Archivo de la etiqueta: Mi gente

Felicidades «Escúchame»

El pasado jueves el programa «Escúchame!» de Canal Extremadura Televisión recibía en Plasencia el premio a la excelencia sanitaria por saber reflejar cada semana el trabajo y la vida diaria de las personas con discapacidad.

Hoy recibimos la grata noticia de que han sido nominados a los premios de la Academia de las ciencias y las artes de televisión que se fallarán el próximo jueves.

Esta nominación como finalistas de estos premios, la primera que recibe un programa de Canal Extremadura en su historia, reconoce el extraordinario trabajo realizado por un grupo de personas que no sólo creen en su profesión, y hacen de ella un modo de vida, sino que también creen en las personas y así lo ponen de manifiesto cada semana destacando, con absoluta sensibilidad, los aspectos más reseñables de un colectivo, el de las personas con discapacidad, que pueden demostrar a través de oportunidades como la que ellos les brindan que son más capaces que nosotros.

Ser finalista de estos galardones es sin duda un premio por el que sentirse orgullosos, sea cual sea el ganador final, pues con este reconocimiento se premia a todos aquellos que cada día superan barreras antes infranqueables con tesón, constancia, esfuerzo e ilusión.

Felicidades a todo el equipo de Escúchame! y a sus protagonistas.

Valientes

Creo recordar que se llamaba Ahmed. No estoy seguro, quizás nunca presté tanta atención a su nombre como a sus palabras, aunque fuera lo único que no le quisiera discutir. Era el padre de Mah, un saharaui desvergonzado de 10 años que seguramente hoy, con la mayoría de edad cumplida, esté por Extremadura en una familia acomodada, no sé si más o menos presente de las penurias vividas en el desierto.

Ahmed era delgado, rozando lo enclenque. De rostro anacrónico, escarpado de trazos subrayados. Dijérase que podía esconderse detrás de su kalasnnikov, un viejo rifle de empuñadura de madera con el que incluso dormía.

De su boca, rodeadas del humo de un cigarro sempiterno, brotaban palabras de odio e ilusión que hablaban de una guerra por ganar y de mil batallas perdidas. Aferraba su viejo fusil con fuerza y prometía volver un día a la tierra de la que fue expulsado, sobre una alfombra de sangre traicionera.

Intenté disuadirle sin éxito en aquellas noches de largas conversaciones en que se enfrentaban razón e ilusión. Yo, del lado de mi lógica, él desde su fe.

Su guerra apenas consistía en robar, de cuando en cuando, un cetme o, con muchísima suerte un vehículo, al bando marroquí. Mi paz consitía en sumar tés esperando que el mundo ,que durante años les dio la espalda, girara su cabeza para ver, y solucionar, tal injusticia. No nos pudimos convencer pues ninguno de los dos nos hubiésemos dejado, pero los dos eramos conscientes de que en caso contrario defenderiamos las mismas posturas que ahora criticábamos.

Ahmed seguirá luchando, posiblemente, si las fuerzas no le han fallado y si su débil corazón de guerrillero sigue latiendo. Mañana se levantará a las 7, y con su kalashnikov acudirá, como cada día de los últimos 11.000 (o más), a la frontera con Marruecos, y en su árida haima habrá fiesta si robaron, acaso munición.

Ahmed era un valiente, aunque su razón, que no es distinta que la mía, también le explicaba cada mañana que la guerra estaba perdida, seguía luchando por mantener vivo el sueño de volver un día a su tierra.

Las luchas personales no entienden de la fuerza del rival, tan sólo de que rendirse puede ser dejar de soñar.

A mi amigo Alberto.

Desorden

A veces mi caminar errático parece el ebrio andar sin rumbo del moribundo, el denodado navegar contracorriente de un barco de cáscara de nuez ante la ira de Eolo, o la vertiginosa caída de Ícaro abrasado por la cera que el sol fundió en su espalda. Pero en sus indecisos pasos avanza, torpemente, aprendiendo del futuro que imagina más que del pasado que intenta aleccionarle con ideas preconcebidas.

Avanza con la satisfacción de que cada paso, acertado o fallido, lo dio con la libertad de querer caminar, no de tenerlo que hacer, con la ilusión de buscar mi destino, no el destino.

Pero en ese angosto camino sé que estás ahí y sé que me intuyes; que aunque mis huellas se salgan del camino de baldosas amarillas que te gustaría que siguiese, para dejar restos de barro en su delicada porcelana que otros vendriais a limpiar, mis pasos siguen marcando un sendero que discurre sinuoso entre la felicidad de sentirme único y la desolación de sentirme solo.

En realidad no estoy lejos sino al lado, en el arcén pedregoso por el que mis pies caminan con mayor facilidad, lejos del vertiginoso ritmo que quiere marcar tu autopista. Apartado de las ráfagas de aire que me impulsan a la cuneta al adelantarme por la vía rápida, pero también lejos de las caravanas del domingo familiar de filetes empanados y tortilla. Por eso avanzo, y llego, y cuando buscas a tu lado sigo ahí porque nunca me fui, sólo tracé mi itinerario al margen de convencionalidades para evitar crear atascos, para impedir que mi deambular dubitativo entorpeciese el viaje a quienes queríais correr más o distinto.

A lo mejor en ocasiones olvidé señalizar mi maniobra o, al contrario, dejé tanto tiempo puesto el intermitente que pensasteis que olvidé apagarlo. No importa, me encontrarás en el siguiente apeadero, con mi cesta de mimbre abierta para seguir compartiendo su contenido. La encontrarás desordenada, pero siempre podrás comer de ella, aunque sea el postre antes que la sopa.

De garulla

Hace algo más de 2 años comencé una serie de cuentos autobiográficos, dedicados a mi infancia, que se centraban, sobre todo, en mi etapa en Galicia. Luego se complementó con alguno extraído de mis primeros años en Briviesca y, con un pequeño salto, llegué a mi juventud en Ceuta. Hoy, hablando con mi amigo Roberto, he recordado un pasaje de mi infancia en Guareña que quiero recrear…

De garulla

Llegamos a Guareña en el verano del 86. Tenía por tanto 13 años recién cumplidos. Tras un año en Plasencia habíamos recogido de nuevo los bártulos y con nuestro hato de ilusiones nos dirigimos a esta localidad pacense, con la intención de alojarnos allí durante los 2 ó 3 años que durara la nueva obra a la que habían destinado a mi padre, el encauzamiento del Zujar y el Matachel.

Vivíamos en un viejo edificio del centro de la población en la calle principal. Apenas recuerdo la distribución y ornamentación de la casa, pero no puedo olvidar su suelo enmoquetado, residencia de ácaros y otras suciedades, que cada tarde nos invitaba a salir de casa para evitar el calor que despedía.

Había pocos sitios donde ir. Era el clásico pueblo de tardes sesteadas y somnolientas, con hirvientes calles vacías, que poco o nada podían ofrecer a unos niños de mi edad y la de mis hermanos, así que nos acostumbramos a acompañar a mi padre a las obras.

Cada tarde nos montábamos en una furgoneta blanca de olor a hormigón, alquitrán y masculino sudor solariego en la que acompañábamos a mi padre y resto de obreros al «tajo» que correspondiera.

Disfrutaba cada segundo con mi padre. Después de años dosificando su presencia en el goteo insufrible de fines de semana, aquellos momentos en la obra eran la recompensa a tantos días de espera. Admiraba (lo sigo haciendo) su trabajo. Idolatraba su capacidad de mando, aunque por entonces era todavía capataz, y soñaba viéndole construir puentes y carreteras tan sólo con sus manos.

Cuando había dado las instrucciones oportunas a «sus» obreros nos dedicaba el tiempo que tanto habíamos añorado mientras trabajaba en Portugal o Andorra.

La obra estaba al pie de la zona de regadío del Matachel. A su alrededor crecían uvas, sandías y melones en un mosaico multicolor que me fascinaba. Cada tarde, a hurtadillas, nos colábamos en alguno de aquellos huertos y sustraíamos alguno de aquellos frutos para después degustarlos en casa. Siempre pensé que sabían mejor porque eran parte de la complicidad con mi padre.


Mi padre nos enseñó un truco. Cada tarde buscaba una sandía determinada. Aquella que previamente el hortelano había cubierto con su jersey. Todavía no sé porque aquel buen hombre seguía haciéndolo, pero cada tarde la mejor sandía del huerto aparecía cubierta con mimo con una sudadera de lana. Nosotros cogíamos la prenda, la cambiábamos de fruto y nos llevabamos aquella que con ilusión había seleccionado el agricultor.

Así pasamos todo un verano. No sé si fue entonces cuando decidí dejar de comer fruta, porque ya no iba con mi padre a buscar la que dormía bajo un jersey de lana.

Hoy soy yo aquel hortelano. Hoy soy yo quien con mimo ha elegido la fruta más sabrosa. Quién la ha visto crecer con ilusión, quién la ha abonado, regado y cuidado. Quién le ha cantado en planta porque así crecía mejor, quien la ha arropado con su jersey de palabras, consciente de que nunca probará su sabor.

Pero mañana volveré a poner mi raída capa sobre sus hombros.

Increíble pero cierto

Hace honor a su nombre. Es lo primero que piensas cuando escuchas el disco. Puede que el sentido de su título se deba a las dificultades que ha tenido este CD para ver la luz, pero inmediatamente piensas que no, que su significado es claro. Es un disco increíble, pero cierto, por su calidad, por la magia que encierra,tan cierto como que ahora mismo figura entre los discos más vendidos del país por el Corte Inglés. El séptimo a nivel nacional y el decimosegundo entre todos los discos de todos los estilos…

Enhorabuena hermanos. Es para mi un honor poder disfrutar con vosotros de este honor, que no es más que el principio de algo que todos sabíamos. Nos vemos en los grammy Latinos.

Vuelta a la normalidad

Me ha costado. Han sido tan felices estas navidades que me ha costado quitar la decoración. Quería alargarlas en el tiempo, hacerlas eternas. Pero me he dado cuenta de que no estaba en la Navidad la magia de este 2009, sino en las personas, en esas que me ayudan a ser feliz cada día.

En esos hermanos que me van a hacer tío y casamentero. En esas personas que me alegran cada día con una llamada, un mensaje, una conversación, una sonrisa, una caricia o un guiño.

En esas nuevas ilusiones que cada día merecen mis versos y mis atenciones. En esos sueños que se van realizando y en esos nuevos que van alentando a dormir, y despertar, cada día.

Por todos ellos y ellas, hoy, ya sin adornos de Navidad, soy feliz.

El efecto dominó

Si ayer hablaba de las serendipias literarias hoy tengo que hablar de su efecto dominó.

El efecto dominó o de bola de nieve es aquel que, a causa de un primer movimiento desencadena en una serie de consecuencias similares que, en ocasiones, y espero que esta sea una de ellas, se vuelve prácticamente infinito hasta que todos sus elementos se han movilizado.

Ayer mostraba mi alegría por la reaparición en mi vida de alguien que me acompañó durante 9 meses en mi servicio militar y se convirtió en un hermano de aventuras, con quien viví momentos muy especiales que, aunque hoy me haya tenido que ayudar a recordar, jamás olvidaré.

El reencuentro con Juanmi no fue sin embargo el movimiento inicial de este efecto dominó.

Previamente, hace unos días, recibí un correo de otro compañero de batallas, Galán Cordero, que fue quien inició esta cadena de sucesos que hoy ha visto mover un tercer engranaje.

Fue Galán, otra de esas personas excepcionales que la vida pone en tu camino, quien despertó en mi el interés por recuperar mi pasado, no tan lejano, en tierras Ceutíes.

Fue él quien me animó, aún sin saberlo, a iniciar esa serie de relatos, los cuentos de África, que han despertado en mi la nostalgia de un tiempo que, sin quererlo, marcó en mí la forma de ver las cosas.

Un antes y un después, un punto de inflexión vital que, creo, me convirtió en la persona que hoy soy, dejando atrás a un desconocido, al que a veces repudio, por no haber sabido comprender a tiempo los verdaderos valores de la vida, la familia, la amistad y el compromiso.

No voy a hacer alabanza gratuita de un servicio militar que sigo pensando robaba la juventud a muchos jóvenes privándoles de su libertad por nada a cambio.

Sin embargo, para mí, dada la situación en que me encontraba cuando me fui a Ceuta, descrita ya en el cuento de la Bella Fatiha, se convirtió en ese resorte necesario para despertar de la hipnosis de los cánticos de sirena y volver a una vida que nunca debí haber abandonado.

Hoy se ha movido la tercera pieza del dominó, la cuarta contando conmigo. Jose Luis Romero, «el catalán», ha vuelto a aparecer en mi vida gracias a Soltero. Romero pertenecía a un reemplazo anterior y el tiempo junto a él fue menor que con Juanmi, pero no así las aventuras vividas ni los sueños compartidos.


A la izquierda J.L. Romero a la derecha J.M. Soltero y en el centro Nuño de la Rosa

Son muchas las vivencias que compartimos en aquellas habitaciones, en aquel suelo africano que hoy recordamos con nostalgia. Muchas noches de chistes en la oscuridad, de fiesta por las calles de Ceuta, de jamón y aceitunas, de partidos en la play, de confidencias, de ilusiones…

Hoy me los encuentro casados, con su vida hecha. Uno es padre, el otro está a punto de serlo, y he vuelto a compartir sus ilusiones.

Espero que, a partir de ahora, por mucho tiempo.

Sigue creciendo

Ya son algo más de 8 mms, pero una inmensidad de ilusión. Sigue siendo un puntito, cada vez mas grande, pero ya es un pulso, un golpecito cadencial que estremece.

No lo he escuchado aún. Sólo Javi y Noelia han tenido la oportunidad de hacerlo, pero me lo han transmitido con tanta emoción que desde hace horas siento que mi corazón vibra a otro pulso, al compás del de ese niño o esa niña que cada día va creciendo a la par que nuestras ilusiones.

Serendipia literaria

Una serendipia literaria es una casualidad resultante de algo escrito previamente o que se predice en un relato y finalmente sucede de forma aproximada. Así, es famosa la serendipia del libro Futilithy, en el que se narra como un barco llamado Titan naufraga.

Dicho libro fue escrito en 1898, 14 años antes del naufragio del Titanic, y las coincidencias son asombrosas. De entrada, el nombre de ambos barcos, el hecho de hundirse ambos en su viaje inaugural. Sus dimensiones similares (75000 toneladas y 66000, 243 m de eslora y 268) o el apellido del capitán en ambos casos (Smith)

Ayer, ultimando los detalles del cuento de la bella Fatiha fui testigo de una de estas serendipias o casualidades. Al mencionar en uno de sus capítulos a mi viejo y gran amigo y compañero de batallas, Juan Miguel Soltero, intenté buscarlo por internet para recuperar el contacto perdido.

Si he de decir la verdad había olvidado su segundo apellido, Vázquez, con lo que la búsqueda era aún más complicada y las referencias en google eran miles, ya que me aparecían más Solteros por su condición de célibes que por apellido.

Lo intenté a través del tuenti y no me encontró a nadie con ese nombre y apellido. Probé en el facebook y aunque el resultado de la búsqueda fue muy amplio, la hace por aproximación, encontré tan solo un Juan Miguel Soltero, de segundo apellido López.

No recordaba el apellido de Juanmi, como he dicho antes, pero si estaba seguro de algo es que no era López. No obstante, y no sé por qué, le di a agregar como amigo.

Cinco minutos después me llegó el siguiente mensaje:

«Yo soy el padre de Juanmi su direccion es *********@hotmail.com»

Y en su facebook había una foto mía junto a Juanmi en Ceuta.

Inmediatamente agregué a Juanmi en el messenger y le envié un mensaje de saludo. Luego comprobé que el facebook de su padre se había creado tan solo unas horas antes de que yo lo buscase.

¿casualidad? ¿destino?

No sé. Prefiero llamarlo fortuna.

La fortuna de haberme reencontrado con un amigo de verdad, con quien hoy, siete años después del último encuentro, he tenido la oportunidad de volver a hablar.

Espero que ahora no volvamos a perder el contacto que hemos recuperado gracias a un cuento e internet.