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La danza de la mariposa muerta (Capítulo II)

Capítulo 2
Café Zurich

«Si este libro ha llegado a tus manos es el destino quien lo ha puesto ahí. Si crees en él, sigue leyendo, si no dejalo dónde estés para que llegue a su destinatario final.
Natalia López»

Era la prímera página del libro. En pequeño, en cursiva y en un minúsculo cuadradito, justificado a la derecha, en el centro de la página incial, rezaba esa dedicatoria. Se había sentado en la terraza del café Zurich a esperar la hora de la comida, impaciente por comenzar la lectura del libro que tan misteriosamente acababa de llegar a sus manos.

Lo cerró de golpe. Nunca había creído en el destino. Era incapaz de aceptar que cada uno de nuestros actos estuviesen preconcebidos y que nuestro futuro estuviese dictado sin posibilidad de cambio. Presumía de haberle hecho suficientes quiebros a Hades como para que su futuro no hubiese metamorfoseado en innumerables ocasiones.

Decidió dejar allí el libro una vez que abandonase la mesa y enfrascarse en la lectura del «palacio de la luna», que afortunadamente no llevaba ninguna imposición, excepto la de tener la mente suficientemente despejada como para comprender otra de las paranoias de Auster. Lo que no le supondría ningún problema tras haber sobrevivido a «Brooklyn Follies», «Un hombre en la oscuridad», «Leviatán» y sobre todo, a la «Trilogía de Nueva York».

Durante cerca de dos horas amortizó el 1,80 € pagado por un café devorando una a una las primeras cien páginas del libro, que le resultó demasiado parecido a otros del autor, ligeramente decepcionante.

Cerró el libro de Auster, dejó sobre la mesa los 20 céntimos que sobraban de los dos euros pagados por el café, en calidad de arrendamiento de la mesa durante tanto tiempo, y se levantó dejando intencionadamente sobre la silla el libro que tan fugazmente había pasado por sus manos, pero que entendía que no le pertenecía.

Sin mirar atrás se fue alejando del Café Zurich. Cruzó la plaza de Cataluña y comenzó a bajar por la avenida del Portal del Ángel, en busca del restaurante que le habían recomendado. De repente una mano sobre su hombro y un jadeo a sus espaldas, no es capaz de precisar qué identificó antes, le sobresaltaron. Giró bruscamente, en posición de defensa, y se encontró con un agotado camarero que llevaba en su mano el libro que acababa de abandonar en la cafetería.

– Disculpe señor – Le espetó, aún jadeante – Se ha dejado este libro sobre la silla.

– Muchas gracias – masculló dubitativo. Metió la mano en el bolsillo, sacó el euro destinado al metro y se lo entregó.

– Tome… para un café… – dijo arrepintiéndose en el momento, avergonzado por lo ridícula que sonaba aquella invitación a un camarero.

A punto estuvo de decirle que se quedara con el libro, que ya lo había leído y que prefería que se lo quedara él, pero justo en ese momento, miró la solapa de la blanca chaqueta del camarero y observó estupefacto que se llamaba como él. En una dorada chapa rectangular figuraba su mismo nombre y sus dos apellidos.

Convencido de que aquello sólo podía ser un guiño del destino tomó el libro y siguió andando, deshaciéndose en agradecimientos mientras se alejaba de su homónimo camarero.

La danza de la mariposa muerta (Capítulo I)

(leer el prólogo en la entrada anterior,
si no lo has leído ya, claro, que si no te verías envuelto en una lectura cíclica de la que no podrías salir)

Capítulo 1
Barcelona

Llevaba todo el día paseando por la Rambla.

Se apeó del metro en Liceu y a medida que subía las escaleras fue descubriendo la amalgama de olores, colores y sonidos que se concentran en este populoso paseo barcelonés.

Como es habitual, cada vez que visita esta ciudad, fue bajando con dirección a Colón, con paso lento, deteniéndose en cada puesto, a los pies de cada estatua humana y en todos y cada uno de los kioskos de prensa que se multiplican por doquier en esta vía.

Acostumbrado a la escasa oferta editorial existente en su localidad natal aprovecha estos esporádicos viajes, ya sean a Barcelona, como en esta ocasión, o a cualquier otra gran urbe, para inspeccionar minuciosamente las distintas colecciones de libros y dvds que ofertan las distintas editoriales, buscando siempre algún ejemplar de primera edición digno de engrosar su biblioteca por un exiguo coste.

Entre un gran número de coleccionables encontró la reedición de la bibliografía de Isabel Allende, que volvía a caer en el error de comenzar por el infumable muermo de «Inés del alma mía», lo que le hizo descartarla nada más ver su portada.

Encontró también una colección sobre Alfred Hitchcock, con una estupenda biografía que a punto estuvo de adquirir, y otra recopilación conmemorativa del 40 aniversario de Anagrama, que por algo menos de 4 euros incluía «El palacio de la luna» de Paul Auster.

Siguió bajando hasta el museo de Cera y, como también es costumbre en sus visitas a la ciudad condal, entró a tomar café en «El bosque de las Hadas», desde donde mandó un mensaje a la persona, que pese a estar a más de 800 kms., le había acompañado virtualmente en aquel paseo, ya fuera por darle envidia, o por compartir aquel momento tan especial en previsión de poder repetirlo juntos algún día.

Siguió su marcha hasta Colón y tras una visita fugaz a las tiendas del Maremagnum regresó, rambla arriba, disfrutando del agradable sol de invierno y del mosaico de culturas que poco a poco habían ido poblando la calle a lo largo de la mañana.

Se detuvo en los puestos de animales, pensando si alguno de aquellos quelonios soportaría el largo viaje de vuelta, o si le permitirían montar un hurón en el autobús. Continuó su marcha hasta plaza Cataluña y, viendo que aún le quedaba tiempo hasta la comida se sumergió en la nube de libros del Fnac de «El triángulo».

Sabía que no podía comprar ningún libro. Apenas llevaba dinero para el billete de vuelta del metro y el menú del día en alguno de los restaurantes la puerta del Ángel, pero no podía evitar pasearse por aquellos pasillos repletos de libros y respirar su olor a nuevos, a historias por descubrir, mientras ojeaba con avidez sus lomos, memorizando títulos que algún día poblarían las estanterías de su casa.

Se sorprendió por la alternancia de títulos recientes a la par, en castellano y catalán y, una vez más, se resignó a ver casi vacío el estante de libros dedicados a poesía, esperando, infructuosamente, encontrar algún ejemplar de las obras de su amigo Jose Manuel Díez.

Siguió dando vueltas, primero entre las obras contemporáneas, luego centrándose en la organización por autor por orden inverso, Dante, Bukowski, Auster… Encontró «El palacio de la luna» a 10 euros, en edición de bolsillo, por lo que decidió comprarlo en el kiosko de abajo.

Cuando iba a salir, y entre los libros de cocina, que se amontonaban en la puerta como dispuestos en un mercadillo listos para el «rebusque», le llamó la atención un pequeño libro con la portada de colores. Le recordó a la colección «antologías» de la editorial «Renacimiento» pero las bandas eran ligeramente más gruesas y predominaba el amarillo en lugar del rojo o el verde. En el centro, sobre un cuadro celeste figuraba, en letras blancas, el título «La danza de la mariposa muerta» y, en pequeño el nombre de su autora, Natalia López.

No figuraba ningún precio, ni había una sinopsis en la contrapasta que explicase su argumento, tan solo un código de barras y un número de ISBN. Era un libro pequeño, igual que los antes citados de «Renacimiento», y apenas si llegaría a las 200 páginas.

Sin saber por qué se sintió irremisiblemente atraído por aquel libro. No quiso abrirlo, prefería dejarlo para un momento en que pudiera devorarlo entero sin pausas, quizás durante el largo viaje de 12 horas para la vuelta.

No sabía qué misteriosa atracción ejercía aquel ejemplar sobre su voluntad. Quizás su título, la antonimia entre danza y muerte, o descubrir ese revolotear de mariposas que desde hacía meses creía muertas y que de repente hacía unas semanas habían vuelto a danzar en su estómago, y sentirse identificado.

No era capaz de comprenderlo, pero cogió el libro y se dirigió a la caja dispuesto a sacrificar su menú del día por aquella obra desconocida de aquella escritora anónima.

El cajero pasó el libro por el lector de código de barras sin recibir respuesta de su TPV (terminal de punto de venta). Volvió a repetir la operación con idéntico resultado. Visiblemente molesto escribió el código de barras en el teclado sin obtener contestación alguna. Se fue al ordenador de almacén y tecleó el nombre del libro sin que apareciera en el catálogo, tampoco su autora.

– Lo siento señor, este libro no pertenece a este centro. – Le señaló el dependiente amablemente

– ¿Cómo? – Preguntó

– Que no pertenece a este centro, que alguien lo habrá dejado olvidado

– ¿Entonces? – Volvió a preguntar extrañado

– Entonces nada – Dijo el cajero, visiblemente malhumorado – tiene dos opciones, si se lo quiere llevar haré como que no ha pasado por aquí, y si no lo deja en caja central como objeto perdido.

No se lo pensó. Metió el pequeño libro en uno de sus bolsillos y salió del centro comercial como si alguien le persiguiese. Se dirigió al kiosko de enfrente y compró el coleccionable de Anagrama con «el palacio de la luna» de Auster por 3,95 €.

La danza de la mariposa muerta (prólogo)

Prólogo

No sé si es habitual prologar un cuento, pero es que tampoco sé si este relato que hoy comienza se quedará en eso, sólo un cuento. La idea lleva rondándome la cabeza desde el pasado viernes en Barcelona, precisamente allí es donde se inicia la historia, y aunque en principió surgió como un relato breve, poco a poco ha ido cogiendo volumen sin ser consciente ahora mismo hasta dónde llegará.

Claro, que como cuentista me di cuenta anoche, leyendo a Bolaño, de que no tenía futuro ninguno. No porque pretendiera parecerme ni por asombro al genial escritor chileno, si no porque en sus consejos para escritores de cuentos enumera una serie de condiciones que nunca reuniré, al menos a la hora de afrontar este relato.

Primero sugiere que los cuentos no deben abordarse de uno en uno, sino pensarse en grupos de al menos 3 ó 5, y si ya me parece dificil darle continuidad a una idea cuánto más lo será pensar en 3 o más a la vez.

Después entre sus recomendaciones me encuentro en una encrucijada. He leído a Quiroga, por supuesto, pero no se quién es siquiera Felisberto Hernández, con todos mis respetos. He leído a Rulfo, a Cortazar y a Bioy Casares, pero no a Monterroso ni a Petrus Borel, ni me visto como él.

He leído algo de Renard, pero no conozco ni de lejos a Marcel Shwob ni a Alfonso Reyes. Por supuesto que he leído a Borges y a Allan Poe, pero no a Lord Brooke ni a Edgar Lee Masters ni a Enrique Vila-Matas, y lo reconozco, tampoco a Chejov ni a Carver.

Claro que todo esto se puede solucionar y ya tengo en mi lista de prioridades a los autores antes mencionados que aún no han pasado por mi mesilla, pero hay algo que no puedo remediar, he leído a Umbral y a Cela y dice que nunca un buen cuentista podrá leer a estos dos escritores. Lo siento, pero tendré que dedicarme a otra cosa.

Claro, que ya hace años leí a Nabokov, en su curso de literatura europea, señalar que para ser un buen escritor nunca se deberían leer más de cinco de las grandes obras de la literatura continental, con lo cual, ya desde entonces, desterré mi aspiración de que mis historias sobrepasasen las barreras de esta caverna.

Con lo cual, y ya que soy consciente de que este no será más que un humilde cuento sin aspiraciones, espero que al menos vosotros y vosotras, que os pasáis de vez en cuando por aquí, disfrutéis de su lectura.

Aprovechar el día

Cada noche al acostarse solía escribir en su diario lo que había hecho durante el día. Durante años fue enumerando la gente que conoció, las lecciones que aprendió, su primer beso, el segundo, y aquella mirada que le había impactado.

Cada día una historia diferente que pasaba a engrosar su ya amplio diario. Sin embargo aquel día no sabía que escribir. Eran tantos los días vividos, tantas las experiencias, que no sabía que destacar de aquel día insulso.

Así que escribió, con un lenguaje infantil: «me levanté a las 9, abrí la ventana, ma lavé… Me acuesto a las 12….»

Le pareció demasiado pueril, un recuerdo de infancia, así que buscó su primer diario, un cuaderno verde, de hacía 20 años que empezaba… «Me levanté a las 9, abrí la ventana…»

Entonces se dio cuenta de que cada día, por desaprovechado que pareciera podía empezar una nueva vida, como aquel en que empezó a escribir.

Echó un vistazo al distintivo que le reconocía como premio Cervantes de ese año y se fue a acostar satisfecho.

Cuentos de África – La bella Fatiha XIV (y último)

Llegamos a nuestro puesto de frontera en la mañana del día de reyes. Nos repartieron por nuestros destinos correspondientes y a Soltero y a mí nos tocó el turno de comunicaciones. Nuestra misión era relevarnos en el puesto de radio para recibir las indicaciones de los puestos de vigía. Cualquier incidencia, cualquier intento de asalto a la frontera o cualquier movimiento pasaría primero por nuestros oídos, antes de ser comunicado al mando correspondiente.

Durante horas estuvimos escuchando el sordo estertor de la radio muda. De vez en cuando eramos nosotros quienes preguntabamos a los puestos por su situación, más por matar el aburrimiento y evitar que se durmieran que por un interés real, ya que sabíamos que en cuanto pasara algo se nos informaría oportunamente.

Emmanuel decidió que era el día oportuno para intentar el asalto a la frontera. Era una noche despejada y de media luna, son suficiente luz para avanzar con tranquilidad pero no demasiada para ser descubiertos. Como buen arma, de sus ancestros cristianos, recordó que era la noche de reyes y le contó a sus compañeras de viaje la vieja tradición cristiana.

Les alentó diciendo que ellos seguían su estrella y que no podían fallar en el viaje si permanecían juntos siguiendo su estela. Se abrazaron, miraron la estrella del norte, que había de guiar sus pasos, y empezaron el camino.

A media tarde el subteniente al mando se pasó por nuestra tienda a interesarse por nuestro estado. Era mi turno de guardia y le pidió a Juanmi que le acompañara. Iban a hacer el relevo en los puestos de vigía y quería darle a cada compañero unos caramelos que habían comprado en el Tarajal para pasar la noche.

A la vuelta descubrieron la sorpresa que nos tenían preparada. Sobre la mesa fueron depositando platos de carne y marisco que habían adquirido para esa noche sin que nadie, más que ellos dos, se enterara de nada. La cena fue frugal y fugaz. Pendientes de la radio devoramos con avidez las viandas y volvimos inmediatamente a nuestra cabina de control.

No sé si era mi turno o el de Juanmi. Daba igual. Allí estábamos los dos pendientes del transistor mientras nos contábamos nuestras noches de reyes anteriores con la familia o los amigos.

Fueron haciendo el camino en silencio. Los 7 supervivientes de aquella atroz aventura en busca de la libertad, de los sueños de toda una vida. Cualquier movimiento en falso podía denunciar su presencia y saltar las alarmas. A lo lejos escucharon los gritos de un joven, de alguna otra expedición similar a la suya, al que algún mehani estaba cobrando en carne su pasaje. Se miraron aterrados y Emmanuel miró a la estrella.

Todos comprendieron que debían seguir su camino. Pasaron por las cercanías de un puesto de vigilancia. Los ronquidos de su habitante se escuchaban por encima de los bufidos del burro que esperaba en la entrada y que servía de medio de transporte a los soldados marroquies cuando cambiaban su turno cada semana. Descendieron el ritmo pasando casi a hurtadillas. La valla se veía de lejos, una interminable línea de luz que cruzaba el horizonte.


La radio seguía muda. Solo se interrumpió unos segundos cuando uno de los soldados nos indicó que había escuchado unas voces tras la valla. El subteniente nos dijo que nos olvidaramos de lo que pasaba al otro lado, que poco podíamos hacer por lo que allí sucedía.

Conectó el radar y nos mostró lo que sucedía. En la pantalla se apreciaron dos siluetas, una de ella en pie y la otra de rodillas, era violada violentamente. Apagó la pantalla. Fui al servicio a intentar vomitar la espléndida cena que nos habían regalado, pero solo pude llorar. Volví al puesto con los ojos enrojecidos y el subteniente murmuró que yo no estaba hecho para aquello. Ni yo ni nadie.


Llegaron hasta la valla. Dos metros y medio de alambrada se alzaba sobre sus cabezas y en el suelo no se divisaba ninguno de los tragantes que los pastores les habían indicado que encontrarían. Fueron recorriendola palmo a palmo. Del otro lado unos jóvenes vestidos de militares, con tanto miedo como ellos les saludaban tímidamente.

De pronto a sus espaldas escucharon unos ruidos, gritos ladridos y un par de disparos. Emmanuel trepó hasta lo alto de la valla y ayudó a Fatiha a subir, mientras Mirenne la empujaba desde abajo. Dos mehanis y varios perros llegaron hasta el lugar y Emmanuel dispuso sus manos para que Fatiha se impulsase y saltase. Era una situación desesperada y a tres metros de allí estaba la salvación.


La voz llegó temblorosa del otro lado de la radio. «Se ha c….» «Está….» «La han tirad…..», era lo único que podíamos comprender en la voz llorosa de un niño jugando a ser soldado. «Identifíquese recluta» le insistimos desde nuestro puesto. «Soy el soldado Rodríguez» fue lo único que se escuchó. Cogí la planilla de los turnos. Comprobé en que puesto se encontraba el soldado en cuestión y salí corriendo en busca del subteniente.

Le conté lo que pasaba, me pidió explicaciones y le dije que solo se había escuchado eso. Rápidamente montamos en el todoterreno. Abandoné mi puesto, mi fusil y parte de mi indumentaria en la tienda. Pero la angustia era mayor que cualquier indicio de responsabilidad militar en aquel momento.

Llegamos al puesto y allí, blanco como la nieve, llorando como un niño con fiebre, en pie, parado, sin reaccionar, como una estatua de sal, estaba el soldado Rodríguez.

A sus pies la bella Fatiha yacía muerta. Tendida sobre un charco de sangre tras la caída, con su abultado vientre apoyado en la dura tierra que tanto había anhelado alcanzar.

Allí acabaron sus sueños. Allí se apagó su estrella y allí fallecieron, junto a Fatiha, mi fe en el destino y en los finales felices.

Allí nació mi odio a las fronteras que sirven para separar y no para unir naciones, que sirven para diferenciar a personas y no para mezclarlas.

Allí empecé a ser quien soy hoy.

Este cuento es una recreación ficticia de lo que pudo suceder previo a aquella fatídica noche de reyes. La histora de Fatiha, así como muchos de los datos dados a lo largo del cuento pueden ser o no reales. Lo que si es cierto es que en aquella frontera han muerto y siguen muriendo muchas Fatihas y nosotros seguimos mirando hacia otra parte, ignorantes de lo que sucede a nuestro alrededor y de la suerte que tenemos de poder estar hoy leyendo esta historia comodamente sentados ante nuestro ordenador.

Me gustaría que el final hubiese sido feliz, pero desgraciadamente es una de las pocas cosas reales de este cuento. Los nombres de algunos personajes de la historia han cambiado por respetar su intimidad, otros se han mantenido para no restarle credibilidad a la historia. En la mano de cada uno está el creer o no creer en esta historia, al igual que en la mano de todos está el hacer o no hacer algo para evitar que se repita cada día.

Cuentos de África – La bella Fatiha XIII

El viaje a través de Marruecos no fue sencillo. Si dura fue la travesía por el desierto no menos lo fue el calvario que tuvieron que sufrir para atravesar el país magrebí. Durante el día intentaban avanzar lo más posible, siendo atracados continuamente tanto por maleantes como por los mehanis, los carabineros marroquies que eran aún más despiadados que los propios asaltantes.


Mirenne, Fatiha y Emmanuel decidieron juntar su dinero y repartirlo equitativamente entre los tres para no perderlo todo en caso de que uno de ellos fuera atracado. Viajaban en una piña y a cada maleante o militar que les asaltaba le ofrecían cierta cantidad de dinero para que les dejara continuar. Poco a poco vieron como sus pertenencias iban menguando considerablemente a sabiendas que aún les quedaba la parte más cara del viaje. El paso por la frontera española.

Mientras tanto el embarazo de Fatiha era cada vez más evidente y el camino se volvía más pesado y dificil. Las defensas de la Malinesa empezaban a flojear y fue Mirenne quien sacó fuerzas de flaqueza para ayudar en sus últimos días de camino a su compañera y amiga.

Las atenciones médicas de Emmanuel permitieron que el embarazo siguiese su curso y sus continuas muestras de cariño se fueron transformando en un amor mutuo que les permitía pensar en un futuro juntos y alentarse para la aventura. Unidos por un mismo sueño alcanzaron Fahama, el último punto de parada antes de llegar a Ceuta.

Las fuerzas eran mínimas, el dinero apenas llegaba para el paso de uno de ellos por la frontera y de los 10 viajeros que partieron de El Aiun tan solo 7 habían llegado hasta la pequeña meseta marroquí, Mirenne, Fatiha y Emmanuel entre ellos. El resto habían ido abandonando la expedición por el camino por falta de fuerzas o por falta de dinero.


Se cobijaron junto a un gedi, una especie de estanque natural formado por el agua de lluvia, y decidieron pasar allí 2 ó 3 días para descansar, recuperar fuerzas y afrontar el asalto definitivo a la frontera. Como no tenían dinero suficiente para los 3 habían decidido buscarse la vida por su cuenta, evitar a los mehanis hasta llegar a la frontera y buscar allí algún acceso.

Unos pastores de Fahama les indicaron que no era difícil, que bajo la valla había 3 ó 4 pasos de agua por los que podían colarse en tierras españolas y que una vez en Ceuta sólo tenían que entregarse a cualquier militar, les mandaría a Calamocarro y allí ya les indicarían como sobrevivir y quedarse en España. Decidieron intentarlo así y si no, en última instancia, pagar el paso de Fatiha, quien se negaba a abandonar a sus compañeros sin al menos intentarlo antes los tres juntos.

Cuentos de África – La bella Fatiha XII

En tan solo dos meses pude conocer de primera mano la realidad de la inmigración, que tan tergiversada llega en ocasiones a nuestros oídos, alterada sobre todo por la promiscuidad sensacionalista de muchos de los que se encargaban de informar desde allí.

Fueron varias las discusiones con Miriam al respecto y muchas las aventuras con Tomás para ir descubriendo el negocio montado entorno a la propia inmigración por las mafias de la droga y la penosa realidad de los realmente pobres, cuya mayor desgracia era no poder convertirse siquiera en inmigrantes, y se dedicaban a cruzar diariamente la frontera en busca de alguna ayuda, ya fuera altruista o hurtada.

Cada día comparábamos la diferencia entre los pobres inmigrantes de Calamocarro, el campamento de refugiados donde se concentraban los inmigrantes subsaharianos llegados a la ciudad, y los pobres inmigrantes magrebís que malvivían de la caridad y el robo, volviendo cada noche a su país a llevar a sus familias su exiguo botín.


Los primeros cogían cada mañana el Ferrys dirección a Algeciras, portando varias bellotas de droga en su interior, para así pagar los emolumentos de su viaje hasta allí, mientras los segundos la consumían apostados en la muralla del paseo marítimo, viendo partir los barcos que nunca podrían coger.

Algunas noches me vestía mi uniforme y salía de maniobras con mi unidad para observar desde el monte Hacho el tránsito de pateras por el estrecho con el radar Arine, que nos permitía hasta escuchar las conversaciones de los barcos a kilómetros de distancia. Con todo esto pude hacerme una imagen empírica de lo que allí sucedía, pero me faltaba algo y estaba por llegar.


Justo antes de las navidades nos dieron la noticia. Pasariamos la noche de reyes, y las dos siguientes en la frontera, haciendo guardia frente a la valla que separa España de Marruecos. Las guardias en frontera estaban destinadas principalmente a la Guardia Civil, pero la falta de efectivos obligaba a reforzarla con militares profesionales y en ocasiones puntuales, como aquel invierno del 99, con soldados de remplazo.

Juanmi y yo no nos lo pensamos. Y el día 5 de enero allí estábamos montados en el todoterreno militar dispuestos a vivir una nueva experiencia.

Cuentos de África – La bella Fatiha XI

Llamaron a la puerta y les abrió un marroquí con cara de pocos amigos. Se presentó como Mohamed Ben Afu y gestualmente les invitó a entrar en el almacén donde descansaban hacinados sus compañeros de viaje y aproximadamente otra decena de viajeros a los que no conocían. Previamente les cobró sus servicios. Por adelantado como todos, 50.000 francos por cabeza, que de nuevo pagó Fatiha.


Se sentaron junto al joven de la manta roja, al que por primera vez en mucho tiempo veían despierto, y le agradecieron sus gestos a lo largo del viaje. El joven sonrió y asintió con la cabeza. Dijo llamarse Emmanuel y señaló que procedía de la zona de Kayes, cerca de Senegal.

Era médico y disfrutaba de una situación acomodada en su país, pese a proceder de la pobre tribu de los armas, quizás por eso un envidioso jefe bambara le había denunciado falsamente por practicar de forma ilegal el aborto en el hospital en el que trabajaba. Amenazado de muerte tuvo que huir del país y ahora ocultaba su nombre bajo el seudónimo de Ben Ali Toure, un nombre que aún siendo de procedencia arma le permitía viajar sin ser identificado.

Apenas había terminado su historia cuando la puerta del almacén se abrió de golpe. Empezaba a anochecer y había que actuar con celeridad. Se subieron rápidamente al camión, les cubrieron con una lona y reanudaron su travesía sin apenas ver por dónde circulaba aquel vehículo.

El viaje duró tres días. Estaba diseñado para viajar de noche y ocultarse de día. Pararon en Abadla, donde durmieron en una gran tienda de campaña, y en Oujda, donde finalizaba el trayecto. Allí les hicieron bajar junto a la frontera y sin siquiera un saludo de despedida el camión partió de regreso a Tindouf, dejándoles una vez más con tan solo sus maltrechos pies como único medio de locomoción.

Se hicieron dos grupos. Uno intentaría la entrada en España por Melilla, mucho más cercano pero casi inaccesible, y el otro por Ceuta, que requería un ímprobo esfuerzo para moverse por tierras marroquies pero garantizaba un acceso más asequible al país.

Fatiha, Mirenne y Emmanuel optaron por este último. La presencia del joven doctor alentaba a las mujeres para afrontar la nueva aventura que se les presentaba. Junto a ellos caminarían otros 7 jóvenes de distintas nacionalidades centroafricanas, algunos compañeros de viaje desde el inicio otros incorporados en Tindouf. Los que optaron por Melilla tomaron dirección a Nador y los que viajarían hasta Ceuta se separaron del grupo buscando cobijo el El Aiun, para desde allí dirigirse a Alucemas y continuar hasta la ciudad española cruzando Tetuán.

Cuentos de África – La bella Fatiha X

Cuando volví del permiso de la jura de bandera me incorporé a la Unidad de Inteligencia. Compartía cuarto con otros 3 reclutas, uno de mi remplazo y dos de alistamientos anteriores. De las promesas que me habían realizado para la captación sólo fallaron en una, no pude elegir chófer. Directamente me asignaron a Juan Miguel Soltero, el compañero de habitación que pertenecía a mi remplazo y venía recomendado por un subteniente de la compañía. Hoy me alegro de que así fuera pues esto me ayudó a encontrar a un excelente amigo con quien compartí parte de esta aventura.


La residencia era perfecta. Baños individuales, camas confortables y espaciosos armarios empotrados en lugar de las engorrosas taquillas metálicas que tantos dolores de cabeza nos habían dado durante la instrucción para salvaguardar nuestra intimidad y nuestras pertenencias.

Estabamos exentos de la mayoría de los servicios del cuartel, como limpieza o cocina, y las guardias se podían contar con los dedos de las manos. Mi uniforme se pasaba semanas enteras descansando en el armario y apenas me afeitaba y pelaba más allá de lo que la propia estética me dictaba. A veces, por pura rebeldía, incluso me saltaba las normas del buen gusto mostrando un aspecto desaliñado que pronto se convirtió en una de las comidillas del cuartel.

Mi misión, como habían dicho, era escribir dos artículos semanales, uno para cada uno de los periódicos de la ciudad, el Pueblo y el Faro de Ceuta, con entrevistas a soldados que destacaran por algún motivo especial o cubriendo información sobre los eventos militares que se celebrasen.


Apenas trabajaba uno o dos dias al mes, tiempo suficiente para dejar escritas y maquetadas las páginas de cuatro semanas y olvidarme de mi trabajo durante 30 días. El resto del tiempo lo dedicaba a deambular por la ciudad o participar en interesantes tertulias con los periodistas de la zona.

Así conocí a Tomás Partida, del diario el Mundo, Miriam Pedrero, de informativos telecinco, y otra serie de profesionales que me contagiaron su pasión por el periodismo. Juntos vivimos varias experiencias que contaré en futuros cuentos de África y que me sirvieron para formarme como persona y como profesional, aunque sin título.


Mi vida transcurría entre la redacción de los periódicos, la frontera marroquí o Tarajal, dónde día a día nos apostábamos a observar y estudiar el contínuo trasiego de personas, la gran vía de Ceuta, centro neurálgico de la ciudad, y el café Real, refugio de cientos de tertulias apartadas de la continua vigilancia de los recelosos mandos, que intentaban evitar a toda costa una relación fluida con los medios civiles de la plaza.

Cuentos de África – La bella Fatiha IX

Cuando despertaron la expedición ya había partido de nuevo. A su lado encontraron, una vez más, la manta roja con las oportunas dosis de agua debajo. Así fueron sucediendo los días. Cada noche avanzaban, a lo largo de la imaginaria línea que divide Mauritania de Argelia, y por las mañanas dormían bajo sus mantas refugiándose del abrasador calor que les hostigaba.

Cada amanecer dejaban la manta roja sobre el aterido cuerpo de su propietario y cada noche la recogían junto a las pequeñas cantimploras cargadas de agua. Sin cruzar una palabra. Sin dedicarse siquiera la mirada de agradecimiento con que depositaban la manta sobre su tembloroso y desconocido amigo y compañero de viaje.

Tras casi dos meses de marcha llegaron a Tindouf, parada obligada en su éxodo. Allí, según instrucciones, deberían buscar a un tal Mohamed Ben Afu, que les trasladaría en un camión hasta la frontera con Marruecos, dónde deberían reanudar su viaje a pie. Cuando llegaron a la populosa y militarizada ciudad Argelina sus compañeros las esperaban en un pequeño almacén a las afueras de la ciudad.


No fue dificil dar con ellos. En cuanto llegaron a las inmediaciones de la ciudad un militar les dio el alto. Asustadas intentaron explicar su situación. El soldado pidió que callaran y les dijo que sabía a qué iban y a quién buscaban, que a cambio de 10.000 francos las conduciría hasta el almacén donde aguardaban sus compañeros.

Fatiha sacó el dinero y el militar, que lucía en su hombro una estrella de alférez, hizo un gesto para que se acercara un pequeño Jeep, les pidió que montaran y sin cruzar una palabra con ellas el conductor, un soldado raso por lo que se veía en su uniforme desprovisto de galones, se adentró en la zona comercial de la ciudad, a las afueras de la plaza militarizada.

En una zona tumultuosa, cerca del zoco, dónde comerciantes saharauis regateaban con proveedores argelinos el precio de las viandas que luego llevarían a los campamentos, de refugiados el vehículo se detuvo. Cuando se fueron a bajar del mismo el militar se dirigió a ellas por primera vez en todo el trayecto. Les dijo que no habían llegado aún al sitio, pero que si querían continuar debían pagar 5000 francos más. Mirenne abrió la boca para protestar, pero antes de que una palabra llegase a su garganta Fatiha la detuvo, entregó los 5000 francos y pidió que siguiera el viaje.

El militar recogió el dinero y lo ocultó en sus botas, luego señaló la puerta de un pequeño almacén a 100 metros escasos del vehículo y les dijo que allí estaban sus compañeros. Mirenne volvió a amagar una protesta, pero esta vez fue ella misma la que comprendió la inutilidad de la misma, y se resignó a bajarse del coche con un gesto forzado de agradecimiento.