Archivo de la etiqueta: Ella

Una mirada

Recuerdo tus ojos, manchados de mar e islas desiertas
Tu aspecto desaliñado tras el esfuerzo y una sonrisa, tierna, casi infantil.
Unas gotas de sudor que cruzan tu frente y brillan.
Pequeñas ínsulas de mar que se deslizan por un rostro salpicado en ocre,
de tierra extremeña.
Cansancio y resignación, entrega. Satisfacción.
Una fotografía, un instante que queda en mi memoria.
Le llamo vísperas.

Una casa

Una casa no son cuatro paredes por habitación. Ni un montón de muebles puestos a tu gusto, o al de alguien que intentó economizarlos para ponerla en alquiler. No es su decoración, ni sus vistas. No es una cama fría, o caliente según el día.

Una casa son tus recuerdos. Es una silla manchada de vino tras una cena, un leve ronquido que meses después sigue sonando en el sofá, el calor de un abrazo, la resonancia de una risa, el aroma de una cena, la calidez de un beso. Es una mirada, una película juntos, una comida de amigos, una llamada a un restaurante de comida rápida, una canción en la madrugada, un susto, una discusión, una reconciliación. Una casa es una sonrisa, una lágrima, una mano sobre otra, una caricia en la espalda, un masaje, un dvd que no funciona.
Una casa es un anochecer viendo el río, un amanecer borrachos, un enjuagado rápido de la cara para ocultar que has llorado. Una casa es una cena, romántica y para dos, sorpresa y para 9. Una casa es enredarme en tu pelo, contar tus lunares, compartir tu aroma. Una casa es un guión de madrugada, un proyecto vespertino, una ilusión compartida.
Una casa es el sabor de la Nutella, una tarde de chuches, unos espaguettis a la carbonara. Es un aliento de ánimo, un debate insulso, una barbacoa improvisada para un sketch.
Una casa es una manta para dos, un cojín desinflado, una guerra de almohadas.
Una casa es una vida. Dejarla es morir y empezar otra. O no.

Quiero

Quiero cantar a la noche

hasta convertirla en día, quiero

ver amanecer

en sus calles escondidas, quiero

encontrar en tus ojos

el brillo que tenían, antes

de que la oscuridad

invadiera nuestras vidas.

Quiero que el año que se cumple en este instante

no quede vacío para siempre.

¿Ha pasado?

Huesca llora como en mi primera visita.

Sus grises paredes, alternas con macilentas fachadas de tonos ictéricos, derraman sus lágrimas sobre el Somontano, alimentando unos caldos que tristes oriundos liban en parsimonioso ritual, en un local apestado de ruido y humos.

No se ven. Tan solo el gesto soslayado de un lector de periódicos deportivos denota algún interés por el entorno. Desvía su mirada envidiosa, a otro cliente, de tez abrasada por el sol del Cinca, que acaba de saltar el premio gordo de la tragaperras.

Todos pierden su mirada en un hipotético horizonte, con la misma inutilidad con que yo escruto un mínimo de ilusión en sus caras.
El ludópata, de forzada y dramática sonrisa, amplia como la cubeta dónde se han depositado las monedas del predio, percibe en su nuca la mirada aviesa del lector del As y con un gesto automático le conmina a tomar lo que quiera, aún a sabiendas de que su botín acabará inexorablemente de nuevo en la máquina.
En la pared, una fotografía en blanco y negro, en la que aún se reconoce al impávido leyente, le sitúa en un pasado de reconocido prestigio deportivo que hoy se hunde en esa vetusta mesa de antigua cafetería, a la que ha pasado a pertenecer. Le acompaña en la fotografía el malencarado camarero, ahora más gordo, canoso y descuidado, pero con la misma camisa azul desbotonada hasta el pecho y con las mangas remangadas hasta los codos
Pide un café que carga a la cuenta del improvisado invitador, al que ni siquiera conoce. Su mesa vacía indica que es la norma. Espera, hasta que alguien, movido por el recuerdo o la repentina euforia de un premio, decide convidarle.
Apuro el mío y huyo, temeroso de integrarme para siempre en este bodegón pictórico, de humana naturaleza muerta, y desaparecer en una vieja imagen costumbrista que un día colgará de un local semejante.

Nadie percibe mi huida, como tampoco constataron mi presencia.

En la calle un triste violoncello acalla los ruidos de la ciudad. Martillos y motores se funden en una melancólica melodía que retumba bajo los portales.

Dejo en una gorra gris 50 céntimos, en justa recompensa por contribuir a poner música, apagada y bucolica banda sonora, a este relato.

Es la misma ciudad, agónica, un año después. Aquella ciudad que en su tristeza me vendía ilusión hoy me recuerda su dramática advertencia.
“No te quise engañar”, me dice y sigue llorando.
Vuelvo al hotel. La misma habitación 407 del año pasado.

De mi cabeza apoyada en la ventana

Esos surcos de sudor
que sobre el cristal dibuja mi frente.

Ese círculo de vaho
que deja plasmado mi último aliento.

Esas lágrimas
que horadan mi piel hasta salar mis labios.

Esas agujas del reloj
que giran lentas, sin sentido.

Ese murmullo del río
que pasa para no volver.

Ese rayo de sol
que se apaga sin despedirse.

Esa primavera
que se convierte en otoño sin el calor del verano.

Esa espera infructuosa
que ve llegar mi tiempo, pero no a tí.

…..

Ese exceso de amor, esa jaula de grillos
Ese repentino calor, esa cigüeña sin nido
Esa dura obsesión, ese juego de niños

Ese estruendoso sopor, ese silencioso ruido
Esa loca ambición, ese «pierdo el sentido»
Ese sol sin calor, esa noche de frío
Esa primavera sin flor, ese gélido estío
Ese otoño sin color, ese invierno tardío
Ese sueño de alcohol, esa resaca de vino
Ese abrazo sin dos, esa soledad contigo
Ese triste corazón, este último latido….

Recuerdos de algo que no pasó

-«¡Hola! ¿Te acuerdas de mí?»
(Te acuerdas de mí)

– «Claro qué me acuerdo de ti.»
(Cómo olvidarte…).

– «Viajamos juntos por el Universo».

– «Visitamos la gran barrera de Coral, y París. Observamos el mundo desde lo alto del Kilimanjaro…y paseamos de la mano por el puente de la bahía de Sydney»


– «… Y vimos atardecer tras el Uluru…»


– «Y nos deslizamos en Bobsleigh por Cresta Sun».
(Cómo olvidarte)


– «¿Qué sucedió?».
(¿Qué sucedió?)

– «Se nos agotó el billete de ida.»

– «¿Y no pudimos recargarlo?»
(¿Realmente no pudimos?)

Casilda salió del agua, con la ropa empapada. Escurrió su vestido, lo estiró al sol, y volvió a sumergirse en el mar, a nadar plácidamente entre las olas.

Este texto es una adaptación de otro públicado por María García en su blog y que oportunamente me presta para su publicación. Muchas gracias María.

En las playas de Santa Pola


Siento bajo mis pies la suave textura
de la arena mediterránea,
roza (casi imperceptible) mi piel, con el candor
de tus labios de algodón, de tu tacto,
diente de león.

De vez en cuando un erizo
de mar extraviado, me recuerda
que no es sencillo caminar por tí.

Las olas acercan tu eco y dibujan (esbozan),
tu breve cuerpo en el horizonte,
palmo a palmo
(con delicadeza y a trazos nerviosos).

La concavidad de un seno, la convexidad
de un beso, la complejidad de un deseo.
La continuidad de una noche que no debió acabar,
(o no empezó).

Susurra tu nombre (que yo grito),
me lo devuelve en brisas que lo mascullan (lo mastican),
que te recogen, en este salado olor
a vida, por empezar.

Tienes

Tienes en tus palabras la necesidad de callar mi esperanza.
Tienes en tus manos una caricia para erizar la agonía de mi piel intacta.

Tienes en tu mirada mi mirada perdida.

Tienes en tu sonrisa un bálsamo para olvidarme del resto.
Tienes guardado un «te quiero» que nunca pronuncias.

Tienes expuesto un adiós que no se despide.
Tienes un «ven» que nunca me llama
Tienes mi ausencia que hoy te acompaña
Tienes mi compañía que hoy está ausente
Tienes un tengo y no quiero, un quiero y no puedo, un puedo y no creo.
Tienes un grito de amor que no oyes.
Tienes un silencio eterno que taladra tu oido.
Tienes una muestra de amor que no es visible.
Tienes una extraña visión de este amor tan ciego.
Me tienes a mí, y yo no te tengo.
Te tengo en mi mente y ya no me acuerdo.