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El alquimista


Quise ser alquimista,
tomar en mis manos el plúmbeo sentir que me asediaba
y transformarlo en oro junto a tus labios.

Estudié cada signo de tu naturaleza,
cada guiño o suspiro, cada escalofrío,
y pretendí transformarlos
en símbolo de mi riqueza.

Concienzudamente mezclé,
en una probeta de cielo,
tu mirada con dos palabras;
en un dedal de almizcle,
tus suspiros y tresmil versos;
en un jergón de flores,
tu sonrisa y un te quiero.

Me creí Dimas, Trimegisto o Rumpeltiltzskin.
Quise convertir mis sueños
en realidad sin darme cuenta
de que me equivocaba.

No podía transformar en oro lo que ya es.

No puedo buscar pepitas en tus ojos,
cuando por tu mirada transcurren los valles
de el Dorado.

No puedo convertir en aureas sedas tus caricias,
cuando el mismo sol envidia el brillo de tu piel.

No puedo beber de los auríferos de tus labios,
cuando sólo el contacto de mis besos
contaminaría la fulgurante pureza de los tuyos.

No puedo jugar a ser Dios,
con la misma Palas Atenea.

Invisible – Parte 3

Salió a la calle. El ascensor volvió a recordarle su invisibilidad en un clima claustrofóbico, casi asfixiante, encerrado entre cuatro paredes, tres de ellas de espejo, que se reflejaban unas a otras asaetando su cuerpo.

En cuanto salió del portal corrió a saludar al primer viandante sin obtener respuesta. Corrió de nuevo hacia el segundo con el mismo resultado y así uno tras otro cada uno de los convecinos que cruzaban la calle. Probó a empujarlos, a golpearlos e incluso a tirarles de las orejas, sin que ninguno pareciera inmutarse. Todo su cuerpo parecía desvanecerse al entrar en contacto con cualquier otro.


Asustado se sentó en el bordillo, víctima de una crisis de ansiedad, e intentó calmarse y buscar beneficios a su nueva situación. Un nombre de chica, la misma referencia griega que había escrito en el espejo minutos antes, atravesó su mente y corrió hacia su portal. Toco el timbre, una y otra vez, sin que nadie contestara. Supuso que tampoco sonaría. Esperó a que algún vecino abriera la puerta y aprovechó para entrar. Subió las escaleras de dos en dos y golpeó violentamente la puerta. Nadie la abrió. Esperó sentado en el descansillo.

No habían pasado 10 minutos cuando se abrió la puerta. La chica salió mirando al suelo. Pasó prácticamente por encima suya y continuó su marcha. Intentó llamarla, pero pronto desistió recordando su nueva realidad. Confuso, intentando organizar sus pensamientos, cayó dormido. Un tímido olor a vainilla le despertó. Ella volvía a casa visiblemente nerviosa. Aprovechó cuando abrió la puerta y entró con ella.

Se sentó en el mismo sillón en el que el día antes habían estado viendo la televisión juntos. Ella sin embargo caminaba nerviosa de un lado a otro mirando el móvil esperando una llamada, una respuesta. Entró en el baño para ducharse. Él consideró que era el momento que había esperado durante los últimos 2 años. Poder ver aquel maravilloso cuerpo desnudo. Poder acariciarlo con suavidad sin ser reprendido. Depositar lentamente cada beso que había guardado durante meses quemándole en los labios. Pero no pudo. Un ataque de vergüenza y pudor le hundió en el sofá.

Ella salió semidesnuda. Cubierta tan solo por una minúscula toalla que dibujaba insinuante su cuerpo. Él recordó cada segundo con ella, cada verso que le había dedicado, cada mirada en la que se había sumergido, cada te quiero que no había obtenido respuesta y lloró desconsoladamente.

Volvió a mirar el móvil nerviosa. Buscó en la agenda un teléfono y lo marcó 3, 4, 5 veces. Envió un mensaje rápido que tuvo que escribir varias veces porque el temblor de sus dedos le impedía hacerlo con precisión, y siguió recorriendo la casa en pasos rápidos, imprecisos.

Así pasaron tres días. Él no se atrevía a salir de casa. Prefería seguir sentado en aquel sofá contemplando a su musa, que poco a poco fue espaciando sus visitas. Siempre llegaba nerviosa, consultaba insistentemente su teléfono y tras una ducha rápida volvía a salir de casa. Apenas si durmió 3 ó 4 horas en ese periodo. Él seguía apostado en el sofá, observando cada movimiento con la atención de quien ve una y otra vez su película favorita.

Al cuarto día llegó llorando. Sus ojos mostraban los efectos de varias noches sin dormir y en sus cuencas amoratadas se refugiaban las lágrimas más bellas que jamás hubiera visto.

Abrió un cajón del que que sacó una fotografía de los dos, un vídeo que le había regalado el día de San Valentín y un pequeño cuento dedicado. Pronunció lentamente su nombre y sus labios deletrearon un casi impercetible «Te quiero»

De pronto una figura fue tomando forma en el sofá. Estupefacta se quedó mirando fijamente, con esa mirada hipnótica que le caracterizaba. No podía dar crédito a sus ojos. Allí, en el mismo sofá dónde días antes veían la televisión acababa de aparecer por arte de magia el motivo de sus lágrimas. Corrió hacia él. Lo estrechó entre sus brazos y le preguntó «¿Dónde has estado amigo mío?»

Y tal y como había aparecido se volvió a desvanecer.

Versos

Tengo versos que aún
huelen a otros cuerpos,
que mantienen otros nombres
y acarician otros senos.

Versos que gastaron mil te quieros,
que canté bajo la luna o escribí,
con tiza en una pared o
con carmín en la servilleta de algún bar.

Versos que portaban mis deseos,
que mostraban mi pasión
y desfogaban mi sexo en
campos yermos,
que ya olvidé.

Otros guardan desamor,
ira, rencor,
llantos que creí eternos,
rabia, dolor,
sentimientos que se fueron
desvaneciendo.

No son más que palabras que hoy
me traen hasta tus manos.
Que hoy me hacen ansiar tus labios.
Que hoy, me piden beber
tus ojos.

Son palabras que hablan de tí
y olvidan su pasado,
pero también su futuro,
si no es contigo.

El vuelo de Ícaro

Yo mismo construí mis alas. Encerrado en mi viejo torreón miraba cada día el sol deseando tocarlo. Fui ungiendo en cera cada pluma, que previamente arrancaba a las palomas, cigüeñas y otras aves que osaban posarse entre mis jambas. Era un sacrificio necesario. En principio sufría con su muerte, pero poco a poco fui encontrando placer a aquel segundo de tortura. Retorcía su pescuezo con un movimiento seco, frío, y el leve sonido de su vida esfumándose me originaba un orgásmico deleite. Era necesario, tenía que tocar el sol. No me importaba destruir tanta belleza a cambio de poder tocar con mis dedos el mismo paraíso.

Medí milimétricamente cada ala. Calculé con aritmétrica precisión su envergadura, en proporción a mi cuerpo, para que pudiera sostenerlo y elevarse entre las nubes hasta llegar al sol.

Por fin llegó el día. Así las alas a mi espalda con la fuerte soga del campanario. Con dos pequeños cordones las até a mis manos para poder imitar el vuelo de los pájaros. Eché a correr y agité nerviosamente mis brazos. Comencé a caer. Mis movimientos arrítmicos y descompasados me impedían volar. Intenté tranquilizarme. Cerré los ojos y visioné el sueve movimiento de un ave del paraiso. Desplegué mis alas y remonté el vuelo.

Pasé por encima del torreón que acababa de abandonar. Con presunción y jactancia sobrevolé las plazas del pueblo, mostrando a todos mi bella envergadura alada. Miré fijamente al sol, aquel que desde niño había ansiado tocar, y dirigí mi vuelo hacia él.

Poco a poco sentí el calor de la cera derritiéndose por mi dorso. Iba ulcerando mi espalda con fuertes quemaduras que soporté convencido de que el objetivo compensaría con creces aquel dolor. Con los ojos clavados en el sol mi ceguera impidió que viera las plumas cayendo bajo mi sombra. Continué ascendiendo unos minutos y empecé a caer.

Mis ojos solo ven el suelo mientras caigo. Me quedan segundos de vida. Nunca debí ansiar el sol. Los hombres no sabemos volar.

Un segundo solo

Ha sido un instante,
apenas un segundo.
De repente he sentido caer
la hoja del calendario.

He escuchado el voltear del reloj de arena
que hará que cada gránulo vuelva
a la cavidad anterior,
repitiendo un inexorable ciclo sin mutación.

He sufrido la aparición de un nuevo anillo de xilema.
Sigue revistiendo y cubriendo
con falsas capas de fuerte felógeno
mi endeble constitución interna,
con anillos cada vez más finos,
con años cada vez más estériles.

Tranquila, quizás sólo necesito un abrazo.

Ha sido un momento de abatimiento,
una vista atrás a un espejo que refleja decadencia,
tratando de indagar qué habrá más allá,
intentándolo atravesar,
como Alicia en el cuento de Lewis Carroll,
sin darme cuenta de que al chocar contra él,
para cruzarlo, sólo consigo hacerlo añicos,
pequeños trozos afilados, cortantes,
que cada uno, invariablemente,
repite hasta la saciedad
la misma imagen decrépita.

Tranquila, quizás solo necesito un abrazo.

Al amanecer de nuevo el súber volverá a cubrir
este viejo alcornoque.
De nuevo volverá a impermeabilizar su corazón
para evitar que se sale con las lágrimas
que lo sajan.
De nuevo volverá a estanqueizarlo,
evitando que exteriorice sus verdaderos sentimientos,
pero privándole también de recibir
los que de fuera
pudieran llegarle.

De nuevo volveré a cubrime el rostro
con máscaras de barro o azafrán,
como los tristes actores griegos.
O volveré a vestir el antifaz
de un macabro carnaval veneciano,
o de un ridiculo dragón nipón.

Tranquila, quizás solo necesito un abrazo.

Volveré a sonreir.
¿Que me cuesta? y a pensar…
si sólo es uno más…

Sólo ha sido un segundo.
Ha sido un segundo solo.

Escrito el pasado 15 de abril, coincidiendo con mi cumpleaños, también para Nuevas Ilusiones. Por su pesimismo decidí no colgarlo y lo hago hoy, no sé por qué.

Hipotermia

Me sorprendió el sol a mis espaldas
mientras miraba al mar buscando
tus ojos.

La arena se mostraba fría, dura,
y el gélido atlántico constreñía mis pies.

Sin embargo seguí andando,
adentrándome
en el agua, hasta oler su sal.

Había llegado a mi ventana
esta mañana temprano, ese ácido hedor,
que me embriaga,
de crustáceos y algas marinas.

Lo fui buscando.

Dejé mi ropa sobre la arena
y pese al frío de la mañana,
y el lacerante piélago
sesgando mi respiración,
continué andando.

Poco a poco empecé a notar
síntomas de hipotermia.
Comencé a sentir un dolor agudo
y me encontré sólo en la inmensidad
del ponto.

Sin embargo una masoquista mezcla de placer
y tortura se apoderó de mi,
cuando me vi abrazado por sus aguas.

Duele caminar hacia ti,
pero sólo verte compensa
tanta aflicción.

Escrito para Nuevas Ilusiones el 17 de abril desde la playa de A Coruña. Hoy he vuelto a sentir ese frío.

Aún no te he dicho nada


A veces creo habértelo dicho todo ya,
haber agotado mi léxico para describir
mis sentimientos.

Rebusco entre poetas desconocidos
un verso que aún no haya pronunciado
o la inspiración de un rasgo,
un gesto, que me haya pasado desapercibido,
que no haya destacado. Para descubrir,
que aún no te he dicho nada.

Sólo he esbozado
pobres palabras, apenas un borrador
para describir tu voz.
Para decir que su tono,
su timbre, su melodía,
no son solo dulzura, no solo miel
para mi oído, sino un bálsamo
de paz, que aún no he alcanzado.

Aún no he dicho nada sobre tu mirada.
Siquiera habré balbuceado
sonidos básicos para describir su hechizo,
para denunciar el rapto de un segundo
con que condenan para siempre
mi mirada al ostracismo de su encanto,
a ser rehén de su magia
y esperar un parpadeo,
para poder respirar.

No he alcanzado poder acaso mencionar
tus labios.
Rústicos fonemas, abruptas expresiones
de admiración que se atragantan en
mi boca,
al no poder pronunciar un beso.

Siguen faltándome palabras,
igual que siguen faltándole caricias
a mis dedos, para con sus yemas
construir un nuevo lenguaje,
que describa tu piel.

Briviesca

Parte de mi infancia la pasé en Briviesca, un pequeño pueblo de Burgos del que creo que ya os he hablado en alguna entrada anterior.

Recuerdo su centro como una amplia plaza castellana, de bancos de piedra y una pérgola en el medio, en la que unos querubines de piedra orinaban agua fresca y sobre la que los domingos una orquesta interpretaba partituras de Falla.


Recuerdo su cine, en el que aprendí a vivir otras vidas, a evadirme durante dos horas aproximadamente en los vuelos de Tobi, aquel niño rubio al que le crecían alas, las garras de king kong, o la candidez de oliver twist.

Recuerdo su ayuntamiento, en el que un día ondeó a media asta la bandera española por la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente, que sería natural de la zona, y recuerdo sus fiestas, las de san Roque, en el mes de agosto, con unos cabezudos a los que temía y un toro de fuego que me causaba verdadero pánico.

No tenía más de 8 años cuando nos fuimos de allí, pero recuerdo perfectamente el camino al colegio, interminable, andando desde casa, soñando con como sería mi vida de mayor, creyendo que siempre estaría allí.


Con mis pequeñas piernas aquel camino se hacía eterno y llegaba a clase exhausto, más de pensar en el futuro que de cansancio físico, pues los niños no se cansan, solo se agotan para dormir mejor.

Repetí aquel camino infinito durante dos años cada día, excepto en vacaciones y los días que nevaba. Sólo alguna enfermedad aislada y el golpe de estado de 1981 lo interrumpieron.

Volví a briviesca hace 3 años, 25 años después aproximadamente. Quise rehacer aquel camino, pero no fue el mismo. Mis pasos habían crecido desmesuradamente y el trayecto se había reducido en la misma proporción. Apenas me dio tiempo a soñar como lo hacía entonces.

Mi antigua casa se había convertido en un lúgubre portal sin vida y mi viejo colegio se desconchaba en tristes jirones grises sobre un amarillo apagado.

Me decepcionó la visita. Sobre todo por la medida en que aquel camino se había casi extinguido.

Posiblemente dentro de 25 años el amor que ahora siento haya menguado en la misma medida que aquel día lo hizo el camino de mi vieja casa a mi ajado colegio, pero hoy sigo soñando, que este trayecto que sigo cada día, para acercarme a ella, es interminable y lo recorrere toda la vida.

Tus manos

Quiero tocar tus manos otra vez,
que mis yemas recorran
los invertebrados ríos de tus venas.
Sentir el pálpito de vida al discurrir por ellas,
y que el calor de tu cuerpo
se convierta en caricia.

Quiero enlazar mis dedos con tus dedos,
como hiedra silenciosa que se aferra
a tu razón,
que se enreda por tus sueños y trepa
buscando
el beso.

Quiero que se junten nuestras palmas,
dejar mis huellas
en tus huellas y un rastro de pasión
en su contacto.
Compartir tu calor, dejar mi frío.
Abandonar mi cuerpo y guarecerme
bajo tu piel.

Quiero desembocar en tus brazos,
naufragar en la corriente
que me arrastra y dormir,
inconsciente, en el regato del valle
que se extiende
entre tus senos.