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Valientes

Creo recordar que se llamaba Ahmed. No estoy seguro, quizás nunca presté tanta atención a su nombre como a sus palabras, aunque fuera lo único que no le quisiera discutir. Era el padre de Mah, un saharaui desvergonzado de 10 años que seguramente hoy, con la mayoría de edad cumplida, esté por Extremadura en una familia acomodada, no sé si más o menos presente de las penurias vividas en el desierto.

Ahmed era delgado, rozando lo enclenque. De rostro anacrónico, escarpado de trazos subrayados. Dijérase que podía esconderse detrás de su kalasnnikov, un viejo rifle de empuñadura de madera con el que incluso dormía.

De su boca, rodeadas del humo de un cigarro sempiterno, brotaban palabras de odio e ilusión que hablaban de una guerra por ganar y de mil batallas perdidas. Aferraba su viejo fusil con fuerza y prometía volver un día a la tierra de la que fue expulsado, sobre una alfombra de sangre traicionera.

Intenté disuadirle sin éxito en aquellas noches de largas conversaciones en que se enfrentaban razón e ilusión. Yo, del lado de mi lógica, él desde su fe.

Su guerra apenas consistía en robar, de cuando en cuando, un cetme o, con muchísima suerte un vehículo, al bando marroquí. Mi paz consitía en sumar tés esperando que el mundo ,que durante años les dio la espalda, girara su cabeza para ver, y solucionar, tal injusticia. No nos pudimos convencer pues ninguno de los dos nos hubiésemos dejado, pero los dos eramos conscientes de que en caso contrario defenderiamos las mismas posturas que ahora criticábamos.

Ahmed seguirá luchando, posiblemente, si las fuerzas no le han fallado y si su débil corazón de guerrillero sigue latiendo. Mañana se levantará a las 7, y con su kalashnikov acudirá, como cada día de los últimos 11.000 (o más), a la frontera con Marruecos, y en su árida haima habrá fiesta si robaron, acaso munición.

Ahmed era un valiente, aunque su razón, que no es distinta que la mía, también le explicaba cada mañana que la guerra estaba perdida, seguía luchando por mantener vivo el sueño de volver un día a su tierra.

Las luchas personales no entienden de la fuerza del rival, tan sólo de que rendirse puede ser dejar de soñar.

A mi amigo Alberto.

Sahara II

El que no quiera vivir sino entre justos, viva en el desierto
Lucio Anneo Séneca

La magia de aquel entorno me había enmudecido. Los sentimientos se agolpaban sin que fuera capaz de expresarlos. Por la mañana me limitaba a aprender, a recoger, abrazar e intentar digerir todas aquellas experiencias que se nos servían con el más cálido de los afectos.

La mirada se me perdía en el espumoso té, que en su automático ritual unas manos expertas convertían en parte imprescindible del día, marcando con cada vaso la agónica cadencia de un tiempo sin horas, de un recorrido sin cuenta atrás.


Es curioso, pero aunque contemos el tiempo hacia delante, la sociedad en que vivimos, el mundo occidental, mide las historias individuales en pequeñas, o largas, cuentas atrás, pero siempre con una meta, la hora de ir a trabajar, la de salir, el plazo de una hipoteca, una fiesta, un cumpleaños,…

Sin embargo, la falta de aspiraciones con que se ha condenado a la sociedad Saharaui les impide hablar de más metas u obligaciones personales que las distintas oraciones diarias o esas pertinentes infusiones que marcan las pautas de sus vidas hasta la muerte, sin proyectos, sin aspiraciones, sin obligaciones…

Toda esa información recopilada a lo largo del día bullía por la noche en mi cabeza, buscando una vía de salida que mi palabra no garantizaba. Tan solo iluminada por una Selena exultante y un zumbante fluorescente enganchado a una mísera batería de automóvil, la penumbra de la haima impedía registrar en papel aquellos pensamientos que con el sabor salado de unas lágrimas, mitad de tristeza, mitad de una inexplicable felicidad, me he ido tragando hasta hoy.

No podía explicar la sensación, y así se lo hice saber a Oscar, que cada noche, con un susurro casi imperceptible, para no romper el maravilloso silencio de aquella haima donde dormíamos hasta 9 personas, me interrogaba esperando una respuesta que ahora, 3 meses después, empieza a ver la luz.

El olor del primer te de la mañana, al que acompañaban los ritmos de la música latina que los niños y niñas de las vacaciones en paz se han llevado hasta sus haimas, nos despertaban, en ese incierto momento en que el sol aún no calienta pero amenaza radiante, esperando en el orto que la luna despida la fría noche de las arenas.

Un desayuno occidental, de leche encartonada y galletas que habíamos llevado en nuestro equipaje, fielmente servido por los más pequeños de la haima, nos esperaba en aquella pequeña mesita, a la altura de las rodillas, que hacía las veces de mesa camilla, estantería, y divisor imaginario de los cuartos y la sala de estar en el espacio diáfano de la estancia.

Tras pellizcar en las humildes viandas, con el único fin de proporcionar al cuerpo el sustento necesario para mantenerse en pie todo el día, sin querer abusar de una confianza que nos ofrecía más de lo que sus posibilidades permitían, nos poníamos en marcha, cámara en mano, para hacer el trabajo que nos había llevado hasta allí.

Mientras tanto, en la haima abandonábamos el parsimonioso paso del tiempo, los sonidos de una conversación sosegada, y el ya familiar gorgojeo del líquido te recorriendo, vaso a vaso, sus vidas.

Cuando salíamos de la tienda, el sol ya había cruzado el ecuador de nuestras cabezas y recrudecía el paseo con un sofocante calor, impropio a nuestro parecer de un mes de diciembre que sin embargo ellos consideraban fresco y agradable. Aquella diferencia de temperatura, entre el día y la noche, era tan solo comparable a las enormes diferencias evidenciadas entre aquella población pobre pero feliz que nos acogía, y aquella rica pero víctima de su propia infelicidad que habíamos abandonado hacía escasas horas. Pero no serían los únicos antagonismos que nos encontraríamos.


El color ocre del horizonte se extendía también verticalmente en muros construidos con ladrillos de arena, que afanosamente elaboraban las familias en torno a sus haimas, para dividir sus propiedades y levantar pequeñas habitaciones que utilizaban como vestuarios, cocinas o improvisados y malolientes retretes que poca o ninguna higiene conocían. Habitaciones cuyas paredes recogían también la escasa intimidad conyugal pero que en raras ocasiones sustituían a la haima como elemento central de convivencia y reposo
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Esas mismas materias endebles, que formaban un adobe que en ocasiones se tintaba de color rojizo, habían sido utilizadas para la construcción de las escasas edificaciones oficiales, escuelas, dispensarios, y oficinas donde personal voluntario organizaba la anárquica sociedad de la Wilaya.

También el mercado dividía sus puestos con muros de arena, originando un zoco, sucio y desaliñado, donde el bullicio de la carnicería o el puesto de mercancías variadas del amigo Bulaji, contrastaba con el casi sepulcral silencio de la tienda de Adon, donde los más originales complementos de ropa o bisutería esperaban que algún visitante occidental los desempolvase y sacase de su ostracismo.

Un paseo por las correderas del zoco, que se había construido con expectativas de un mayor número de vendedores, o que se había ido diluyendo en el inapetente paso de los años, pues presentaba decenas de puestos vacíos, nos retrotraía a misteriosas historias de películas de ficción, con bellas jóvenes desaparecidas o mágicas puertas al mundo de las mil y una noches.

El puesto de Bulaji era un pequeño autoservicio, en el que se vendía desde la fruta que nuestro amigo negociaba en Argelia hasta el agua embotellada que se nos había hecho indispensable para garantizar nuestra subsistencia. Desde los caramelos que nada más comprar regalábamos a los niños y niñas que se arremolinaban a nuestro alrededor, hasta la gena que maquillaba las doradas pieles de las bellas jóvenes del lugar.

Allí aprendimos el uso de su moneda, que pese a no contar con una divisa propia reconocida, se había creado entorno al Dinar Argelino, con un valor 20 veces inferior, que nos volvió locos para calcular el coste al cambio de cualquier producto.
Allí obtuvimos también nuestras primeras clases de resignación, al comprobar como una de las mentes más lúcidas que hemos conocido en nuestra vida se malgastaba, eclipsando algunas de las horas de conversación más enriquecedoras de las que haya podido disfrutar nunca. Pero de eso, hablaré otro día

Sahara I

Pronto continuaré con el relato de la coleccionista de versos. Pero una conversación de esta misma tarde con mi amiga Elena me ha recordado el viaje que hice a los campos de refugiados de Tindouf en diciembre del 2003. A la vuelta intenté escribir un diario de a bordo que se quedó en tan solo 2 capítulos que hoy recreo aquí. Quizás, no lo sé, un día lo retome. Quizás cuando vuelva, porque seguro que volveré a aquellas tierras.
Sahara
Los bosques preceden a las civilizaciones, los desiertos las siguen.
René de Cahteaubriand

El tiempo que aún nos quedaba mordió la luna a nuestra llegada para anunciarnos que, tras su plenitud, deberíamos abandonar aquella inhóspita tierra que ahora nos acogía.

En la noche, nos había guiado a través de un inexistente sendero, que solo nuestro chofer conocía, hasta un lugar en medio de la nada, donde el más sepulcral silencio se rompía por el zumbido de un generador que daba luz a una construcción ocre, de arena seca, levantada arbitrariamente en cualquier lugar del desierto.

Las magníficas estrellas del desierto, de las que tantas veces habíamos oído hablar, se escondían en su timidez ante una irradiante luna, que nos recibía envolviendo de misterio el inicio de nuestra aventura.


Mientras José descansaba del largo viaje, Carmen y yo gozábamos, al abrigo de la noche, de unos bocadillos que aún nos recordaban nuestra procedencia occidental.

Oscar se había separado de la expedición en Tinduf, rumbo a Smara donde habría de encontrarle al día siguiente. José y Carmen se quedarían en el 27 para desarrollar su proyecto.

La noche transcurrió tranquila. La incomodidad de unos colchones en el suelo, que en los días sucesivos se hubiesen convertido en un auténtico lujo, se diluyó pronto en el cansancio del viaje, y el confuso sueño, que en una amalgama de deseo y realidad mezclaba las experiencias vividas con las esperadas, tan solo se vio perturbado por el goteo incesante de cooperantes que durante esa noche se fueron incorporando a la expedición.

La luz de la mañana pronto golpeó nuestras retinas, enseñándonos que, al igual que aquel primer deslumbramiento al mirar de frente a un sol completamente distinto al que nos había despedido en Badajoz, todas las sensaciones serían muy diferentes a como las vivimos cotidianamente. Sin embargo, aquellas primeras horas en el protocolo, colonizado por los cooperantes españoles, distaban mucho aún de lo que tendríamos que vivir en breve.

El suave paso del tiempo, en un reloj de arena que carece de cavidad superior y cede cada segundo a un inmenso desierto, volviéndolo insignificante, fue tomando una percepción distinta, de paciencia, carente de cualquier importancia y nos contagió de una calma absoluta en la que los minutos eran horas y las horas días. Pronto nos dimos cuenta que el más ridículo de nuestros compañeros de viaje era el reloj, en una tierra donde el tiempo no tiene sentido y las prisas no tienen tiempo.


En cualquier lugar de la mañana nos repartieron por nuestros destinos, un viaje que cruzaba el horizonte para volver al mismo paisaje minimalista, donde el divino artista tan solo había dejado trazos de miseria y anacronismo para romper la monotonía.

Mi llegada a la haima de El Gauz, donde el destino quiso que llegase solo, pues en el camino me crucé con Oscar que también había comenzado su jornada, se conjugó en una mezcla de temor, respeto y curiosidad.

La penumbra de la tienda, que contrastaba con el sol dañino que aporreaba en mis pupilas habituadas a la tenue luz del invierno, me permitió vislumbrar en su interior, aún velado por el contraste, un grupo de ancianos, que sentados en el suelo compartían el té entorno a una animada charla. Cerca, una mujer, cubierta con una enorme belfa azul y blanca, cambiaba de vasos la sempiterna infusión en un juego ritual, que aunque ya conocía de mi estancia en Ceuta, me pareció aún más intrigante y por momentos absorbió mi interés.

Pronto todas las atenciones se volvieron hacia mí y un nutrido grupo de niños y niñas aparecieron, no sé si de la oscuridad de la tienda o del deslumbrante brillo de la entrada, ofreciéndome cojines y mantas para que descansara en el suelo mientras era cordialmente interrogado por sus moradores.

No tardé en verme degustando uno de aquellos vasitos de té, que oportunamente había sido preparado por el patriarca de la casa, envuelto en un fuerte perfume, en el que la hija mayor me había bañado prácticamente, en señal de hospitalidad.

La conversación, limitada por las dificultades del lenguaje, se resumió en el ofrecimiento de su familia, su hogar y sus escasas pertenencias, que en la calidez de sus palabras y el brillo de sus ojos demostraba rebosar sinceridad.

Mi agradecimiento, todavía contaminado de la desconfianza y el egoísmo con que nuestra sociedad vicia nuestros sentimientos más puros, mostraba aún claros síntomas de incierta correspondencia y cumplida respuesta, que poco a poco, con el paso de los días, se fue tornando en eterno, contagiado de la franqueza que se me dispensó desde el primer momento.

Hoy me arrepiento de no haber sabido corresponder desde entonces con la misma confianza.

Si el tiempo había mostrado una dimensión diferente hasta ese momento fue entonces cuando dejó de existir. Tan solo el sol y la luna, capaces de competir en belleza y brillo en un mismo espacio y momento, marcaban el devenir de los días, como convidados a un espectáculo inigualable, en el que no quieren, con su presencia, marcar el principio o el fin de nada, pues nada empieza o termina allí donde el tiempo no lleva a ninguna parte.

La llegada de Oscar a la haima no alteró la tranquilidad de la misma. Enseguida constaté que era tratado como uno más de la familia, y que toda esta le había adoptado afablemente y pese a su tez más clara pertenecía de una forma intrínseca a aquella singular estirpe, hoy yo también me considero miembro de esa ralea.

El cariño de aquellas gentes rebosaba la tienda, hasta hacerse casi imperdonable nuestra poca disposición a responder en igualdad de condiciones. Las caricias, los abrazos, el continuo contacto para demostrar su afecto nos resultaba en ocasiones molesto, hasta que desinhibimos nuestros prejuicios occidentales y comprendimos su forma de demostrar su hospitalidad. Hoy, aún hay días en que hecho en falta un abrazo, que en nuestro contexto de individualismo y búsqueda de innecesarios espacios vitales estaría mal considerado.

La haima de El Gauz era un pequeño ejemplo de la organización de aquella sociedad, basada en el respeto. Respeto a los mayores, a los visitantes, al hermano o la hermana, a la madre o el padre, a los animales … Todo perfectamente estructurado para un correcto funcionamiento de una maquinaria simple, una sociedad sencilla, cuyos engranajes son las personas y sus ganas de convivir y no complicadas articulaciones legales que establecen diferencias sociales.

En la noche, una vívida corona laureaba la luna que había vencido en su lucha al sol, envolviendo en la semioscuridad la Wilaya y extendiendo por sus arenas el más sepulcral silencio. Un silencio desconocido por mí, que no rompía el motor de un coche perdido, el parpadeo de un semáforo y ni siquiera el amargo canto de un grillo solitario. Tan solo allí fui capaz de escuchar el silencio.

Esa afonía callada de la noche me contaba las historias de las mil y una noches, de una Sherezade despatriada, abandonada a su suerte y relegada por sus captores, que daban la espalda ante la injusticia y miraban hacia otro lugar, evitando ver sus verdes ojos y escuchar sus dulces cánticos. Una Sherezade que se escondía en cada una de aquellas bellas jóvenes, habitantes de un pueblo olvidado, que malvive en la zona más árida del desierto argelino sin que nadie actúe y sin que nadie ponga fin a su sufrimiento. En la que los intereses internacionales pueden más que la vida de 300.000 personas que ya no tienen esperanzas y que ven como la arena de los relojes hizo crecer su desierto esperando un referéndum u otra solución que les devuelva a su tierra.