Archivo de la etiqueta: Cuentos

Rutina (VII)

Fue un martes. Se había levantado a la hora habitual, las 7,19. Había escuchado el sonido del despertador de Jacob, y el ronquido de su viejo Seat, de pintura raída y paragolpes atado con una cuerda.

Había escuchado la trequeteante persiana verde de José y el oportuno saludo de los perros de la vecindad. Durante varios minutos había estado esperando la salida de Sara, quien por primera vez en varios años no esperaba el autobús de las 7,35. Primero se asustó. Luego buscó mil excusas que pudieran explicar esa ausencia a la rutina diaria: se encuentra indispuesta, cosas de mujeres, el profesor es quien se ha puesto enfermo, no tiene clase, es algún día de fiesta estudiantil, alguna huelga… había mil razones que podían explicar su falta a la asiduidad. Se quedó mirando por la ventana y vio a la anciana del segundo que regresaba a casa. Pero ese día no hubo coche rojo que la atosigara con sus bocinazos, ni que a las 7,56 recogiera a Jasón en la calle.

Jasón estaba inquieto. Era la primera vez que esto sucedía en años. La única vez que alguien había roto su rutina, que habían contradicho las ordenes de lo establecido en las páginas amarillas que descansaban sobre su mesita de noche. Nunca las había leído, ni siquiera abierto. Pero las páginas que antaño se antojaban blancas, puras, impías, hoy reflejaban un tono amarillento fruto del paso de los años.

Sonó el teléfono. Algo nuevo también en aquel día apocalíptico en que todo se empeñaba en romper la rutina. Lo había puesto porque se lo había exigido, mediante un post-it, la joven desconocida encargada de las labores caseras. Él nunca lo había utilizado. Ni siquiera recordaba dónde estaba ubicado. Siguió el insistente ruido que confundía los tañidos de los tambores que hoy marcaban un ritmo anormal y lo encontró sobre el microondas. El único electrodoméstico que sabía utilizar.

Al otro lado de aquel infernal invento, que había confundido incluso los timbales de la vida, alguien le anunció que, por algún motivo desconocido la máquina central se había parado y que debía acudir en el autobús de las 8,35 para intentar ayudar en su reparación.

Alguien en la empresa había comentado sus conocimientos de informática y electrónica y le estarían eternamente agradecidos su lograra solucionar el problema. Asombrado colgó. Los tambores sonaban fuertes, rápidos, mucho más de lo habitual. marcaban un ritmo impetuoso, como si buscaran llegar rápidamente a esa hora en que había sido citado. Como si intentaran adelantar al mismo tiempo. Se preguntó si aquello estaría escrito en aquel viejo libro de tapas resquebrajadas en cuero que le observaba desde su mesita de noche, pero no se atrevió a abrirlo. Los tambores sonaban rápidos y debía acoplarse al nuevo ritmo.

Bajó las escaleras precipitadamente. Tanto que casi atropella a la anciana del segundo que salía a por el pan y que le sonrió, por primera vez, y le dio los buenos días, a los que respondió con un sonido gutural. En el primero la señora de la casa comenzaba la limpieza del portal y, también con una amplia sonrisa, procedió a saludarle. Saludo al que contestó con un buenos días ligeramente más inteligible que el anterior. Era la primera vez en su vida que tenía contacto con sus vecinos. Nunca había asistido siquiera a las reuniones de la comunidad.

Eran las 8,20 cuando llegó a la parada del autobús. Faltaban 15 minutos para que llegara. Aún así le parecía haber llegado tarde. Los tambores machaconamente marcaban un sonido incesante, hoy más rápido y claro que nunca. Todos deberían oirlo.

A las 8,30 alguien le saludó a sus espaldas. Era la voz más dulce y suave que jamás hubiera escuchado. Más incluso que la de aquella locutora que había copado sus noches de entrevelo. Miró atrás para devolver el saludo y vio a aquella joven, de rubios cabellos y ojos azules. Sara. Estaba más bella que nunca y además le había hablado. Miles de palabras que había escrito pero nunca pronunciado se agolparon en su mente. Pero de su boca sólo salió un entrecortado saludo.

  • ¿Qué raro tú aquí a esta hora, no? – Dijo Sara

No podía creerlo. No sólo le había saludado sino que intentaba abrir una conversación

  • Sí. Ha habido problemas en la fábrica y no han venido a recogerme. Me han llamado para ver si puedo hacer algo por solucionarlo.
  • Ah! ¿eres técnico?
  • No, en realidad pertenezco a la cadena de producción, pero como tengo conocimientos de electrónica me han llamado para ver si soy capaz de dar con la solución.
  • Es bonito que en la empresa confíen en uno para esas cosas ¿no?
  • La verdad es que no me lo esperaba. ¿Y tú?¿Vas más tarde hoy a la universidad?
  • Que observador. Tengo examen y he preferido aprovechar esta hora para estudiar. Un último repaso, ya sabes.
  • ¿Examen?
  • Sí, de derecho prcesal. Estudio derecho. Cuarto curso
  • Que interesante ¿y lo llevas preparado?
  • Sí. Pero quería asegurarme. Si quieres quedamos esta tarde para tomar café y te cuento cómo ha salido.

Jasón no daba crédito a lo que estaba escuchando. Le proponía una cita. Para esa misma tarde. Ahora eran dos tambores. O el mismo que duplicaba su ritmo y apremiaba al paso de un tiempo vertiginoso.

  • Vale. A las 7 aquí mismo.
  • Perfecto. Mira, el bus…

Ambos montaron en el autobús. Mantuvieron una conversación sin sentido sobre sus funciones en la fábrica y la importancia de los abogados y los jueces en la vida. Jasón quería que aquel autobús no llegara nunca a la fábrica, pero a la vez que diesen las 7 de repente.

Rutina (VI)

Los fines de semana conformaban también aquel estado reiterativo. La misma rutina.

El sábado se levantaba a las 10,00, cuando aquel carillón de la salita, a la vez comedor y recibidor, comenzaba su andadura diaria de estruendosos latidos que evocaban la llamada catedralicia de la misa sominical. Estaban perfectamente sincronizados con los golpes de tambor. Eran una especie de arrancada, como la carrerilla que un saltador de longitud efectúa antes de lanzarse a la arena, tum… tum…. tum…. y empieza el día.

La mañana la dedicaba al aseo personal, las pocas tareas domésticas que restaban para los dos días de asueto de la joven que no recordaba y para la lectura. Todos los sábados se enfrascaba en la literatura y, letra a letra, palabra a palabra, aventura a aventura, llegaba a la hora de la comida.

Tras la comida una siesta. De pijama, padrenuestro y escupidera, como mandan los cánones, hasta las 6,30 de la tarde, hora en que alternaba la televisión con aquel viejo ordenador, procesador de textos, al que contaba miles de poemas de amor que nunca se conocerían.
A las 10 era la cena. Una cena fría y rápida que excusaba en una dieta para eliminar unos «michelines» lo suficientemente consolidados como para caer derrotados ante un plato de jamón cocido y lechuga. 20 minutos más tarde de nuevo se introducía en el mundo de Calderón, queriendo confundir la vida con los sueños, pero los sueños, sueños son…

Los domingos eran exactamente iguales a los sábados, con la única excepción de la asistencia a misa. Siempre iba a misa de 12, pero llegaba 3 minutos más tarde. Buscando que la iglesia estuviera llena para que nadie le dirigiera una palabra, y refugiarse en la multitud que, en pie, escuchaba al párroco en las filas traseras.

Rutina (V)

Nada hacía parecer que aquellas rutinas pudieran variar. El metrónomo de la vida estaba puesto en funcionamiento desde el mismo día en que nació y había de seguir su peculiar compás hasta el día de su muerte.
Los tambores lo marcaban. Pero nadie los podía oir.

Alguna vez, en los 13 minutos que pasaba diariamente en la cafetería de la empresa se lo había comentado a algún compañero. Eso fue al principio de sus días en aquella fábrica, luego, y viendo el poco interés que estos se tomaban por su teoría, había desistido de la idea.

Sabía que no era bien visto en el círculo de trabajadores, que le consideraban un tanto excéntrico, casi loco. Algo que todos achacaban a una infancia dificil.

Él sabía que estaba cuerdo. Al menos así lo afirmaba aquel psicólogo al que había estado asistiendo durante varios meses todas las noches después del trabajo. Este diagnóstico le costó varios meses y una gran suma de dinero, pero le sirvió para mantener el puesto. Aquel papel que le certificaba en su sano juicio era más valiosos que aquellos otros que le cualificaban como un informático de los mejores, malgastado en aquella cadena de producción. Aunque había dejado los estudios en el instituto había conseguido varias titulaciones a través de academias a distancia que habían llegado hasta sus estantes desde su buzón.

Jasón, sin embargo, se sentía privilegiado. Era el único capaz de escuchar el ritmo de la vida. El compás de la rutina. Quizá también fuera el único en comprenderlo, de saber que nuestra vida está escrita en aquel libro de olor rancio que acumulaba polvo sobre su mesilla de noche y que nunca se había atrevido a leer, ni siquiera a abrir.

Todos se esforzaban por salir de aquella rutina que les imbuía, querían ignorarla, y por eso le llamaban loco. Para Jasón el loco era aquel que planteaba la cruda realidad de forma tan directa que todos preferían rechazarla. Él sabía que a las 6,10 de la tarde de cada día saldría de aquella fábrica, junto a todos aquellos que negaban aquella realidad axiomática, y que habría de volver a ella a las 8,07 de la mañana siguiente, hora en el que el coche rojo le dejaría en la puerta con solo 3 minutos para llegar hasta la máquina central.

Las tardes no eran menos cadenciales. A las 18,18 abandonaba aquel coche rojo. Esperaba a que el autobús de las 18,15 abandonara su estacionamiento tras dejar a 13 pasajeros en este, entre ellos Sara. Miraba fijamente a la rubia de ojos azules cuaya voz no conocía pero imaginaba cálida, suave y aterciopelada. Como la de aquella otra, quizá también rubia, joven y de ojos azules que cada noche hablaba en su programa de radio favorito. Era curioso, por una parte amaba a una mujer de la que no conocía su voz y por otra una voz de la que no conocía su mujer. Intentaba un saludo que nunca le había salido, un «hola» sordo que en su interior sonaba muy fuerte, al ritmo de los tambores, pero que se apagaba al cruzar sus labios.

Permanecía allí en pie hasta que, a sus espaldas, oía una persiana que se levantaba. Nunca había mirado atrás para observar que persiana era, o en qué piso sucedía. Le gustaba pensar que era la de Sara que se abría para admirarle. Justo en el momento en que la persiana acababa de subir cruzaba la calle. Nunca pasaba un coche en ese instante. Mientras los niños de la vecindad se arremolinaban a su alrededor entonando burlonas canciones que se negaba a escuchar. Sus gritos los tapaban los tambores. Abría la puerta de su edificio y subía, siempre por las escaleras. 173 escalones hasta su piso.

Entraba y se sentaba en su viejo sillón, forrado en cuero artificial, a contar tañidos. 1… 2… 3…. cuando llegaba a mil encendía la televisión. Empezaban las noticias. Noticias que no veía. Simplemente las miraba. Eran siempre las mismas imágenes. Guerra, terrorismo, destrucción y fútbol. Siempre la misma rutina. Lugares distintos pero situaciones similares, iguales.

Al finalizar las noticias se dirigía a la cocina. Sobre la mesa le aguardaba la cena. Preparada para recalentarse. La había dejado preparada aquella chica a la que años antes contrató por teléfono para que realizase las tareas de la casa y que ni siquiera recordaba. Sólo sabía que, inexorablemente, cada tarde a su llegada se encontraba la cena preparada, la ropa limpia y la casa en perfecto estado. Nunca habían coincidido. Nunca más habían vuelto a hablar. Su único medio de comunicación eran los pst-it pegados en la nevera, en los que ella de vez en cuando demandaba algún producto de limpieza, o más bien dinero para este, y los sobres que Jasón dejaba para estos menesteres y su salario.

Tras la cena Jasón procedía a su aseo personal, rezaba sus oraciones, las mismas que aquella vieja Aya le había enseñado y se dormía escuchando su programa de radio favorito, de voz aterciopelada y dulce. Quizá rubia y de ojos azules.

Rutina IV

Años después seguía allí. Al tañer de aquellos tambores, que sólo él escuchaba, obedecía la invariable rutina de aquel libro, que todavía dormitaba sobre su mesita de noche.
Había cambiado de domicilio a la muerte de su madre, una señora triste, siempre enlutada, y que poco o nada había participado de su infancia o educación. Una señora cuya rutina no estaba ordenada a cruzarse con la de Jasón, salvo en el momento del nacimiento de este y de la muerte de aquella.

Tampoco lo sintió. Pero aquella noche también lloró por aquella rutina que le había tocado vivir. Al día siguiente le llegó una orden de deshaucio. Su madre había legado aquella herrumbrosa construcción decimonónica a unas monjitas dedicadas a la caridad. Él recibía a cambio un pequeño apartamento en un piso de vecinos que su padre le había transmitido, con la orden de recibirlo sólamente en caso de necesidad. Una pequeña oscilación de aquella rutina a la que pronto empezó a adaptarse.

Seguía levantandose a las 7,19. Subiéndose a aquel coche rojo que le recogía 37 minutos más tarde, y repasando una a una las patitas de aquellos bichitos negros que salían de la máquina central, con su inscripción perfectamente legible. Para volver 10 horas y 22 minutos más tarde.

Rutina (III)

Jasón se había educado en una familia humilde, de ideas conservadoras y amplia tradición religiosa. De su infancia más tierna tansolo recordaba una gran cama de madera, tan alta que durante años tuvo que ayudarse de una caja para auparse a ella; una fea colcha marrón que la cubría; unas rígidas sábanas, siempre bien planchadas, que en más de una ocasión habían irritado su delicada piel; y una vieja de mirada austera a la que hacían llamar «Aya» y que más tarde descubrió que era la madre de su padre, al que nunca conoció o al menos no recordaba.
Su infancia eran recuerdos de una oración de gracias antes de acostarse y una de esperanza y recogimiento al levantarse, dirigidas siempre por la Aya, con quien nunca congració especialmente. Era recuerdos de un feo e incomodo traje negro de camisa blanca y chaqueta, que le acompañaban, junto a su cartera de cuero marrón, a un colegio en blanco y negro, de canciones nacionales e himnos religiosos. Era un profesor serio, que siempre imaginó hecho en la misma fábrica que su Aya, porque gente como aquella debía fabricarse en serie.
Eran recuerdos de lluvia, imágenes en blanco y negro, la monotonía de Machado, la rutina de Jasón, siempre la misma.
La infancia pasó. No tan rápida como hubiera deseado, ni tan lenta como para aprender a vivir y disfrutarla. Transcurrió entre abominables charlas en aquel colegio de pupitres de madera y la semioscuridad de una casa entregada a un luto que no comprendía.

Pocos detalles podía recordar de aquella infancia, salvo el día, ya con 14 años, en que murió su Aya. Recuerdo que le venía con cierta vergüenza a la mente porque no había llegado a entristecerle, y quizá debiera.

Todo fue como un pasaje más de la obligada cotidianidad, de la misma rutina. El mismo gesto adusto que cada mañana, a las 7,19, le despertaba, dormía en su amarillenta cama aquella mañana, en la que había faltado al colegio de chirriantes tizas que escribían, una y otra vez, el teorema de Pítágoras. Ese mismo gesto de sobriedad fatigosa reposaba sobre la almohada, tersa y austera, de aquella habitación en la que nunca había entrado.

Pero aquello no rompía la monotonía, era parte de la misma rutina. Como si dentro de otros 14 años aquello fuera a suceder de nuevo. Una amplia rutina que abarcaba otras más pequeñas y encuadrada a su vez en otra superior.

Aquella habitación, hasta entonces prohibida, le asustaba. Aquel gran crucifijo, con un Cristo casi negro, de gesto apaciguado y someramente sonriente, parecía alegrarse por recibir a su lado una nueva inquilina.

En la pared contraria, frente a la gran cruz, había un cuadro, la última cena, en la que todos los invitados celebraban jubilosamente la inminente llegada. Sobre la mesilla aquel libro, en el que, según su Aya, se encontraban las escenas del guión de nuestras vidas.

Como fruto de su herencia, pero sin saber aún por qué lo hacía, tomó aquel pesado libro y lo llevó a su habitación donde lloró, no por la muerte de su Aya, sino por la vida que le esperaba, toda escrita en aquel guión que entonces le era legado.

Su rutina continuó inmutable. Cada mañana, a las 7,19, se despertaba para asistir al colegio. No le llamaba nadie, no hacía falta, su Aya no había sido más que parte de aquella rutina particular que empezaba a aquella hora. Miraba, sin abrirlo, el libreto que contenía las articulaciones de su rutina, vestía aquel traje negro de camisa blanca y chaqueta y acudía a la llamada de campana de aquel colegio de tarima de madera sobre la que un profesor declinaba en latín.

Su paso por la escuela superior no fue menos inveterada. Sólo que aquel viejo traje negro de camisa blanca fue sustituido por unos pantalones de pana marrón y una camisa de cuadros. Seguía despertándose a las 7,19, mirando aquel libro de solapas marrones y asistiendo a aquel instituto de sucios cristales sobre los que alguien había pegado la tabla periódica. Un día, que ni siquiera recuerda, en lugar de levantarse para asistir a aquel instituto de tristes fluorescentes que intermitían con una cadencia rutinaria, lo hizo para asistir a aquel lugar donde la máquina central ordenaba bichitos negros, que debían salir con sus patitas perfectamente rectas y su inscripción legible.

Rutina II

Jasón llevaba 12 años trabajando para aquella empresa de informática. Su única labor era comprobar que todos aquellos bichitos negros que salían de la máquina central tuvieran sus patitas rectas y su inscripción correcta e inteligible.

Uno a uno iban saliendo chips de aquella máquina central, que nunca había fallado. Las pocas veces que Jason había tomado vacaciones imaginaba que aquella gran mole de acero estallaba y dejaba de funcionar. ¿se puede odiar a una máquina? Cuando volvía todo seguía igual. Bichitos negros se paseaban por una cinta transportadora, uno tras otro, sin parar, y sin saber dónde iban. Siempre la misma rutina.

Jasón imaginaba que aquellos bichitos tenían vida, que no eran muchos, sino uno mismo que como él salía y volvía, día tras día, siempre en la misma rutina… Incluso tenían su nombre.

El primero en salir era Jacob, como el vecino del primero. Todos los días a las 7,21 saltaba de la cama al chirrido de su despertador, y 7 minutos más tarde se encontraba en la calle arrancando su viejo Seat matrícula de Bilbao.

El segundo era José, como el vecino de enfrente. Todos los días a las 7,29 subía aquella ruidosa persiana que hacía ladrar a los perros de la vecindad, para decirle hola al sol de la mañanal, que no todos los días le respondía, y para dar de comer a su canario. Parece raro, pero Jasón estaba convencido de que durante aquellos últimos 12 años siempre había sido el mismo pájaro.

El tercero era Sara, como aquella vecina que sin saber todavía de qué piso salía cogía el autobús a las 7,35 para dirigirse a la universidad. Por los libros que llevaba bajo el brazo debía estudiar derecho o ciencias políticas. Parece mentira que aquella rubita que con sus gritos había arruinado tantas siestas y que con sus juegos había entretenido durante horas la atención de Jasón, recién llegado al barrio, se hubiera convertido ahora en aquella joven a la que nunca se cansaría de admirar, y a la que no había saludado nunca, quizá por timidez, quizá porque su educación le había convencido de que los 8 años que les separaban eran toda una eternidad.

Así, uno tras otro, iban pasando bichitos negros, con su personalidad, con sus costumbres, en definitiva, con sus rutinas. Siempre las mismas.

Jasón (un relato inconcluso)

Hace tiempo, varios años, comencé un relato que luego terminé por la vía rápida sin mucho convencimiento. Hoy lo retomo aquí con la intención, o no, de cambiar su final, mejorarlo si es posible, y a la par cambiar de tema este blog que empieza a ser demasiado recurrente y aburrido… creo.

Quiero que me perdonéis los fallos que pueda tener, si al final resulta aburrido, si no lo acabo nunca o si de vez en cuando vuelvo a mi tema recurrente, me es dificil olvidarlo. Quiero que lo contextualiceis en el Juan Carlos de hace 15 años, con sus limitaciones, y en un intento de escapada de seguir hablando de lo mismo.

Rutina – Capítulo I

De nuevo sonaron los tambores. Nadie sabía quién los tocaba, pero ese ritmo insistente marcaba sus vidas. Uno tras otro todos los días era la misma rutina, los mismos movimientos anodinos que señalaban el paso de las horas. Al tañer los tambores todo el mundo realizaba su tarea. Parecían parte del funcionamiento de un hormiguero. Salían, ciegos, realizaban su labor y, en la misma penumbra que les impedía ver más allá de la rutina volvían. Así día tras día, hora tras hora. Minuto a minuto sus vidas estaban calculadas, funcionaban como engranajes de una vida perfecta, de un reloj que nunca atrasará un segundo, todo se hacía porque estaba escrito. La vida de cada ser estaba escrito en el gran libro del tiempo, o al menos así creía fervientemente Jasón.

Jasón esperaba en la ventana a que lo vinieran a buscar. No hacía falta mirar. Todos los días, a la misma hora en punto, aquel coche rojo aparecía por la esquina y frenaba para dejar pasar a la anciana del segundo, ya de vuelta a casa. Con dos leves toques de claxon hostigaba a la anciana señora, sin esperar siquiera que esta se inmutara, no lo hacía. Era siempre la misma rutina, cuando ella alcanzaba la acera aceleraba ostensiblemente para demostrar su superioridad.

Llegado bajo la ventana de Jasón de nuevo dos toques de claxon. Siempre la misma rutina. Cuando sonaba el segundo toque Jasón abandonaba la ventana, se dirigía al servicio y procedía a su aseo rutinario. Despierto hacía 37 minutos exactos había tenido ya tiempo para hacerlo pero le gustaba hacerse esperar, sin salirse de la rutina. A las 7,56 de cada mañana Jasón montaba en aquel coche, y 10 horas y 22 minutos más tarde lo abandonaba en el mismo punto donde lo había tomado.