Archivo de la etiqueta: Ella

Fascículos

Llega el mes de septiembre y con él las colecciones de fascículos. Los quioscos se llenan de coleccionables de todo tipo que raramente llegamos a concluir. Libros a 1 euro, maquetas de coches, dvd’s sobre historia, muñecas, y hasta dedales pintados a mano, se amontonan en las estanterías, cubriendo el hueco que durante el resto año corresponde a las revistas del corazón.

Me gusta recorrer las tiendas de prensa en esta fecha. Buscando algún libro económico ya que, el mejor, o al menos el más conocido de cada colección, suele ocupar la primera tirada a un precio irrisorio con la intención de engancharte al resto.

Así comencé la colección de Stephen King, que llegó hasta el número 7, la de literatura oriental, que se quedó en el 1, la de Vazquez Figueroa, que interrumpió el propio quisquero alrededor de la cuarta entrega, o las de los premios planeta y la biblioteca de Grecia y Roma que sí llegué a completar.

Este mes aún no he encontrado ninguna colección interesante, o al menos que me llame la atención, aunque estoy deseando hallar alguna que me enganche. La última, el secreto de las orquídeas, de producción propia, la empecé en abril y en junio dejó de publicarse. Hoy lloro por las esquinas buscando números nuevos, pero no encuentro más que poemas desesperados para esta caverna, que no sé si son los últimos ejemplares de aquella o el inicio de una nueva colección.

Si empiezo una nueva espero terminarla, y si retomo aquella mejor.

En otros cuerpos

Besos, caricias, abrazos que se escapan. ¿dónde van?
Huyen en busca de otros labios, otros cuerpos, otros brazos.
Se refugian en ellos escapando de su soledad.
Se guarecen en su calor paliando su frío.
Se ocultan en su esplendor temerosos de la oscuridad.

Besos, caricas, abrazos que se escapan, ¿acaso no se dan?
¿no reciben otros labios, otros cuerpos, otros brazos, que les auspician en su soledad?
¿Acaso no arropan su frío en el regazo que les recibe?
¿Acaso no ven la luz en las tinieblas que les asolan?

Beso, caricias, abrazos,… sólo comparten intimidad.

A la basura

Hoy he arrastrado el contenedor hasta mi ventana. La he abierto de par en par y he empezado a arrojar bolsas llenas de recuerdos.
En una verde metí todos mis sueños, los recogí de debajo de la cama dónde dormían en forma de pelusas. (bis)
En una azul recogí mis proyectos, los guardaba en el congelador a la espera de cocinarlos juntos.
En una blanca metí varios adjetivos que te tenía reservados y que nunca escucharás. Estaban escritos en minúsculos papeles que había ido recopilando a lo largo de los últimos meses, una servilleta de bar, el envoltorio de un caramelo, una entrada de cine, e incluso un trozo de papel higienico, sin usar, claro.
En una grande, de esas que llaman comunitarias, negra como el deseo, tiré besos no dados, caricias que guardaba y cientos de miradas que hoy dejan huérfanos a mis ojos.
Luego cogí un rotulador y escribí en el contenedor un letrero grande que decía «PASADO».Tiré una última bolsa, pequeñita y amarilla con mis ganas de seguir tirando cosas.
Empujé el contenedor de nuevo, para devolverlo a su sitio y un agente me llamó la atención. No era aún la hora de tirar la basura. Me multó y me hizo recoger las bolsas que ahora esperan en el zaguán. Me hizo borrar el letrero y pagar una multa cuantiosa, que tiré en la bolsa blanca después de escribir estas palabras.

Pelusas

Aparecen de repente y nadie sabe cómo llegaron allí. Se arremolinan bajo la cama, en forma de pelusas. Unas grandes, que incluso adquieren formas sugerentes y otras, más pequeñas, que apenas tuvieron tiempo para formarse.

Son nuestros sueños más rodados, que por su peso caen bajo la cama. Esos sueños recurrentes que cada noche regresan a la cama, para apoderarse de nuestros pensamientos nocturnos. Las grandes, bien formadas y redondeadas, son esos sueños reiterados, esas secuencias, que sin saber bien por qué se repiten noche a noche y a las que no damos explicación. Pueden ser pesadillas, que forman pelusas oscuras y rebeldes, a las que nunca llega el cepillo, y pueden ser blanquecinas y suaves, como las que forman los sueños de infancia.

Las más pequeñas suelen ser sueños lascivos y acostumbran a venir acompañadas de una polución nocturna, de una pequeña mancha en las sábanas. Suelen tener cuerpos de personalidades del celuloide o la canción y se suceden sin orden alguno. Otras solo tienen rostro, son también pequeñas, diminutas. Tanto unas como otras vuelan al abrir la ventana, o son las primeras en ser engullidas por la aspiradora.

Luego está la reina pelusa, una grande, suave, pero dificil de alcanzar, suele trenzarse a las patas traseras de la cama, justo debajo de la almohada. Debe dormir siempre bajo el embozo de las sábanas y apenas si cae al peso para aferrarse a la pata más cercana. Si intentamos alcanzarla la defiende la misma cama, los hierros del somier se clavan en nuestra espalda y un afilado muelle nos araña el omoplato. Apenas la rozamos con los dedos parece contraerse, casi desaparecer. Si movemos la cama se esconde bajo las mantas y aparece al día siguiente, de nuevo majestuosa, suave, abrazada a la pata, aferrada a nuestros sueños.

Esa es la única que tiene nombre.

Nunca tuvo nombre una pelusa
olvidaste el mío en tus secretos
elegí el tuyo para ella
lloré en su bautizo
imaginé que eras tú
amaneció de nuevo al dia siguiente.
(Actualización 23 de agosto)

Dibujándote

Un día me preguntaste que por qué te quería tanto, si apenas te conocía. De inmediato respondí, sin pensarlo, «porque eres tal y como te he dibujado durante toda mi vida».

Durante años mis dedos dibujaron bocetos, trazos desbaratados que pronto desdibujaba, que se salían del papel, o no sabía colorear. Dibujé sonrisas, ojos azules, negros y verdes. Dibujé algún seno inacabado, un busto perfecto que no sabía perfilar, e incluso trazos generosos que guardé durante días y terminé por arrojar con rabia a la papelera, por mentirosos, por quererme convencer de una perfección que no existía. Dibujé sexos de sabor amargo por el simple hecho de dibujar. Dibujé corazones que no era capaz de redondear. Dibujé brazos que no querían abrazar, labios que no besaban y pupilas que no sabían mirar. Dibujé manos sin caricias, espaldas sin mar. Dibujé tantas mujeres que pensé que era yo quien no sabía, y dejé de dibujar.

Pero un día volví a hacerlo. Comencé por tu sonrisa, que me acunaba al despertar. Con dos leves pinceladas dibujé una mirada que reflejaba sinceridad. Dibujé tu cabello para perderme en su aroma, para dejarme acariciar, por la brisa y su fragancia. Dibujé unos senos breves que me supieron cautivar y pinté miles de estrellas en una espalda que ya no puedo olvidar, que he recorrido mil veces con mi pincel, con mis dedos, dibujando libertad.

Dibujé todos mis sueños y hoy, ya no puedo soñar.

Creí que estaba solo en casa. Me había asegurado de cerrar bien la puerta cuando salió el último invitado y no quedaban abrigos en el perchero. Intenté recordar el orden en que habían salido y vi desfilar ante mi memoria a todos y cada uno de mis amigos, los que habían estado allí aquella noche, e incluso alguno que no había estado, pero recordaba perfectamente la última vez que vino a visitarme.

Sin embargo algo me decía que no estaba solo. Un ruido en la cocina confirmó mis dudas y hasta allí corrí a ver quién se había despistado. Pensé en Jose, buscando algo qué comer. Cuando abrí la puerta de la cocina ví que no era él. Era un recuerdo tuyo, mirando cómo se hacían unos langostinos en la plancha. Abrí la puerta de la terraza para que se fuera el olor y junto a él te evaporaste.

Un ruido en el comedor. Otro recuerdo tuyo dormía en el sofá, con ese leve ronquido que produces cuando tienes problemas de garganta, los días 26 de cada mes. Fui a acariciarte la espalda como te gusta y desapareció. Cuando volví la cabeza por el pasillo venía otro recuerdo, traías los ojos enrojecidos de llorar en el baño y tus pechos, desnudos, intentaban hipnotizarme. Antes de llegar al recibidor se había desvanecido.

Fui a tomar aire al balcón, y un recuerdo tuyo miraba embelesado los caballos. Fui a echarte el brazo por encima y en mi regazo te desintegraste.

Decidí acostarme. Un recuerdo tuyo me miraba a los ojos, me prometía que pasaría una noche a mi lado. Me abracé a él y se quedó conmigo. Era el último recuerdo.

El tema del día

Quise actualizar anoche, cuando llegué a casa, porque sabía lo que iba a suceder, pero el sueño me pudo y al final soy el último en hablar sobre el tema del día.
Paseando por mis blogs favoritos me he encontrado con que todos cuantos estuvieron ayer en Cáceres han coincidido en sus entradas del día, y es que el evento lo merece.
Era mi segundo intento. El primero, frustrado, empezó con un hueco en mi coche, y acabó con un vacío en mi corazón, un roto en mi bolsillo y un agujero en el recuerdo, que fui llenando de añoranzas que podéis compartir en este blog.
No era un buen momento. Alguien, con demasiado conocimiento de causa, me dijo ayer que aquel no era nuestro concierto, y que incluso aquellas nubes quisieron borrar el rastro de unas lágrimas que no debieron haberse derramado, pero que hoy siguen fluyendo pese a que al final ayer compartieramos un sin embargo, con mi cabeza recostada sobre el hombro de la luna, cuando podía haberme puesto digno y decir….
Ayer se cerró el círculo. Estaban las personas justas, el ambiente preciso, las canciones adecuadas… y la prueba de que aquel día no solo nos separaban 700 kilómetros. A su lado, la distancia era la misma.

El mal profesor

Creí devolver tu autoestima,
y robaste la mía

Creí deshacer tus ataduras,
y me trabé entre tus cuerdas


Creí enseñarte a olvidar
e hice mios tus recuerdos.

Creí devolverte a la vida,
y acabé con la mía.De la banda sonora del viaje:Puedo ponerme humilde y decirque no soy el mejorque me falta valor para atarte a mi cama,puedo ponerme digno y decir“toma mi direccion cuando te hartes de amoresbaratos de un rato… me llamas”.

Crónica de un viaje

Comenzar en solitario un viaje tan largo, como el que separa Santiago de Compostela de Plasencia requiere una fueza mental y emotiva que no eché en mi maleta, pero que fue surgiendo kilómetro a kilómetro, como recurso de supervivencia, que se ahogaba por momentos y afloraba por segundos, a medida que se iban sucediendo la melancolía o el optimismo en las letras de Serrat y Sabina, banda sonora de un viaje incompleto, por la ausencia, la lluvia y el baile apagado de unas abejas que se empeñan en zumbar cuando saben que han dejado el tango por el charlestón.
Mis sentimientos seguían atados a una mano que los coge de un extremo, y va desmadejando, según se aleja, el ovillo de un corazón, que no sabe si podrá volver a componer su tejido o quedará desbaratado para siempre, y que hoy viste harapos, de un traje hecho a desmedida por un sastre con mejor voluntad que maña.
Según me alejaba sentía el punzar de la rueca, que rápida giraba, para deshacer la maraña, y tensar, de un lado la mano que aún la sostiene, y de otro las ganas de vivir y volver a ser quien fui, consciente, desde hace tiempo, de estar más cerca del segundo extremo que del primero, pero debía acercarme a aquel para encontrarlo, para encontrarme.

Las nubes viajaban conmigo desde la salida, en forma de dudas y lágrimas, que se fueron disipando a base de coraje, nublando el cielo al evaporarse y amenazando con volver a mi para vengarse, como finalmente harían. Si echas una lágrima enjuágala bien o regresará.El viaje, que había comenzado como un reto a mi eterna soledad, se convertía ahora en una peregrinación hacia mi interior, buscando el halo vital que aparqué en el mes de abril y que hoy se pregunta quien me lo ha robado, como el maestro Joaquín. Consciente de que fui yo quien lo abandonó a su suerte. (En homenaje, el ochinillo de la foto lo comí en casa Joaquín, en la carretera de Zamora.)Entre lágrimas mal enjuagadas, canciones al vacío e imprudentes gritos de socorro fui adentrándome en Galicia, tierra de meigas, misterios y recuerdos, que me devolverían a mi realidad, mi inoportuno optimismo y mi niñez. respectivamente.De la banda sonora del viaje:No hago otra cosa que pensar en ti… Por halagarte y para que se sepa, tomé papel y lapiz y esparcí las prendas de tu amor sobre la mesa. Buscaba una canción y me perdí en un montón de palabras gastadas. No hago otra cosa que pensar en ti y no se me ocurre nada. Enciendo un cigarrillo, y otro más… Un día de estos he de plantearme muy seriamente dejar de fumar, con esa tos que me entra al levantarme… Busqué, mirando al cielo, inspiración y me quedé colgado en las alturas. Por cierto, al techo no le iría nada mal una capa de pintura. Miré por la ventana y me fugué con una niña que iba en bicicleta. Me distrajo un vecino que también no hacía más que rascarse la bragueta.No hago otra cosa que pensar en ti… Nada me gusta más que hacer canciones, pero hoy las musas han «pasao» de mí. Andarán de vacaciones.

Queda un día

Algunas veces vuelo
y otras veces
me arrastro demasiado a ras del suelo,
algunas madrugadas me desvelo
y ando como un gato en celo
patrullando la ciudad
en busca de una gatita,
a esa hora maldita
en que los bares a punto están de cerrar,
cuando el alma necesita
un cuerpo que acariciar.
Algunas veces vivo
y otras veces
la vida se me va con lo que escribo;
algunas veces busco un adjetivo
inspirado y posesivo
que te arañe el corazón;
luego arrojo mi mensaje,
se lo lleva de equipaje
una botella…,
al mar de tu incomprensión.
No quiero hacerte chantaje,
sólo quiero regalarte una canción.
Y algunas veces suelo recostar
mi cabeza en el hombro de la luna
y le hablo de esa amante inoportuna
que se llama soledad.
Algunas veces gano
y otras veces
pongo un circo y me crecen los enanos;
algunas veces doy con un gusano
en la fruta del manzano
prohibido del padre Adán;
o duermo y dejo la puerta
de mi habitación abierta
por si acaso se te ocurre regresar;
más raro fue aquel verano
que no paró de nevar.
Y algunas veces suelo recostar
mi cabeza en el hombro de la luna
y le hablo de esa amante inoportuna
que se llama soledad.