en aquella especie de testamento literario en el que iba a sumergirse.

Se sintió presionado. Sabía que no estaba obligado, pero tampoco podía dejar de leerlo. No conocía a la autora, podía ser todo ficción y alguien estaba riéndose de él gracias a esa maquiavélica idea, pero también podía ser un grito de auxilio de alguien que necesitaba una ayuda y quizás aún pudiera llegar a tiempo.

También podía ser tarde. No sabía cuánto tiempo había estado allí aquel libro hasta que él lo encontró, o incluso era posible que si aún corriese hasta el Fnac encontrase a su autora, con otros 49 libros debajo del brazo dispuesta a seguir el reparto.

Sintió miedo antes de pasar a la siguiente página. Bebió un sorbo de café, quemaba, y humedeciendo ligeramente su dedo índice pasó al primer capítulo.

En negrita, en la cabecera de la página, con una fuente quizás excesivamente grande en comparación con el resto del texto, había una pregunta, ¿por qué? y empezaba el relato:

«¿por qué?

Nunca he entendido las biografías y menos las de personajes vivos.

Claro, que los muertos no pueden escribirlas y con eso descartaríamos las autobiografías. Además, el objetivo esencial para publicar un libro, es obtener ciertos beneficios económicos que un cadáver apenas puede disfrutar, a no ser en forma de un confortable ataúd que, si acaso, daría mejor sustento a los gusanos.

No las entiendo porque siempre estarán faltas de algún capítulo. Siempre será posible una segunda parte, pero esta pierde interés en el momento en el que a partir de que se publique la primera todos sus seguidores estarán pendientes de lo que le sucede al autor, para saber así la siguiente sin tener que comprarla.

Por eso quiero empezar esta autobiografía al revés, desde el último capítulo, que tengo escrito desde que decidí poner fin a esta historia, hasta este principio, que narrará cuándo y cómo se me ocurrió esta locura.

No será una biografía normal. Supongo que ya lo imaginaréis cuantos me conocéis, y lo iréis descubriendo quienes no me conozcan y descubran este libro gracias al destino.

Yo no puedo hacer nada normal. Será un recorrido a saltos por aquellos pasajes de mi vida que me gustaría reseñar y compartir con vosotros. Tampoco pretendo publicarlo y que nadie se lucre de lo que aquí he escrito haciendo bueno el refrán del muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Cómo veis este no es un momento de pena. Así que recoge esas lágrimas de cocodrilo, (si son reales lo siento, no quería ofender), muchas gracias, y comienza a leer.»

Se mostró alarmado, casi enfadado por el descaro de la autora y la forma en que planteaba su suicidio. Notaba resentimiento, sarcasmo y un reflejo de ira que le asqueó. Bebió un nuevo sorbo de café que apenas llegó a sus labios. Las manos le temblaban. Estuvo tentado de abandonar la lectura pero no podía. En aquellas frases llenas de ironía había algo que le atrapaba. Se dio cuenta de que aquel era realmente el prólogo y que los pasajes anteriores no eran más que advertencias para que no hubiera iniciado una lectura que ya no tenía fin.

«No sé si será tarde, espero que no, y que al menos el prólogo os lo hayáis leído antes de comenzar ningún rito esperpéntico que me gustaría evitar en mi sepelio.

He decidido morir por mi cuenta. Igual que me ha tocado vivir sola y luchar con autosuficiencia quiero poder elegir el momento en que esta agonía termine.

He sido feliz, muchas veces, pero las más me ha tocado sufrir, no sé si por merecimiento propio, si por condena de una vida anterior, (ya reclamaré en la siguiente si es así), o por incomprensión o desmerecimiento de cuántos me rodeaban.

Como tal, y aunque no sea la norma, quiero elegir los actos de mi entierro. No quiero celebraciones multitudinarias. Puedo resultar engreída, pero por mi estatus quiero creer que a mi óbito acudirán numerosas personas, unas para despedirse y otras para comprobar que realmente he fallecido. En igual número o parecido.

Me gustaría no soportar una celebración eucarística. Si ya es duro hacerlo viva no puedo imaginar cómo será tumbada en un ataúd sin poder distraer la mirada escrutando los paquetes de los asistentes.

Quisiera descartar los ritos eclesiásticos, pero quiero reservar a mi abuela su derecho a despedir a su nieta en cristiana sepultura, para que al menos su alma descanse, si bien la mía, en caso de haber estado tantos años equivocada, estará ya condenada al fuego eterno.

Sólo pido que ese acto sea privado e íntimo, reservado a un número de personas, no más de 50, que realmente crean y quieran acompañar a mi querida yaya en un día como este.

Para el resto habré organizado algo. Os llegará la invitación pertinente junto a este libro el día que decida que ha finalizado.

No quiero cruces ni iconografía litúrgica en mi esquela, si a alguien se le ocurre encargarla, sería mi última aparición en prensa. Tampoco quiero flores, que no sean orquídeas, ni referencias bíblicas o pastorales en mi sepelio.

No quiero que mis huesos reposen en un camposanto, siendo pasto de los gusanos que algún día un ecologista diga que hay que conservar. Quiero que, tras vaciar convenientemente este saco de penas y repartir fraternalmente sus órganos, se incinere el resto y se lancen mis cenizas al aire para que se esparzan sin contaminar.»

Aquí concluía el prólogo. Un enorme espacio en blanco al final de la hoja dejaba la sensación de estar inconcluso, de esperar que alguien escribiese a mano un final menos trágico y demoledor. Pero no, la leve rugosidad del papel sobre el que estaba escrito solo se asemejaba al polvo ceniciento surcando el cielo.

La danza de la mariposa muerta (Capítulo III)

Capítulo III
Merçe Vins

De pronto el corazón le empezó a latir precipitadamente. Parecía que iba a salírsele del pecho. Necesitaba urgentemente seguir leyendo aquel libro que minutos antes había dado por olvidado.

Corrió hasta la calle del Montsió, buscó la segunda a la izquerda, por la calle Amargós y entro atropelladamente en el restaurante que le habían indicado, un viejo local con paredes de piedra coloreadas que le pareció entrañable, aunque algo frío pese al mosaico multicolor de sus tabiques.

Una amable camarera le saludó en catalán, y aunque él respondió en castellano siguió dirigiéndose a él en la lengua de Rodoreda. Le acomodó en una mesa en la esquina y le facilitó la carta, también escrita, por supuesto, en catalán. Eligió una crema de verduras y una pechuga de pollo. Aunque era incapaz de mantener una conversación en aquel idioma las frecuentes visitas a aquellas tierras le permitía defenderse al menos ante un menú.

Abrió el libro por la primera página, que leyó y releyó cien veces dudando aún si debía pasar a la segunda. Lo cerró de nuevo. Se comió la crema de verduras que empezaba a enfriarse y lo volvió a abrir, esta vez directamente por la segunda página.

«Hola, me llamo Natalia, tengo 34 años y si has llegado hasta aquí sólo te pido que ya no abandones la lectura de este libro hasta el final. Seguramente cuando leas estas letras habré fallecido. Pero este es mi único legado.

He editado 50 ejemplares como este que he repartido por otras tantas librerías del país, elegidas aleatoriamente entre los lugares que he visitado en los últimos años. Si ha llegado a tus manos es porque el destino así lo ha decidido y por eso te encomiendo mi última voluntad. Leelo».

Cerró el libro con los ojos incomprensiblemente llorosos. No conocía de nada a aquella escritora cuya obra, presúntamente póstuma, estaba leyendo, pero la seguridad de sus palabras, con la que se enfrentaba a una muerte segura, y la frialdad que demostraba al haber dedicado los días, quizás meses, previos a la redacción, edición, publicación y posterior reparto de aquellos libros le estremecía.

Casi sin apetito pellizqueó la pechuga de pollo que se había quedado fría y dura como una piedra, y que entró por su faringe arañando el nudo que se le había hecho en la glotis. Pidió un café con leche y siguió leyendo.