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Lo prometido es deuda

Sus trémulas manos acariciaban el papel con que trataba de envolver los regalos. Pese al temblor que las castigaba hacía varios años fue plegando con meticulosidad aquel envoltorio, dejando perfectamente cuadradas las esquinas y terso el papel que escondía aquella pequeña caja de plástico.
A cada doblez iba recordando, con cierta dificultad, cuantos paquetes iguales había guardado. Aquel primero ilusionado, hacía ya 50 años, con la incertidumbre de la respuesta, o aquel otro, 6 años después con un proyecto de vida.

Ahora su enfermedad apenas le permitía recordar aquellos momentos de forma pasajera. Unos y otros se mezclaban con la realidad, en una amalgama de sentimientos, que tan pronto recreaban esos instantes ilusionados como le atenazaban con los miedos del pasado. Las dudas sucedían a los besos de forma vertiginosa, y mientras unas noches se levantaba riendo en los brazos de su amada, otras lloraba desconsolado su ausencia, con el temor adolescente de perderla.

Un sueño reiterado le trasladaba hasta la estación de aquel tren en el que un día partió, dándola por perdida para siempre, y sudoroso se levantaba, gritando y llorando, en un andén solitario, en el que su voz se perdía con el ruido de motores.

Otras se levantaba corriendo, nervioso y se vestía para aquella primera cena, juntos y solos, entre tanta gente, con una orquídea en una mano y el corazón en el otro puño.

Había noches en los que se despertaba con el llanto de un bebé, y presto acudía a la habitación de al lado, hoy vacía, a atender los pucheros de aquella niña rubita que un día corrió por aquella casa, llenando de alegría y felicidad su vida.

Otras la consciencia se recreaba, y sentado en su cama ordenaba cronológicamente aquellos recuerdos que vivía una y otra vez, en un presente incierto, en un pasado difuso.

Aquel era uno de esos momentos. En los últimos 9 años, desde que se detectara su enfermedad, era uno de los escasos instantes seguros en los que su consciencia era plena. Las hojas de su calendario pasaban ordenadas regalo a regalo, desde hacía 50, envolviendo la ilusión de un amor longevo.

Cuando terminó de plegarlo lo dejó con mimo encima de la cama y se sentó a esperar.

Un calido beso en su frente recogió sus sueños, y el amor de 50 años de vida en común.

Dedicado a Noelia que quería un final feliz.