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La coleccionista de versos

Si la vez anterior fue dificil completar un relato que ya estaba escrito me planteo ahora un nuevo reto. Escribir poco a poco un cuento que, ahora mismo, no tiene ni siquiera argumento. Me gustaría que me ayudaseis en este proyecto con vuestros comentarios, sugiriendo situaciones en las que pueda desembocar el relato. No quiero que continuéis el cuento. No es el propósito, aunque sois libres para hacerlo si queréis. La idea original es que simplemente sugiráis el camino a seguir. (tened en cuenta el título del relato)

Comienza….

La coleccionista de versos

Era un virtuoso de las palabras. Las conjugaba a su antojo para formar las más bellas frases, de las que obtenía un sorprendente rendimiento. Eran su única arma. Desde pequeño se había escondido tras torres de libros, donde se refugiaba de los más crueles insultos infantiles. Su única defensa fueron incisivos comentarios que canjeaba por nuevas ofensas.

No se puede decir que tuviera una infancia feliz. Pero si muchas alegres vivencias, todas ficticias, de la mano de Ende, Twain, Kipling o Stevenson. Poco a poco se fue creando un disfraz, de retales de sus personajes de ficción, con el que conseguía pasar desapercibido, en un entorno agresivo, que nunca entendería su verdadera personalidad.

Ya de mayor, y tras leer un comic de Frank Miller se apropió e hizo suyo un pasaje de aquel. Él aseguraba que mientras a los niños persas los abandonaban a su suerte en la selva con una lanza, y si volvían se convertían en guerreros, a las personsas como él las abandonaban con un diccionario en el mundo. Pero su única misión era simplemente sobrevivir, nadie los valoraría como guerreros.

Huelo a humo

Llego a casa desolado porque alguien pintó de negro mi paisaje preferido. Huelo a humo. Un olor acre se me clava en la pituitaria hasta perforar mi corazón. Dos manchas oscuras desmaquillan mis ojeras, como un rimel corrido, pero de ceniza y llanto.

Valcorchero arde. Plasencia se decolora en una nube de humo. Se desfigura entre una niebla de incertidumbre y miedo. Solo unos abejorros de panza colorada sofocan las llamas. Recortan las rojas sierras que talan sin piedad el monte. Dejan a su paso un dantesco paraje negro. Yo lloro.

Que le de el aire

No sé si me estoy volviendo loco, pero la idea me ha parecido buena y voy a adoptarla y adaptarla. Como ya habréis comprendido no es una idea propia, sino copiada de un libro de Bolaño. Tampoco es suya, en su libro «2666», el profesor chileno Amalfitano la copia de Duchamp, supongo que será Marcel, el pintor, que se la recomienda a unos amigos recién casados. (Por cierto, un libro altamente recomendable)

La idea consiste en colgar un libro en el tendedero. Duchamp recomienda que sea un tratado de geometría y Amalfitano le hace caso a «pies juntillas». Yo sin embargo lo voy a hacer con mi diario, esa es mi contribución a esta idea.

El objetivo de colgar el libro en el tendedero es que aprenda de la vida. Que el contacto con la naturaleza le ofrezca esas dosis de realidad que a veces le falta a algo tan complejo como la geometría, en este caso.Yo, sin embargo, creo que es a mi diario al que le falta esa dosis de realidad. No porque mienta en él, sino porque, en mi inconsciencia, me dejo llevar por ilusiones que me apartan del mundo real y me sumen en interpretaciones subjetivas que confunden mis sentimientos y me arrastran a un vacío personal sin identidad, sino en mi mundo particular.En su tendedero mi diario recibirá el rocío de la mañana, frío y húmedo, consciente de que no habrá nadie que lo seque y cobije, pero también el frescor de los vientos que soplen, en distintas direcciones, dejando arrastrar sus hojas con libertad y a su antojo.En su tendedero mi diario encallecerá sus tapas para resistir las embestidas de las inclemencias meteorológicas, pero también recogerá en sus hojas el aroma del cesped recién segado, de las flores recién nacidas y del aire libre que baja de la sierra.En su tendedero mi diario recibirá el castigo del árido sol de las siestas estivales, pero también la ténue luz de las estrellas en las tibias noches de primavera.En su tendedero mi diario permitirá que el viento arranque viejas páginas a la vez que deja impregnadas nuevas fragancias en las que resistan.Está decidido, que nadie se sorprenda si ve un libro colgando de mi ventana.

Contra la censura

Hago un alto en el camino de mi pequeña biografía, esperando que regrese mi estado de morriña de la semana pasada, para hacerme eco de una noticia preocupante, que me hace pensar que no somos tan libres como creíamos. O sí, mientras no se toquen ciertos temas…. (manda cojones)

Hace mucho tiempo que no paseo por sus páginas. En mi juventud, la primera (creo que voy por la cuarta), se convirtió en mi revista de cabecera. Por entonces los viernes no solo marcaban el inicio del fin de semana, sino también la visita obligada al quiosco para comprar el jueves, la revista con que crecí y aprendí a tratar la actualidad con una mirada cítrica (crítica y ácida). Fer, Ivá, y otros muchos dibujantes se convirtieron en parte de la familia, unos amigos que venían a comer cada viernes y se quedaban con sus chistes hasta altas horas de la madrugada.

Poco a poco los fui abandonando, les fui infiel con otras publicaciones, aburridos periódicos de tristes noticias en su mayoría, y ellos me lo fueron con otros jóvenes que iban descubriendo a Maki Navaja o a Clara de noche entre sus páginas.

Estaba ahí, aunque no la prestase atención, más que una rápida ojeada cuando llegaba a mis manos ocasionalmente. Apenas la veía si se cruzaba conmigo en las estanterías de mi tienda de prensa, y su recuerdo quedaba como un vago pasaje de mi juventud, la primera, igual que los momentos comentados en las anteriores entradas.
Sin embargo esta semana ha vuelto a recuperar protagonismo, y si bien ambos sintamos los viejos rencores de dos amores abandonados, no puedo menos que salir en su defensa y unir mis fuerzas, las pocas que tengo, para defender su causa, la que me enamoró y llevó hasta sus páginas, la que luego me animó para dedicarme a la información. la libertad de prensa, de expresión, poder usar el sentido del humor para guiñarle un ojo a la aburrida actualidad.

Cuando se atacan esas bases. Cuando se pone en peligro la estabilidad de nuestros principios constitucionales, utilizando para ello además la burda interpretación subjetiva de dos artículos de la misma carta magna. Cuando un juez es capaz de secuestrar una publicación por un simple chiste inocente. Cuando se pierde el sentido del humor y se mide con diferente rasero la crítica, dependiendo del color de la sangre del criticado… Es entonces cuando uno se plantea si ha merecido la pena la lucha, si ha terminado la transición, y si es así hacia donde hemos ido, y sobre todo ¿por qué seguimos sometidos a una monarquía?

Esta es la portada que motivó el secuestro. Su publicación, según el juez del olmo (en minúsculas pues no se merece mayores atenciones), puede significar hasta 4 años de cárcel. Copialá y ponla en tu web, que se llenen las cárceles de risas y de inocentes que defiendan el derecho a la libertad de expresión… como antaño.

De vuelta

He vuelto a esta caverna transitoria, a este espacio reserva que sustituye a la vieja caverna, dañada por los piratas, ocupada por estafadores, cerrada por vacaciones. Volveremos a la antigua, pero nos quedarán estas paredes para pintarrajear nuestros pensamientos. No me faltéis.

Soltero y sin objetivo

Encontrarme de nuevo de la mano de mi eterna compañera de viaje.
Guardar en mi hato una muda como único equipaje, la callada por respuesta, tu silencio en mi monólogo, tu ausencia en mi sombra, tu sombra en mi recuerdo.
Volver a contar los pasos que llevan a ninguna parte, tirar miguitas de pan por si quieres encontrarme, dejarlas caer al viento para que no puedas hallarme, comerme el bocadillo y que no quede ni una miga. Sentarme en el césped, y que quede otra amiga.

Invitar a soledad a una cena para uno, llevarla hasta mi cama, a un desayuno para ninguno, despertarme solo, y que solo quede humo, encontrar solo en las sábanas mi cuerpo taciturno, buscar mi turno que no ha pedido la vez, buscar la vez en que no solo fui uno, buscar mi otro y que sea yo de nuevo, buscar algo nuevo y que sea lo de siempre, buscar un siempre y que sea un jamás, no querer jamás y que ya haya pasado, no tener pasado porque siempre fue presente, no tener presente porque el futuro se adelanta, no ver el futuro porque ya no veo nada.

No saber que esto que escribo no significa nada, que el que nada no se ahoga, que llorar hoy desahoga y el que no llora no mama. Creer que me he vuelto loco porque ya no entiendo nada, ni lloro, ni mamo, pero así me desahogo.

Volver a encontrarme con soledad de mi lado, la creía desterrada pero no la había olvidado, repetir con participios, vuelven las odas al ado, como cuando era un niño, cuando estaba enamorado, cuando ya soledad pesaba en mi costado, cuando ya solo una muda cabía en este hato.

Mudanza provisional

La falta de civismo de quienes pretenden aprovechar la red para estafar al resto de los cibernautas ha hecho que la caverna cierre sus puertas momentaneamente.
Nos han atacado y han utilizado un rinconcito de nuestra caverna para ejercer actividades ilícitas que nos han obligado a mudarnos aquí hasta que lo solucionemos.
Será algo provisional, pero mientras dura intentaré tener actualizado nuestro nuevo espacio.

Recuerdos imborrables

Mientras el messenger vuelve a vivir intentaré actualizar de nuevo, a ver si recupero la costumbre.

Hoy he estado de viaje, una vez más, de regreso a mi añorada Mérida a recoger una campaña del consejo, de la que hablaré en otro artículo porque merece la pena capítulo aparte.
Por el camino he estado escuchando la SER, tanto en la ida, con mi admirado Iñaki, como en la vuelta, con mi idolatrada Gema Nierga, que tantas veces me acompañó en las noches cuando dirigía «Hablar por hablar»

Prácticamente han dedicado el día completo a la catástrofe del Carmel, ese barrio de Barcelona que se ha venido abajo y que tan bien dibujó Marsé, sobre todo en «Últimas tardes con Teresa». Iñaki comentaba con sus contertulios el valor sentimental de las cosas perdidas, mientras que Gema hacía una perfecta radiografía de ese sentimiento de dependencia a los recuerdos a través de entrevistas con los afectados.

Tanto uno como otro centraron el programa en cómo nuestro pasado se puede ver reducido a escombros en un solo temblor de tierra, ya sea natural o debido a un error humano como parece este caso.Tanto las entrevistas como las reflexones de contertulios e invitados me recordaron mis vivencias en las inundaciones de Badajoz, incluso Gabilondo en un momento hizo referencia a las mismas.

Yo trabajaba entonces para «Diario Badajoz», un pequeño semanario, pese a su nombre, que publicábamos en la capital pacense con más ilusión que beneficios. Durante aquellos duros días de la riada, y sus semanas posteriores, nos dedicamos a hacer una serie de entrevistas a los afectados, en las que descubrimos el apego del ser humano a sus recuerdos plasmados sobre algún objeto.

Por supuesto todos lamentaban sus pérdidas materiales, se habían quedado sin casa, televísión o coche, entre otros muchos enseres que habían conseguido con mucho esfuerzo. Pero su principal preocupación se centraba en las fotos, en aquel juguete de infancia, en aquel recuerdo del viaje de fin de curso, en aquel libro dedicado o en aquella caja llena de cartas de amor que un día explicó el origen de una familia o el final de una ilusión.

Eran estos pequeños objetos los que hacían aflorar las lágrimas y derrumbarse a personas que jamás hubiesemos pensado que sucumbirían a la emoción.Hoy he vivido lo mismo, personas que con una integridad sorprendente se enfrentaban a una entrevista, después de haber perdido todo, y explicaban como su vida se limitaba ahora a una habitación de hotel, se derrumbaban cuando recordaban su colección de sellos o el libro que estaban leyendo, como si en ese recuerdo se diesen cuenta realmente del punto de inflexión que acababan de vivir. Cómo su vida se había interrumpido bruscamente para reanudarse en otra vida diferente, sin pasado, sin recuerdos demostrables, sin una historia que enseñar a tus descendientes. Como si el pasado no fuese pasado sin pruebas que lo avalen.

Entonces, me refiero a los días en Badajoz, quizás por la cercanía de los casos, quizás por mi falta de objetividad, pensé como ellos, y creí que aquellas personas ciertamente acababan de desprenderse bruscamente de su pasado. Sin embargo hoy, igualmente conmovido por la emotividad del momento, pues algunas declaraciones han regado mi mejilla con incipientes lágrimas, he pensado que se equivocaban, que no es necesario el objeto de mi recuerdo para avalarlo, que la reminiscencia no queda en el objeto, si no en la memoria de cada uno, y puede hacerlo revivir sin necesidad de palparlo.

Los objetos, fotos, sellos, cartas, una flor, no son sino la excusa para de vez en cuando revisar nuestro pasado, pero su presencia no hace si no abrir ese pequeño cajoncito que queda en nuesta memoria lleno de los sentimientos a los que se refiere dicho artículo. Son, en definitiva, como el índice de nuestros sentimientos, un apunte a algo que no se lleva una riada ni se hunde en un derrumbe. Pero igual que podemos leernos un libro sin índice, e incluso rápidamente buscar la página que nos gusta consultando dos o tres de alrededor hasta dar con ella, podemos revivir nuestro pasado sin recurrir a objetos que nos conduzcan a los sentimientos memorizados.

La historia no es historia porque se escribe sino porque sucede.

Mañana más